La hegemonía de los negocios: Venezuela y el desinterés político de las grandes potencias
Durante años, se presentó a Venezuela como un país anti-imperialista respaldado por aliados poderosos frente a Estados Unidos. Rusia y China aparecían como contrapesos estratégicos, ideológicos, protectores de un proyecto político revolucionario, rupturista y que desafiaba la hegemonía estadounidense. La realidad fue otra, su presencia fue principalmente económica y selectiva, nunca política y mucho menos ideológica. Las alianzas “ideologicas” entre las grandes potencias y Venezuela no se tradujeron en protección real, porque nunca existieron.
Rusia intervino en Venezuela con objetivos claros y calculados. Invirtió en PDVSA (Petróleos de Venezuela, S.A., la empresa estatal venezolana de petróleo y gas) y en proyectos de crudo pesado, vendió armas y ofreció cooperación técnica. Su interés principal fue el petróleo y la influencia simbólica frente a Estados Unidos.
Cuando la producción colapsó y las sanciones hicieron inviable mantener la operación, Moscú se replegó. No se trató de traición, fue una decisión racional y fría de intereses económicos de una potencia energética que no arriesga su estabilidad por lealtades simbólicas.
China actuó con aún mayor pragmatismo. Prestó decenas de miles de millones de dólares, financió infraestructura y aseguró el suministro de crudo mediante el acuerdos de pago en petróleo. Aun cuando Venezuela tenia historial de incumplir con sus compromisos y la economía presentaba colapso desde el 2014, China reafirmó su apoyo, siendo el acto mas reciente en Pekín el 13 de mayo de 2025 en el marco del Foro China–CELAC, donde presentaron su disposición a apoyar financieramente a Venezuela.
El gobierno chino reafirmó su intención de ampliar e intensificar su compromiso estratégico con la región y particularmente con Venezuela, empero, nunca fue parte de los compromisos adquiridos entre China y Venezuela los recursos políticos ni mucho menos ideológicos.
Es posible evidenciar entonces que para China la ideología es secundaria y mucho ojo con esto; los intereses reales de este país son energía, retorno financiero y estabilidad estratégica, por lo tanto, lo ideológico ni siquiera estuvo cerca de su propuesta, pero todo esto tiene un origen.
El desinterés político de Rusia y China tiene sentido si se analiza desde la perspectiva de la estrategia global. Venezuela no define la seguridad ni la estabilidad de estas potencias, y participar en su política interna implicaría riesgos elevados con escaso retorno.
Para China, involucrarse políticamente sería abrir precedentes que podrían afectar su soberanía en Taiwán, Xinjiang o Hong Kong. Para Rusia, significaría confrontar directamente a Estados Unidos en su propio hemisferio. Por eso, su apoyo se limitó a lo económico y simbólico, sin involucrarse en la gobernabilidad ni en la defensa del proyecto político venezolano.
Estados Unidos, en cambio, reaccionó porque Venezuela afectó directamente sus intereses concretos: nacionalizaciones, acuerdos de venta de petróleo con China e India y alteración de los flujos energéticos en el hemisferio occidental. La sanción y la presión no fueron motivadas por ideología, sino por el control de recursos estratégicos.
Y aquí surge otra pregunta incómoda: ¿dónde estaba el resto de América Latina mientras Venezuela se convertía en un laboratorio de dependencia y vulnerabilidad? El silencio ha sido la norma, y las opiniones críticas, cuando existen, son marginales, poco consecuentes o simbólicas.
La región rara vez se organiza para prevenir estos desequilibrios o para proteger sus propios intereses frente a potencias externas. En muchos casos, la actitud regional termina reforzando la lógica de subordinación: si nadie cuestiona las reglas del juego global, nadie se sorprende cuando las potencias actúan según sus propios intereses.
La tragedia venezolana no se explica solo por la presión externa. También se explica por una lectura equivocada del poder global, por sobreestimar el propio valor estratégico la lógica fría de las grandes potencias, sino por qué América Latina sigue mirando de lejos, como espectadora, sin capacidad ni voluntad de aprender de esto. Generalmente a la región latinoamericana le es cómodo el silencio con posiciones poco efectivas.
La falta de mecanismos propios para defender intereses estratégicos y la tendencia a la subordinación frente a las potencias externas han reforzado la vulnerabilidad de los países de la región. Venezuela fue víctima no solo de la lógica internacional, sino también de la incapacidad de América Latina de anticipar, prevenir o mitigar estos desequilibrios.
La caída de Venezuela no puede explicarse únicamente por la presión externa, también refleja una sobreestimación de su relevancia estratégica y una lectura inocente de cómo maniobran las acciones políticas y económicas las grandes potencias. Rusia y China nunca abandonaron al país, simplemente actuaron según sus propios intereses.
Estados Unidos reaccionó cuando sintió que su control sobre recursos petroleros estaban amenazados. Esta dinámica revela, de manera clara y dura, cómo funciona realmente la política internacional: no por lealtades ni ideologías filosóficas o históricas, sino por cálculo financiero, rentabilidad y poder.