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Cuando todo está a un clic: ¿Para qué sirve un docente?

En tiempos de sobreinformación e inteligencia artificial, el profesor tiene el desafío y la oportunidad de aportar al aprendizaje aquello que ninguna tecnología puede replicar: la dimensión humana, reflexiva y formadora. Esta se enriquece con las herramientas pedagógicas, el know how que provienen de la práctica educativa y la formación docente, complementando la experiencia de cualquier profesional que enseña.
Por Patricio Astorga Veloso 4 de octubre de 2025 - 00:00

Hasta el siglo XX pasado, el aula universitaria se sostenía en una premisa no dicha, pero asumida: “ yo sé, tú no”. El profesor era la fuente casi exclusiva del conocimiento, con bibliotecas limitadas y recursos escasos. La clase universitaria era el canal privilegiado de transmisión.

En el siglo XXI, esa asimetría se quebró. Hoy un estudiante tiene en su dispositivo digital acceso a bases de datos, papers, videos explicativos, herramientas de inteligencia artificial como ChatGPT y otros recursos digitales disponibles en cualquier momento y lugar.

Puede, además, consultar con comunidades en línea o con otros estudiantes en segundos, encontrando con facilidad la respuesta a trabajos o incluso a evaluaciones tradicionales. Ante esto, emerge la pregunta incómoda y necesaria: ¿Por qué un estudiante necesitaría ir a clases si lo que escucha allí lo encuentra en línea? 

La respuesta no está en la información en sí, sino en la mediación del docente, cuyo desafío es que el estudiante no solo reciba datos, sino que pueda dotarlos de significado, ponerlos en práctica y convertirlos en aprendizaje. 

Lo que la información no garantiza 

El acceso a datos es abundante, pero no equivale a aprendizaje. La pedagogía constructivista inspirada en Vygotsky nos recuerda que el conocimiento se construye en interacción social, no en aislamiento. Por eso el rol docente no desaparece: se transforma. 

El profesor ya no es “poseedor único del saber”, sino guía y mediador crítico que ofrece: 

  1. Curaduría y jerarquización: enseñar a distinguir lo esencial de lo accesorio. 

  2. Contexto: traducir lo global a lo local, situando el aprendizaje (Lave y Wenger).

  3. Pensamiento crítico: fomentar la capacidad de cuestionar fuentes, detectar sesgos y usar la IA con  criterio. 

  4. Experiencia aplicada (know how): compartir lo que no está en manuales: dilemas éticos,  aprendizajes de la práctica profesional, toma de decisiones en situaciones reales. 

  5. Acompañamiento humano: motivación, contención y diálogo, dimensiones imposibles de replicar en  un motor de búsqueda. 

El aula como espacio de construcción activa 

Si la clase se limita a repetir lo que ya está en internet, pierde relevancia. Pero cuando el docente convierte el aula en un espacio de aprendizaje activo, ocurre lo contrario. Algunas metodologías clave: 

De este modo, la clase universitaria deja de ser un lugar de “recepción pasiva” y se convierte en un espacio de construcción colectiva, contraste de perspectivas y aprendizaje situado. 

El desafío de la evaluación en tiempos de IA 

Aquí está uno de los puntos más críticos. La evaluación tradicional, basada en ensayos, resúmenes o pruebas centradas en la memorización, se vuelve insuficiente en tiempos de inteligencia artificial, porque esta puede resolverlas con facilidad.

Esto no significa que la memorización desaparezca: sigue teniendo un lugar como base del aprendizaje, y hay estudiantes que destacan por esa habilidad natural, pero no basta para  demostrar comprensión ni aplicación. Por ejemplo, nadie puede discutir seriamente sobre Piaget si no recuerda las etapas que él propuso, prescindiendo de la IA y de motores de búsqueda.

Sin embargo, recordarlas no significa comprenderlas ni aplicarlas: la verdadera comprensión exige analizarlas en profundidad, y la aplicación implica usarlas para interpretar situaciones reales en el aula o en la práctica clínica. Por eso, el docente enfrenta el desafío de repensar cómo y qué evaluar.

Algunas posibilidades: 

A modo de ejemplo, lo que un estudiante puede pedir a ChatGPT 

En todos los casos, lo valioso no está en lo que ChatGPT redacta, sino en cómo el estudiante lo analiza, lo defiende o lo aplica en su contexto profesional. Estos ejemplos muestran que la evaluación no puede limitarse a verificar respuestas, sino que debe valorar procesos, análisis y aplicación. En este sentido, el marco de Bloom revisado resulta útil, pues invita a pasar de ‘recordar’ y “comprender” hacia “aplicar”, “analizar”, “evaluar” y “crear”.

El nuevo contrato pedagógico 

El cambio es profundo: 

El estudiante del siglo XXI no necesita un docente como transmisor exclusivo de información. Lo necesita como guía, mentor y acompañante crítico, capaz de convertir la abundancia de datos en aprendizaje significativo.

Por eso, la respuesta a aquella pregunta inicial es clara: el estudiante va a clases no para recibir datos, sino para dar sentido a la información digital, hoy inmediata, y transformarla en conocimiento con la mediación y la experiencia docente. Y es precisamente allí donde la enseñanza universitaria, lejos de perder sentido, se vuelve más decisiva que nunca.

En tiempos de sobreinformación e inteligencia artificial, el profesor tiene el desafío y la oportunidad de aportar al aprendizaje aquello que ninguna tecnología puede replicar: la dimensión humana, reflexiva y formadora. Esta se enriquece con las herramientas pedagógicas, el know how que provienen de la práctica educativa y la formación docente, complementando la experiencia de cualquier profesional que enseña.

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