
Terremoto de 1985: Memorias y lecciones para el Chile de hoy
Cada 3 de marzo, recordamos uno de los terremotos más significativos de la historia reciente, el terremoto de 1985, que sacudió la zona central del país con una magnitud de casi 8,0 MW, dejando un saldo de 178 fallecidos, miles de damnificados y una importante lección sobre la fragilidad y resistencia de nuestras ciudades y comunidades. Sin embargo, 25 años después, el mega terremoto y tsunami del 27 de febrero del 2010 nos recordó con brutalidad que aún quedaban deudas en materia de gestión del riesgo.
El terremoto de 1985 fue un punto de inflexión para la planificación urbana y normativa en nuestro Chile. Si bien nuestro país ya contaba con ciertos estándares de construcción antisísmica desde el terremoto de 1960, esta nueva catástrofe reveló falencias en la fiscalización y preparación de la población ante eventos extremos.
La lenta respuesta institucional, la destrucción de viviendas sociales y los efectos económicos del desastre evidenciaron la necesidad de políticas más robustas en prevención y reconstrucción. Hoy el panorama es diferente en muchos aspectos. La institucionalidad sísmica ha mejorado con la creación de organismos como la ONEMI, hoy SENAPRED, el desarrollo de sistemas de alerta temprana y la implementación de nuevas normas de construcción más estrictas.
Sin embargo, los desafíos persisten. La urbanización descontrolada, la construcción en zonas de riesgo y la falta de educación sísmica en algunos sectores, siguen siendo factores que pueden amplificar el impacto de un nuevo evento de gran magnitud. Además, el cambio climático introduce nuevas variables que complican la resiliencia territorial. A los terremotos y tsunamis se suman incendios forestales, sequías extremas y fenómenos meteorológicos intensificados, lo que obliga a repensar la resiliencia de manera integral.
No basta solamente con reforzar edificios. Es necesario fortalecer a las comunidades, descentralizar la toma de decisiones y fomentar una cultura de prevención que involucre a todos los sectores de la sociedad.
La memoria del 3 de marzo de 1985 no solo nos recuerda el dolor de la pérdida y destrucción, sino también la capacidad de adaptación y aprendizaje de Chile frente a desastres socio-naturales. Esta memoria, al igual que la del terremoto y tsunami del 2010, no puede quedar solo en conmemoraciones. Debe servir de motor para construir un país más preparado, consciente y solidario ante una realidad inevitable que volverá a suceder.
Ante esto, la verdadera catástrofe es no aprender de nuestra historia.