Rodrigo Pascal y la memoria incómoda del VIH en Chile: cuando la vida dependía del bolsillo
Su relato comienza donde muchas historias se silencian: el diagnóstico. Pascal recuerda la rabia inicial, el impacto de contarle a su familia y el desconcierto frente a un sistema de salud que, en los años noventa, ofrecía poco más que espera y resignación. “Me cayó la teja”, dice al recordar la imagen de decenas de personas haciendo fila, literalmente, para morir. Esa escena, lejos de paralizarlo, marcó un punto de quiebre: comprender que sobrevivir no podía ser un privilegio individual, sino una lucha colectiva.
En un contexto de precariedad estatal y ausencia de políticas públicas robustas, la respuesta no vino desde arriba. Surgió desde las propias personas que vivían con VIH. Agrupaciones autogestionadas, redes de apoyo y acciones concretas —como la organización de ambulancias para personas seropositivas— comenzaron a suplir un Estado que llegaba tarde o simplemente no llegaba. De ese impulso nacieron experiencias clave como “La Corpo” de personas viviendo con VIH, el Primer Encuentro Nacional de PVVIH y, posteriormente, la Red Nacional de Personas Viviendo con VIH, hitos fundamentales en la historia del activismo en Chile.
Uno de los ejes más incómodos del testimonio de Pascal es el cruce entre VIH y clase social. Desde su experiencia, queda en evidencia que el acceso a tratamiento, información y acompañamiento estuvo —y en muchos casos sigue estando— mediado por el dinero, las redes y el capital cultural. “La vida aún se administra según la capacidad económica”, es una idea que atraviesa su relato y que tensiona la noción de salud como derecho universal.
Esa lectura crítica se profundiza cuando aborda el rol del Estado y los vaivenes de los distintos gobiernos frente a la pandemia del VIH. Pascal es directo al señalar la falta de campañas de prevención, la manipulación de cifras epidemiológicas y las decisiones políticas que optaron por invisibilizar a las personas en lugar de enfrentar el problema de fondo. La creación de Vivo Positivo surge precisamente en ese vacío, como una respuesta política frente a la desconexión institucional y el abandono sistemático.
Su trayectoria no se limitó a Chile. El trabajo con ONUSIDA y su experiencia en contextos como Guatemala amplían la mirada hacia una dimensión regional, donde la desigualdad se expresa con aún mayor crudeza. “Presentamos ante la Corte Interamericana 50 demandas de personas viviendo con VIH en Chile, pudimos presentar 20; las otras 30 personas habían muerto”, recuerda, evidenciando el costo humano de la lentitud institucional y la falta de voluntad política.
En la parte final del capítulo, Pascal habla desde otro lugar: el del tiempo vivido. La jubilación, el amor, el derecho a envejecer y la necesidad de hablarle a las nuevas generaciones aparecen como gestos de continuidad. Su mensaje no es nostálgico, sino urgente: los derechos conquistados no están garantizados y la memoria es una herramienta política para evitar retrocesos.
Como señala Facundo Ríos en la reflexión que acompaña el episodio, la historia de Rodrigo Pascal revela un punto ciego persistente en la respuesta al VIH: cuando la sociedad civil se debilita o se fragmenta, el Estado retrocede. La lucha por el acceso a tratamiento, la educación sexual y la dignidad no ha sido solo sanitaria, sino profundamente política. Democratizar la salud ha significado, en última instancia, disputar quién merece vivir y en qué condiciones.
Una Voz Savia vuelve así sobre una certeza incómoda pero necesaria: el VIH no es solo un tema del pasado. Es una pregunta abierta sobre el presente y el futuro de los derechos humanos en Chile. Y escuchar a quienes dieron esa pelea desde el inicio no es un acto de memoria simbólica, sino una advertencia. Porque cuando el silencio vuelve, las desigualdades también.