Vacunar no es solo un acto médico, es una decisión que protege vidas. Desde hace más de dos siglos, las vacunas han cambiado la historia de la humanidad. La primera, contra la viruela, fue desarrollada en 1796 por el médico inglés Edward Jenner, mucho antes de que se conocieran los microorganismos. Su descubrimiento consistió en inocular material extraído de las manos de ordeñadoras que habían contraído viruela vacuna, enfermedad que hoy sabemos es producida por un agente viral parecido a la viruela.
Gracias a ese descubrimiento, millones de personas se salvaron de una enfermedad mortal. Tanto impacto tuvo que en 1803 el rey Carlos V financió una expedición que llevaría la vacuna a las colonias incluyendo América como su objetivo principal. Al respecto, recuerdo a Javier Moros, novelista español, quien describe y divierte al lector con A flor de piel, un relato inspirado por esta historia. Igualmente impactado por el nuevo invento, Napoleón ordenó vacunar a sus tropas. ¿Por qué? Porque entendieron algo fundamental: prevenir es más poderoso que curar.
Con el tiempo, la ciencia avanzó, se pudo conocer la existencia de organismos microscópicos y sus detalles. Pasteur abrió el camino a nuevas vacunas y, durante el siglo XX, se logró controlar enfermedades que antes devastaban vidas humanas y animales. En el XXI se han logrado nuevas vacunas y técnicas que mejoraron la producción de ellas. Hoy, gracias a la vacunación masiva, vivimos sin miedo a males que fueron comunes. Pero este éxito tiene un efecto inesperado: al no ser evidentes ciertas enfermedades entre nosotros, algunos creen que ya no son peligrosas. Nada más lejos de la realidad.
El éxito de las vacunas para la humanidad ha traído la aparición de grupos reticentes a vacunarse y, en menor medida, personas contrarias a la vacunación. La falta de experiencias o recuerdos de cómo eran las enfermedades hace que no se tome conciencia de la gravedad que podría tener la aparición de ellas.
Yo lo viví. En 1986, durante mi internado, hospitalicé en un solo día a 13 niños con sarampión complicado. En 1990, como pediatra, volví a ver casos graves. ¿Qué cambió? En 1992 Chile incorporó una segunda dosis contra el sarampión y la enfermedad prácticamente desapareció, los casos aislados que se presentan generalmente provienen de personas de otros países con esquemas incompletos de vacunación. Así funcionan las vacunas: cuando todos nos protegemos, la enfermedad no tiene dónde aparecer.
Hoy, la comunidad médica internacional observa con inquietud una señal preocupante: la decisión del gobierno de Estados Unidos de retirar del calendario recomendado seis vacunas, cuya efectividad para prevenir enfermedades está sólidamente respaldada por la evidencia científica. No se trata de un gesto menor ni aislado, sino de una medida que, al carecer de base técnica, abre la puerta a la reaparición de patologías que durante décadas se han mantenido ausentes o con una circulación mínima. Más aún, este tipo de definiciones políticas contribuye a erosionar la confianza pública en las vacunas en general y puede derivar en consecuencias sanitarias de gravedad, especialmente para los grupos más vulnerables.
Sin embargo, este problema no puede abordarse únicamente responsabilizando a los discursos antivacunas o a decisiones gubernamentales ajenas. Quienes trabajamos en el ámbito de la salud -y en particular quienes lo hacemos con niños, niñas y adolescentes- debemos reconocer también nuestras propias falencias. Con demasiada frecuencia no escuchamos con la atención necesaria a las personas que expresan dudas legítimas sobre los beneficios y los riesgos de las vacunas. En más de una ocasión me ha tocado conversar con madres y padres que sienten un temor profundo frente a la idea de vacunar a sus hijos. En la mayoría de los casos, una escucha atenta, respetuosa y sin prejuicios permite comprender qué hay detrás de esas inquietudes y, desde ahí, abordarlas de manera adecuada.
A estas personas se las suele denominar “reticentes a la vacunación”, un concepto que intenta dar cuenta de individuos que no rechazan la vacunación por principio, sino que solicitan explicaciones claras y comprensibles antes de tomar una decisión preventiva. No obstante, también existen padres, madres y cuidadores que se oponen de forma tajante a vacunar a sus hijos por razones muy diversas. Entre ellas se cuentan desde creencias conspirativas -como las que circularon durante la pandemia de influenza de 2009, cuando se difundió la idea de que las vacunas formaban parte de un plan para reducir la población de los países del llamado Tercer Mundo- hasta el temor generado por relatos de efectos adversos graves que, aun siendo excepcionales, adquieren una fuerza emocional difícil de contrarrestar.
Estas posturas, conviene recordarlo, no son nuevas: ya a fines del siglo XVIII, tras la publicación de los trabajos de Edward Jenner, surgieron oposiciones desde el propio estamento médico y se popularizaron caricaturas que ridiculizaban la vacunación y explotaban miedos, similares a los que hoy reaparecen en redes sociales.
La desconfianza hacia las vacunas no es, por tanto, un fenómeno anecdótico, sino un asunto central de salud pública. Para que los programas de vacunación logren un impacto real en la población, es indispensable que las coberturas sean altas. Cuando más del 90% de las personas está vacunada, no solo se protege a quienes reciben la inmunización, sino también a aquellas que, por razones médicas, no pueden vacunarse. Dicho de manera simple: mientras mayor es el número de personas vacunadas, menor es la probabilidad de que una enfermedad vuelva a circular y cause daño colectivo.
En este contexto, en la Escuela de Medicina de la Universidad de Valparaíso estamos desarrollando un estudio orientado a dialogar con personas que tienen dudas, o que se declaran abiertamente contrarias, a la vacunación de sus menores. Nuestro objetivo es comprender en profundidad las razones, experiencias y emociones que están en la base de esas decisiones, así como las vivencias que han tenido en su contacto con el sistema de salud. Necesitamos aproximarnos a sus experiencias, escucharlas sin juicio, en definitiva, entender el porqué de sus acciones de una manera honesta, genuina, permitiendo que emerjan relatos que no hemos escuchado.
Probablemente de estos hallazgos se puedan nutrir mejores recomendaciones que permitan un acercamiento más humano, empático y eficaz por parte de los equipos sanitarios. Si bien en Chile muchas vacunas son obligatorias, todo indica que la coerción por sí sola difícilmente será la vía más efectiva para construir confianza y alcanzar coberturas sostenidas. Escuchar, explicar y hacerse cargo de los miedos parece, hoy más que nunca, una tarea sanitaria y política ineludible.