miércoles 13 de mayo de 2026

Populismo de derecha y degradación de la democracia

En una democracia estable, pluralista y con plena vigencia de las libertades públicas, la confrontación política está sujeta a ciertos límites, en dos dimensiones. Primero, en el aparato jurídico institucional que todos deben respetar. Pero a su vez, en otra dimensión fuera de ese ámbito, en lo que podemos denominar la moral democrática: los comportamientos, las costumbres, la dignidad propia y del adversario, la transparencia.

4 de marzo de 2026 - 00:00

La confrontación política es consustancial a la democracia, forma parte del ejercicio democrático. Durante la mayor parte del siglo pasado, en especial después de la Revolución Rusa de 1917, esta confrontación giró en torno a dos grandes modelos de sociedad, capitalista o socialista. Entonces la disputa era ideológica, distintas visiones de mundo, de izquierda o de derecha, junto a variadas tendencias intermedias. En 1989 la caída del Muro de Berlín marcó la desaparición del mundo socialista conocido hasta ese momento, el modelo socialista leninista.

Desde entonces a nivel universal, la disputa política careció de alternativas y se transformó en una disputa descolorida, carente de contenidos que encarnaran diferentes concepciones de la sociedad. Así sucedió en Chile también, pero con un agregado: al término de la dictadura no hubo un cambio constitucional, como si hubo en otras experiencias de transición (España, Sudáfrica, Brasil, Argentina). Aquí siguió vigente la misma Constitución del régimen civil militar, con un entramado político institucional que hacía imposible cualquier modificación relevante a la nueva sociedad instalada por la dictadura.

Esto tuvo consecuencias, significó que el conflicto político en Chile quedó especialmente deslavado, constreñido, amordazado, disminuido artificialmente, más que en el resto del mundo. Ya no había propuestas transformadoras porque no eran viables (requerían el 66% de la votación en el parlamento), lo que desembocó en una política anodina, insustancial.

Desde entonces, la orientación de la política fue simplemente ganar elecciones, lo que generó la aparición de caudillos locales y nacionales con agenda propia; partidos minúsculos que esconden proyectos personales, candidatos inventados rescatados de la televisión, o que surgen como hierba entre las piedras resbalosas de la corrupción. Las personas se retiraron a sus vidas privadas, huyeron hacia sí mismos y desapareció o se debilitó profundamente la acción colectiva.

El proceso político sufrió de esta forma un largo proceso de involución, quedaron  atrás las visiones diferentes sobre las políticas públicas, las soluciones alternativas frente a los problemas sociales; los intereses de clase parecían no existir y las demandas sociales no eran tema para la elite dirigente. Fuimos así testigos del milagro, del sueño dorado de los sectores dominantes: el conflicto político había desaparecido, el país era un oasis en medio de una América Latina convulsionada.

Para eso había una base económica. Las economías industrializadas nos dijeron, “Uds. vendan minerales, bosques y frutas. Nosotros les vendemos maquinarias, automóviles y productos de avanzada tecnología”. Ocurre que resultó, y durante dos décadas crecimos en torno al 4% anual.

Pero el modelo tenía fecha de vencimiento. La economía no se diversificó hacia productos de mayor elaboración, y la producción de recursos naturales en bruto comenzó a tener rendimientos marginales decrecientes, una vez agotada la fase de expansión de las exportaciones sin diversificación (Gonzalo Martner). Sin economía industrial y tecnológica no hay salto al desarrollo, como lo demuestran las experiencias exitosas de Corea del Sur, Finlandia, o China.

La realidad irrumpió abruptamente, derribando la puerta una mañana de octubre del 2019. En la semana siguiente cerca de un millón y medio de manifestantes copó la Alameda Bdo. Ohiggins. La dirigencia política quedó perpleja; la salida fue una Convención Constitucional y en ese ambiente, con una nueva correlación de fuerza, Gabriel Boric llega a la presidencia. Nunca se estuvo más cerca de cambiar la Constitución y se despilfarró una oportunidad única, por falta de conducción política, impericias y desatinos al por mayor.

