
Lecciones de un "conflicto congelado": Rusia-Ucrania
En política internacional se juega ajedrez o Go (juego coreano) para la articulación de estrategias que permitan la resolución de conflictos, el desarrollo de la diplomacia, o simplemente el establecimiento de relaciones internacionales de todo tipo.
Las lecciones que no has dejado la guerra Rusia-Ucrania han sido variadas en estos tres años bélicos, aunque recordemos que las hostilidades comenzaron el 20 de febrero de 2014 con la ocupación de Crimea y el 13 de abril del mismo año con la Guerra del Dombás.
La pregunta crucial es en qué etapa bélica nos encontramos en este momento, y pese a que muchos/as analistas predijimos que el enfrentamiento sería de largo aliento, pareciera ser que las disputas ya están entrando en la recta final.
Se ha planteado que la irrupción de Donald Trump en la escena internacional ha agilizado el anhelado proceso de paz (AS, 05/03/2025). Sin embargo, es posible que los enfrentamientos ya fueran ‘pasando de moda’, o al menos saliendo del espectro de la agenda setting (Peter Bachrach y Morton Baratz, 1962).
El líder ucraniano Volodimir Zelenski ya ha ido agotando sus ‘cartuchos políticos’ luego de la bochornosa reunión con el primer mandatario estadounidense que terminó a los gritos, y de la desgastada estrategia comunicacional de victimizar a Ucrania en cuanto evento internacional podía, incluso en la entrega de los Oscar en 2022.
Aun cuando es posible observar que hay una tendencia a que los gobiernos republicanos acaben rápidamente con las disputas más bien por una variable pragmática, el costo del apoyo militar de Estados Unidos a países en guerra, la figura de Trump ha marcado una nueva modalidad de trilateralismo mundial (EEUU, Rusia y Ucrania).
Así, la potencia estadounidense deja atrás la articulación estratégica con otras naciones-estado y con organismos internacionales como la OTAN, que venía construyendo sistemáticamente el ex Presidente Joe Biden. Es reconocido que Donald Trump odia el multilateralismo y que privilegia una política exterior narcista con un exacerbado proteccionismo nacionalista. De hecho, él planteó en su primer mandato que EEUU ya no tiene por qué ser la ‘policía del mundo’.
Las implicancias de este ‘trilateralismo trumpeano’ es que las relaciones transatlánticas (Estados Unidos y Europa) ya serían parte del pasado, y las pretensiones de la Unión Europea (UE) de ser un actor global (Charlotte Bretherton y John Vogler, 2005) también entrarían en una etapa de cuestionamiento.
Esto último es complejo, porque una vez más las críticas que ha recibido la UE en el pasado por su incapacidad de resolver disputas bélicas como la Guerra de los Balcanes (1992-1995) reaparecen como el fantasma de una posible Tercera Guerra Mundial.
La ‘bruselización’ (Bruselas, sede de gobierno de la UE) de Europa ha privilegiado una política exterior integracionista que despliega su poder blando y una diplomacia política en vez de encarar las guerras con un poder más duro. Por esta razón, la Presidente de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, ha llamado a rearmar Europa con urgencia (DW, 02/03/2025)
Pero de un solo paraguazo Trump vuela del mapa geopolítico en el conflicto Rusia-Ucrania a la Unión Europea, pese a que Estados Unidos siempre ha pensado que ésta sólo es un modelo federalista más complejo y no un verdadero arquetipo de integración regional.
A esto se debe sumar que el ascenso dorado de organizaciones internacionales como la OTAN también tienen su fecha de caducidad. Lo que no pudo hacer la UE y la OTAN en años, lo realiza Trump en menos de dos meses, y como dice Zelenski “Todo el mundo puede ver la rapidez con la que se desarrollan los acontecimientos”.
Sin embargo, esta supuesta paz duradera en que entrarían Rusia y Ucrania podría ser un nuevo episodio de lo que la académica de la Universidad de Santiago, Olga Lepijina, denomina ‘conflictos congelados’ (2014).
Más allá de Trump, los enfrentamientos de las naciones-estado del espacio post-soviético están condenados a ser parte del pasado, presente y futuro de territorios en eternas construcciones identitarias y relaciones tensionantes de dominación con la ‘madre rusa’.