Imperialismo: La viuda embarazada del nuevo mundo
Herzen escribía en una época de profundo cambio. El siglo XIX expiraba entre guerras y revoluciones que preludiaban los desastres de las décadas siguientes. Los grandes imperios coloniales se disputaban el mundo, sentando las bases para dos guerras mundiales.
Similar al concepto de “interregno” de Gramsci, la metáfora de la viuda embarazada da cuenta de una época de caos y peligro. Pero pone el acento en la naturaleza misma del cambio: todo embarazo está lleno de riesgos, y la figura de la viuda subraya la incertidumbre sobre el nacimiento de ese nuevo orden.
Al contemplar la situación actual, las palabras de Herzen resuenan con fuerza perturbadora. Tras la crisis de 2008, surgieron por el mundo movimientos sociales que clamaban por justicia: la Primavera Árabe, Occupy Wall Street, los Indignados en Europa, e incluso nuestro movimiento por la educación gratuita. Sin embargo, a más de una década, el escenario global ha profundizado la desigualdad y ha acelerado una apropiación de recursos sin precedentes, forjando una elite económica de riqueza obscena y facilitando la marcha triunfal de la ultraderecha.
Esta concentración de poder y descontento no hizo más que agravar la crisis de legitimidad del sistema. Como explica Chris Hedges en su libro “America: The Farewell Tour”, Trump no es la enfermedad, sino el síntoma de un organismo político y social moribundo. El imperio norteamericano, instituido tras la Segunda Guerra Mundial, muestra en las últimas décadas una trayectoria directa al colapso. Y como suele ocurrir en su fase terminal, ejerce su dominio mediante una violencia cada vez más abierta.
El asedio político y económico contra Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro, son la consecuencia práctica de una renovada y agresiva Doctrina Monroe, o “Donroe”, un juego de palabras que el propio Trump acuñó. En este contexto, la viuda que carga en su vientre al nuevo mundo parece tener un nombre: imperialismo.
El imperialismo ha sido la política constante de Estados Unidos. La Doctrina Monroe del siglo XIX inspiró las intervenciones en América Latina durante todo el siglo XX y las guerras en Medio Oriente en las últimas tres décadas, siempre con resultados desastrosos. Lo que quizás hoy llama más la atención es la desfachatez con la que justifica su accionar. Atrás quedaron los días en que invocaba la “expansión de la democracia” o la “libertad”. Ahora el imperio a menudo ni se molesta en disimular: la necesidad de petróleo y la “seguridad nacional” son motivos suficientes.
En el caso de Venezuela, sin embargo, el petróleo por sí solo no alcanza como explicación. La capacidad extractiva del país está severamente mermada, por lo que controlar sus reservas a la escala que necesita un gigante como Estados Unidos implicaría una costosa ocupación militar y la instauración de un protectorado a largo plazo, algo que el propio Trump quiere evitar.
Entonces, ¿cuál es el verdadero objetivo estratégico? Como señala el académico Xuequin Jiang, la jugada contra Venezuela busca, en realidad, presionar a China. Una de las principales armas con las que Estados Unidos ha gobernado la economía global por 60 años ha sido el privilegio exclusivo del dólar como moneda de comercio internacional. En los últimos años, China ha desafiado este orden promoviendo el uso de su propia moneda, el yuan, en acuerdos bilaterales. Frente a esto, Estados Unidos ha respondido con un cerco estratégico que va desde el embargo de tecnología clave (como chips para inteligencia artificial) hasta el despliegue de bases militares en el Asia-Pacífico.
Hasta ahora, ninguna de estas estrategias ha logrado contener el ascenso chino. Por eso Trump –muy en su estilo– ha doblado la apuesta. Venezuela fue, hasta hace poco, el segundo proveedor de petróleo de China; el primero es Irán, país donde han estallado recientemente protestas de gran escala. Si bien es imposible negar la legitimidad del descontento en el pueblo iraní, resulta igualmente ingenuo no sospechar de la mano estadounidense aprovechando y alentando esa inestabilidad. El objetivo es claro: estrangular las fuentes de energía que alimentan la alternativa económica china.
De esta forma, Trump no hace más que acelerar la política imperialista tradicional, llevándola a un paroxismo de irresponsabilidad, pero sin romper con su esencia. El imperialismo estadounidense encarna hoy a la viuda que señalaba Herzen. Ante el advenimiento de un mundo multipolar, Estados Unidos intenta reafirmar su dominio recurriendo a sus viejos manuales de guerra económica y subversión.
El problema es que, bajo un liderazgo errático y volátil, esta escalada carece de un fin claro. La historia enseña que, en estos escenarios, los conflictos pueden explotar de manera repentina, desencadenando una conflagración global de consecuencias impensables.
La metáfora de Herzen nos alerta, entonces, no solo sobre los dolores de parto de un nuevo orden, sino sobre el riesgo real de que, en su agonía, el viejo imperio arrastre al mundo entero al abismo. El mundo que lleva en su vientre la viuda embarazada podría nacer, o podría perecer junto a ella, en una tragedia final.