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Sobre el autoexilio
Foto: Agencia Uno

Sobre el autoexilio

Por: Sergio Araneda | 12.01.2026
El autoexilio es una experiencia de vida profundamente dura. Es fácil negar la violencia apelando a la voluntariedad de las decisiones de la víctima. Pero no deja de ser violencia lo ocurrido en Venezuela. Y no importa cuán maravilloso sea el sueño que persigamos: si ese sueño implica el autoexilio de ocho millones de personas, hay un problema de sentido común que al menos merece ser planteado y considerado.

Me gustaría escribir una columna que, más bien, es un comentario a las declaraciones del presidente del Partido Comunista, Lautaro Carmona, sobre la situación de los venezolanos en Chile. Estas declaraciones resultan ilustrativas de problemas más profundos en la izquierda chilena y del momento de post derrota electoral que vale la pena mencionar.

Me gustaría también escribir desde la vivencia. Fui migrante en Estados Unidos por seis años, país que escogí para realizar estudios de posgrado, pero también con la esperanza de poder construir una familia allí. Soy miembro de la comunidad LGBTI+ y, en la época en que decidí migrar, no veía mayor esperanza de que la sociedad chilena permitiera, por ejemplo, el matrimonio igualitario o la adopción por parejas homoparentales con iguales derechos de prelación.

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El tiempo mostró que esos cambios sí ocurrieron, lo cual agradezco profundamente, y han permitido que hoy pueda tener esa aspiración viviendo en mi propio país.

En su momento, la decisión de dejar Chile estuvo efectivamente basada en la búsqueda de un mejor vivir. Sin embargo, eso no la hace menos dolorosa ni menos marcada por el duelo. De hecho, es tremendamente injusto que algunos cuerpos deban migrar para poder tener un proyecto de vida coherente con el proyecto político de un lugar, mientras que otros cuerpos no lo necesitan.

A esto yo lo llamo autoexilio. Nadie te obliga ni marca tu pasaporte, pero te marcan algo peor: te marcan tu sentido de la posibilidad.

La diáspora venezolana ha experimentado este tipo de exilio en su mayoría. Podemos discutir si la mala vida que podrían haber tenido se debe a injerencias externas o no, pero eso es desconocer un aspecto aún más problemático del régimen de Maduro: la imposibilidad de que un país entero —todas sus personas, todos sus cuerpos— pueda encontrar algún grado de coherencia dentro del proyecto colectivo.

No pertenezco a la comunidad venezolana, pero sí puedo decir que tratar a los migrantes venezolanos como personas movidas únicamente por un interés económico es una simplificación profundamente dolorosa y una falta de respeto a la dignidad de todos quienes hemos tomado el camino del autoexilio.

Hay también un aspecto particularmente relevante en las declaraciones de Lautaro Carmona que es necesario explicar. La comparación entre los “reales exiliados” y estos migrantes supuestamente en búsqueda de oportunidades es ilustrativa de un defecto casi mortal de ciertas cohortes de la izquierda chilena que vivieron la dictadura.

Les resulta inevitable comparar los dolores ajenos con sus propios dolores. Este camino conduce a una pérdida de empatía difícil de revertir. Porque, efectivamente, si comparamos formas de violencia política, ser torturado con electricidad parece mucho más grave que sentirse inseguro, no poder subsistir materialmente o no poder formar una familia o adoptar, como fue mi caso.

Pero comparar dolores no los jerarquiza: los multiplica. Los dolores de cada persona son relativos a sus propias historias.

Esta falta de empatía es, a mi juicio, una de las causas centrales de la derrota de la izquierda chilena, desde el primer plebiscito de salida hasta la actual candidatura presidencial. La falta de empatía es incompatible con un proyecto con vocación de mayorías.

El problema de fondo es que no solo a Lautaro Carmona, sino a toda una cohorte, le resulta imposible ver el opresor que llevan dentro. Es un patrón que aparece una y otra vez en su comportamiento político.

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Cada vez que los hechos apuntan a la posibilidad de que la víctima de tremendas agresiones políticas sea vista, por algunos, como el agresor, esto se vuelve una realidad imposible de tolerar. Algo similar ocurrió con la Concertación, por ejemplo, cuando fue criticada por políticas públicas como el CAE.

El dolor de una persona endeudada por el CAE parece insignificante si se lo compara con el dolor de alguien torturado, violado o que vio desaparecer a sus seres queridos; sin embargo, ese dolor es válido y legítimo en su propio contexto. Si hay alguien a quien responsabilizar, al final del día, es a Pinochet, por el trauma que ha generado en todos nosotros.

Este problema está cruzado también por la famosa frase del “facho pobre”. ¿Cómo es posible construir un camino emancipatorio como sociedad cuando hay personas que no quieren emanciparse ni buscar una “mejor vida” dentro de la construcción colectiva? El dolor del “facho pobre” aparece entonces como menor frente al dolor del oprimido.

Pero, al final del día, existe un derecho humano básico a poder encontrar un reflejo de nuestras aspiraciones personales en el proyecto político del colectivo, del lugar del que uno proviene. Y, si ese derecho humano no existe, debería existir. Hay algo profundamente alienante para la dignidad humana en el “si no le gusta, váyase”.

Creo que este aspecto oscuro en el sentir de ciertas izquierdas, esta pérdida de empatía, es lo que alejó a personas que, por ejemplo, votaron en contra del segundo plebiscito, pero que esta vez sí votaron a favor de Kast.

Este patrón de devaluación de ciertos dolores ha producido una fractura generacional que el presidente Boric ha sabido sanar, en cierta medida, de manera muy inteligente, pero que quizás aún no llega al meollo del asunto. Todos podemos llegar a ser opresores. Todos podemos llegar a ser los malos de la película.

Y, si llegáramos a serlo, la reparación del daño y la compasión hacia nosotros mismos son la salida. Let’s move on.

El autoexilio es una experiencia de vida profundamente dura. Es fácil negar la violencia apelando a la voluntariedad de las decisiones de la víctima. Pero no deja de ser violencia lo ocurrido en Venezuela.

Y no importa cuán maravilloso sea el sueño que persigamos: si ese sueño implica el autoexilio de ocho millones de personas, hay un problema de sentido común que al menos merece ser planteado y considerado.

Espero que esta reflexión nos sirva a todos quienes nos reconocemos con domicilio político en la izquierda para reencontrarnos entre nosotros y también con ese 60% que votó por la ultraderecha. El “si no le gusta, váyase” no nos va a llevar a ningún lado.

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