Súmate a nuestro canal en: WhatsApp
La banalidad del mal y la
Foto: Agencia Uno

La banalidad del mal y la "otra trinidad": Ética, Estética y Política

Por: Lorena Herrera Phillips | 06.01.2026
La banalidad del mal es hoy un riesgo más latente que nunca, y no se enfrenta con opiniones de expertos ni con discusiones superficiales en redes sociales —espacio donde incluso las autoridades emiten sus pareceres—. Se desactiva formando personas capaces de habitar un mundo distinto. Ese mundo al que nos han invitado pensadoras y pensadores chilenos como Violeta Parra, Gabriela Mistral, Francisco Varela y, de manera especialmente lúcida, Andrés Pérez.

El pasado 3 de enero se produjo la mediática y anunciada invasión de Estados Unidos, bajo el mando de Donald Trump, a territorio venezolano, con todas las consecuencias y lecturas que ello implica y que no viene al caso detallar aquí, pues muchos ya lo han hecho —y mejor—.

Sentada frente al televisor, cómoda, y a ratos revisando redes sociales, preguntándome qué de todo eso era real y qué no, escuchaba atenta —y, afortunadamente, aún asombrada— el discurso de este pequeño emperador, cargado de inseguridades y un evidente problema de ego. Entonces lo dijo, textualmente: que la intervención había sido “un ataque no visto desde la Segunda Guerra Mundial, contra una fortaleza en el corazón de Caracas”. Todo el discurso, groseramente patriarcal, no hacía más que alardear de poder armamentista y fuerza militar.

[Te puede interesar] Milei autoriza alza salarial del 89% a su gabinete y habilita detenciones sin orden judicial por parte de la SIDE

Ahí estaba, una vez más, lo que Hannah Arendt llamó la banalidad del mal, concepto desarrollado en Eichmann en Jerusalén (1963), a partir del juicio a Adolf Eichmann. Arendt nos advierte que el mal no siempre se produce por odio o crueldad consciente, sino por la suspensión del juicio crítico, la obediencia acrítica y la normalización administrativa de decisiones profundamente destructivas.

Leído desde el presente, este marco permite comprender con mayor claridad los riesgos del discurso belicista contemporáneo —como el de Trump respecto de Venezuela— cuando la retórica del poder simplifica conflictos complejos y desplaza la responsabilidad ética hacia consignas, procedimientos o supuestas “soluciones técnicas”. Así, decisiones de enorme impacto humano comienzan a volverse pensables, aceptables e incluso celebrables, sin una deliberación moral a la altura de sus consecuencias.

La banalidad del mal, en este sentido, no significa que el mal sea pequeño o insignificante, sino que puede producirse sin profundidad moral: basta con dejar de pensar. El mal se vuelve posible cuando la violencia se normaliza dentro de marcos legales, administrativos o técnicos, y cuando obedecer órdenes o repetir consignas sustituye al juicio ético personal.

El lenguaje burocrático y los clichés ideológicos vacían entonces la responsabilidad individual: nadie parece decidir, nadie parece responder. Hoy, esto se expresa con claridad cuando intervenciones militares se celebran livianamente en redes sociales, convertidas en memes, frases heroicas o gestos de fuerza sin atención alguna a sus consecuencias humanas.

Y aquí emerge una pregunta incómoda, pero inevitable: ¿Cómo hemos llegado a naturalizar este tipo de celebraciones? ¿En qué momento el bombardeo aéreo sobre un pueblo se volvió algo comentable, discutible e incluso festejable?

Es en este punto donde la mirada debe desplazarse hacia la educación. No como solución rápida ni como receta técnica, sino como condición de posibilidad. Porque pasamos muchas horas al día, durante muchos años de nuestra vida, dentro de la escuela. Y no da lo mismo qué aprendemos allí, cómo lo aprendemos y —sobre todo— desde qué concepción de ser humano.

Cuando el currículum se organiza casi exclusivamente en torno a resultados estandarizados, eficiencia y racionalidad instrumental, el riesgo es claro: el ser humano se vuelve cada vez más individualista, menos reflexivo y más disponible para aceptar —o incluso celebrar— la violencia ejercida sobre otros.

[Te puede interesar] Analista político Luis Ruz revela intenciones de Trump: “Influencia geopolítica y sobre petróleo venezolano"

Uno de los errores más frecuentes al enfrentar este problema es reducirlo a la supuesta falta de educación cívica en el currículum nacional chileno. Una educación cívica aislada, sin una formación ética, política y estética más profunda, carece de sentido real. Más aún cuando lo cívico se ha reducido a una vaga “formación ciudadana”, consigna ampliamente difundida en los últimos años sin generar transformaciones sustantivas.

En ese marco, la democracia suele asumirse acríticamente como un modelo justo y salvador por sí mismo, sin interrogar sus prácticas reales. Así, en nombre de la propia democracia —entendida muchas veces como mero voto sin participación activa— se terminan validando formas de poder autoritarias, violentas y discriminatorias.

El problema, entonces, no es añadir una asignatura más, sino transformar los soportes mismos de la educación desde la primera infancia, integrando de manera inseparable lo que aquí propongo llamar la otra trinidad: Ética, Estética y Política.

Más allá de nuestras creencias individuales, habitamos una matriz cultural profundamente patriarcal, sostenida simbólicamente en la trinidad masculina del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que ha estructurado históricamente nuestras formas de autoridad, jerarquía y obediencia. Sin buscar validarla ni impugnarla, resulta necesario abrir la reflexión hacia otra trinidad: la Ética, la Estética y la Política, pensada desde una perspectiva feminista y educativa. Esta trinidad propone reconfigurar el currículum escolar chileno incorporando, de manera transversal, espacios de expresión corporal, sensibilidad, emoción y pensamiento crítico.

La Estética —tan presente en la educación parvularia y luego casi anulada— permite formar sujetos capaces de reconocerse, expresarse y relacionarse con el mundo de manera empática y colaborativa. La Ética recupera espacios para preguntarnos por nuestros valores: de dónde vienen y si realmente los hemos elegido. Y la Política se entiende aquí no como adoctrinamiento, sino como la posibilidad de construir lo común desde las diferencias, desde un “nosotros” y un “nosotras” reales.

La banalidad del mal es hoy un riesgo más latente que nunca, y no se enfrenta con opiniones de expertos ni con discusiones superficiales en redes sociales —espacio donde incluso las autoridades emiten sus pareceres—. Se desactiva formando personas capaces de habitar un mundo distinto. Ese mundo al que nos han invitado pensadoras y pensadores chilenos como Violeta Parra, Gabriela Mistral, Francisco Varela y, de manera especialmente lúcida, Andrés Pérez.

Pérez nos convocaba a vivir como militantes de la belleza: la belleza cotidiana de compartir la once, conversar con la vecina, jugar en el recreo, regar las plantas, escuchar, observar y comprender a los y las demás. “Somos seres hablantes”, decía. Necesitamos contarnos historias desde el cuerpo presente, - diría Varela - con voz y oído. Eso es, finalmente, lo estético: recuperar el valor de los sentidos para devolverle sentido a nuestras vidas, lejos de esta repudiable banalidad del mal.

[Te puede interesar] La Paradoja de Trump y el futuro de la región