Palestina expone el fracaso del derecho internacional
La presión contra la relatora de la ONU, Francesca Albanese, revela el lugar que ocupan hoy las instituciones internacionales de derechos humanos. Durante décadas se les atribuyó autoridad y capacidad de incidencia, pero cuando una alta funcionaria de Naciones Unidas puede ser objeto de campañas de boicot, descrédito y sanciones por el contenido de sus informes, lo que antes era grietas se visibiliza como una institucionalidad que se cae a pedazos.
Albanese es Relatora Especial de Naciones Unidas para los territorios palestinos ocupados y su mandato es investigar y documentar violaciones a los derechos humanos. En febrero de 2026 su trabajo quedó opacado por la difusión de un clip editado maliciosamente de una intervención en un foro vinculado a Al Jazeera.
A pesar de que rápidamente se desmintió el contenido manipulado, funcionarios de varios países europeos, como Francia, Alemania e Italia llamaron a su renuncia, cuestionando su figura y su legitimidad para informar sobre los hechos en Palestina.
Meses antes, en julio de 2025, el gobierno de Donald Trump la sancionó acusándola de llevar adelante una “campaña política y económica contra EE.UU. e Israel”. Dichas medidas incluyeron el bloqueo de sus activos y la retirada de su visado para ingresar a EE.UU. y tuvieron efectos concretos que alcanzaron incluso a su entorno familiar, hoy en un proceso judicial contra la administración estadounidense.
El caso Albanese va más allá de una campaña de desprestigio personal. Funciona como una advertencia: cuando el poder sanciona a quien denuncia, no solo busca silenciarla, también enviar un mensaje al resto.
Recientemente, en Estados Unidos, una universidad retiró su apoyo a una conferencia sobre Palestina donde la relatora tenía participación, por temor a riesgos legales asociados a su presencia. La señal es inequívoca: hablar de Palestina tiene consecuencias. Así se instala un clima de autocensura en el que muchas instituciones optan por evitar el tema antes que asumir el costo político o jurídico de abordarlo.
Palestina lleva décadas enfrentando los límites reales del derecho internacional, con resoluciones e informes que se acumulan mientras en el terreno la situación continúa deteriorándose. La distancia entre lo que se reconoce oficialmente y lo que ocurre en la vida cotidiana de la población palestina ha ido debilitando la confianza en el sistema de Naciones Unidas como garante de paz y justicia en el mundo.
Hoy, frente a una devastación que organismos internacionales han descrito como genocidio, esa fragilidad deja de ser una discusión abstracta y se vuelve concreta. Las normas existen y los tratados siguen vigentes, aunque su impacto real resulta difícil de percibir cuando la violencia criminal de Estados como Israel continúa y se incrementa ante los ojos del mundo.
La debilidad estructural de las instituciones internacionales ya no puede separarse de la violencia histórica contra el pueblo palestino. Décadas de ocupación han convivido con resoluciones y promesas de protección que no se traducen en cambios reales. Sin acciones concretas, la protección se vacía y la impunidad avanza. Esa es la herida de este momento histórico, no solo para Palestina, sino para la credibilidad del sistema que dice defender los derechos humanos.
Lo que ocurre con Francesca Albanese deja en evidencia el fracaso de un sistema que proclama normas universales, pero carece de mecanismos efectivos para hacerlas valer frente a quienes concentran el poder. Palestina ha sido durante décadas el laboratorio de esa contradicción. Lo que ocurre hoy no inaugura una crisis, más bien vuelve inocultable que entramos en una era de retroceso en la que la primacía de la fuerza se impone por sobre la norma.