¿Dónde está RATM cuando lo necesitamos?
Contando un interrumpido segundo regreso en 2022 y, casi con seguridad, una definitiva disolución, la pérdida de Rage Against the Machine constituye una de las noticias más lamentables del último tiempo para el mundo de la música, del rock y especialmente para los millones de fans que catapultaron a la banda de Los Ángeles a un nivel de culto inexpugnable en las últimas décadas.
Convivimos con un ecosistema musical en permanente cambio, en especial en los últimos años, con el arribo y consolidación de plataformas globales de streaming de audio digital, como Spotify, que han producido modificaciones tectónicas en la industria, y más importante aún, en cómo consumimos música, dejando atrás a todo tipo de dispositivos físicos, para acceder a una biblioteca musical de más de 100 millones de canciones, a la que se suman 120 mil nuevas pistas por día.
A inicios de los 90, en paralelo al surgimiento de RATM, otra también era la realidad política y social mundial en comparación al escenario actual: se pasó desde la caída del Muro de Berlín a la consolidación de la Unión Europea; de la cúspide de la globalización y el multilateralismo hasta el derrumbe de las normas que rigen el derecho internacional, pasando por el fortalecimiento de China como potencia global, una multitud de guerras e invasiones, así como por el apogeo de Estados Unidos como potencia mundial hasta su actual declive, incluyendo sus últimos estertores y golpes de fuerza para intentar recuperar poder ante el ascenso e influencia china.
Gran parte del mundo en que surgió RATM ha desaparecido, y no obstante, las injusticias, desigualdades y atrocidades siguen siendo las mismas, o incluso peores, que hace 30 años. Y lo que es más decidor en la actualidad: muy pocos en el ambiente musical lo están denunciando. Aunque sí abundan las críticas poco profundas, estéticas, de salón o entre líneas de muchas bandas, escasea el señalamiento directo, el enfrentamiento hacia el adversario y el enlistamiento de manipulaciones, cinismos y miserias.
Ahí es donde Zack De la Rocha, Tom Morello, Tim Commerford y Brad Wilk se echan de menos, en su crítica afilada, en su activismo social y en su compromiso militante, manifestado en presentaciones, videoclips o ante la prensa, sin censura ni rodeos. Dardos dirigidos en general contra la política exterior estadounidense, su intervencionismo imperialista o apuntando hacia el sistema financiero neoliberal.
Recordadas y polémicas actuaciones fueron protagonizadas por el cuartero, como la censurada ý única presentación en Saturday Night Live en 1996, cuando tras tocar “Bulls on Parade” situaron banderas estadounidenses invertidas sobre sus amplificadores, las que fueron retiradas por el personal, suspendiendo el show, para luego ser encerrados en su camarín por el servicio secreto que protegía al candidato presidencial republicano Steve Forbes, quien los había presentado en el escenario.
O cuando en el 2000 irrumpieron en el frontis de Wall Street para grabar “Sleep Now in the Fire”, bajo la dirección de Michael Moore, generando una improvisada tocata callejera que fue rodeada por la policía y terminó con el arresto del director de “Bowling for Columbine” y la retención de miembros de la banda al interior de la Bolsa de Nueva York, la cual debió cerrar sus puertas por seguridad.
Es precisamente en el videoclip de “Sleep Now in the Fire”, que carga contra la avaricia financiera, donde se muestra entre la multitud un sujeto con una pancarta que rezaba “Trump Presidente 2000”. Lo que parecía una mala broma en esa época se convirtió en un aventurado presagio, que hoy tiene al multimillonario en su segundo mandato en la Casa Blanca.
A pocos días de que Zack de La Rocha cumpliera 56 años, vale la pena preguntarse ¿qué diría RATM del mundo de hoy? ¿Qué actos levantarían para desafiar al desenfrenado Donald Trump y su séquito militarista? ¿Qué letras y shows realizarían contra del avance de la ultraderecha, de las redadas homicidas de ICE o del genocidio en Gaza y Sudán? Creo que todos lo podemos suponer.
Incluso sin lanzar nuevos discos, ahí estarían, plantando cara, sin caretas ni verdades a medias, sin buenismos inocuos de moda, solamente armados con un micrófono incendiario, una bajo punzante, una batería mancomunada y una guitarra revolucionaria. Porque para Rage Against the Machine, la rabia es un don.