La oligarquía dominante sacó sus conclusiones y la derecha económica y política, que en Chile son casi lo mismo, se juró que no permitiría una nueva revuelta que amenazara su estatus. La próxima vez los revoltosos serían aplastados, y en cuanto al nuevo gobierno, no debía tener respiro y había que aplastarlo sin importar los medios. La consigna era ganar de cualquier manera, pero ganar. Los chilenos comenzamos a conocer un especial populismo de derecha.

En una democracia estable, pluralista y con plena vigencia de las libertades públicas, la confrontación política está sujeta a ciertos límites, en dos dimensiones. Primero, en el aparato jurídico institucional que todos deben respetar. Pero a su vez, en otra dimensión fuera de ese ámbito, en lo que podemos denominar la moral democrática: los comportamientos, las costumbres, la dignidad propia y del adversario, la transparencia.

La democracia se fortalece y se legitima con la moral democrática. Al contrario, se debilita, pierde legitimidad y se deteriora sin la moral democrática y comienza un proceso de descomposición. Si yo denigro a mi adversario, mañana posiblemente también yo seré denigrado y entonces ya no habrá diálogo posible ni disputa de ideas, solo una denigrante lucha en el barro.

Este especial populismo de derecha se manifiesta desde los primeros meses del nuevo gobierno, cuando estalla el escándalo de corrupción de la Fundación Democracia Viva, a cargo de unos militantes del partido Revolución Democrática. Dirigentes de derecha piden la renuncia del ministro Jackson con el argumento espurio de “…ser el fundador de este partido”.

Mas tarde, ocurre un robo de computadores en el edificio del ministerio a cargo de Jackson. Nuevamente se exige la renuncia del ministro por su responsabilidad en el robo, del cual más tarde se descubrió su autor, un delincuente común. No son anodinos estos episodios, Jackson es un potencial sucesor del presidente Boric, y se trata de destruirlo como actor político.

Este es un ejemplo entre decenas de acciones similares, infundadas pero escandalosas contra autoridades de gobierno durante todo el periodo, un patrón de conducta.

La campaña electoral del candidato ganador rompe todos los límites. Esconde su agenda valórica (contra el matrimonio igualitario, contra el aborto en tres causales, contra la existencia de un Ministerio de la Mujer, etc.), porque le restó apoyos en su campaña anterior. Supera así al comediante Groucho Marx, quien sostuvo “estos son mis principios, si no les gustan, tengo otros”. El candidato nos dijo, “estos son mis valores, si no les gustan, los escondo”.

El candidato en persona difunde un falso video en que aparece el presidente Boric en supuesto estado de ebriedad, conversando en la calle con un menor. También Evelyn Matthei recibe estos dardos venenosos, mostrándola en redes sociales en videos trucados donde aparece incoherente al hablar. De dignidad del adversario ni hablar.

En migración promete terminar con 300.000 migrantes irregulares, expulsándolos del país, lo que es materialmente imposible; con un vuelo diario, demoraría nueve años. También promete un corredor humanitario que llegue hasta Venezuela, lo que no se habría hecho por ineptitud del gobierno. Pero este camino ha sido desechado por los actuales gobernantes ante la oposición de los países involucrados. Amenaza a los migrantes, “les quedan XX días para irse”, ganando titulares y engañando a los votantes. Oculta que la migración irregular ha descendido en un 50% entre 2021 y 2025.

En delincuencia promete terminar con asaltos y muertes aplicando mano dura. Una receta aplicada por S. Piñera en las elecciones del 2009, sin resultados (“Se les acabó la fiesta”).  El crimen organizado es un problema serio que no se combate con titulares.

En economía, señala que el país se cae a pedazos, es más pobre que el 2022, la inversión está paralizada, el país está más endeudado, no hay crecimiento por este gobierno. Mucha falsedad y pocos datos. En los pocos foros en que participa el candidato (la mayoría los rehúye), repite consignas “Gobierno nefasto”, “Mal gobierno”. Desde su sector salen oprobios como “atorrantes”, “parásitos”. Propone con mucho bombo un gobierno de emergencia sin ningún sustento, porque el gobierno que enfrentó una emergencia histórica, y recobró la normalidad del país luego de la pandemia, fue el actual.

En fin, me cansa este inventario de bajezas. Resumamos: populismo cínico de derecha y grave daño a la democracia.

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