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El rostro olvidado: Las personas en situación de calle en Chile
Agencia Uno

El rostro olvidado: Las personas en situación de calle en Chile

Por: Wido Contreras y Matías Rodríguez | 20.02.2025
La crisis de las personas en situación de calle no es un problema exclusivo de los más desfavorecidos, sino un reflejo de la inequidad que afecta a toda nuestra sociedad. El abandono y la marginación que enfrentan evidencian un sistema que ha fallado en cuidar a sus ciudadanos, así como la indiferencia de aquellos que tienen el poder de cambiar las cosas.

En el corazón de la población La Pincoya, al norte de Santiago, se dibuja una escena que refleja la cruda realidad de quienes viven en situación de calle. Entre viviendas precarias y espacios compartidos, surge un centro terapéutico y albergue improvisado, nacido de la solidaridad de un poblador y aquellos que se han sensibilizado con la causa. Este refugio, aunque importante, no es lo único que marca la diferencia.

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Lo que realmente destaca es lo que ocurre fuera de el: en el espacio público, un grupo de “hermanos” -como se llaman entre sí- se reúne a diario alrededor de un fogón, convirtiéndolo en su punto de encuentro. Aquellos que han logrado superar la situación actúan como padrinos, guiando a los demás desde la experiencia y sin ninguna formación profesional.

El fuego no solo les da calor, sino que también es un espacio donde se entrelazan historias de vida y se comparten esperanzas, por pequeñas que sean. Este ritual no es solo una forma de pasar el día, sino un acto de resistencia, de humanidad frente a la indiferencia que los rodea y que, a veces, incluso incomoda a quienes transitan cerca. 

A lo largo de la Región Metropolitana, estas pequeñas iniciativas se multiplican. No es necesario ser experto en la problemática para reconocer su urgencia. Aunque las personas en situación de calle se encuentren cada vez más invisibilizadas, hay quienes tienden una mano a quienes han sido relegados. Esta realidad, tan dolorosa, revela una pobreza extrema que se hace cada vez más visible en las calles y en los espacios urbanos. 

Los números son elocuentes: Según el Ministerio de Desarrollo Social, en 2024 se registraron 21.272 personas en situación de calle en Chile, lo que representa un aumento del 6% respecto al año anterior. Esta cifra, tan alarmante como desgarradora, contrasta aún más con los 10.509 registrados en 2017.

Las regiones más afectadas son la Metropolitana, Valparaíso y Biobío, lo que refleja la creciente urbanización del problema. A pesar de los esfuerzos del Estado, la crisis sigue profundizándose, arrastrando miles de vidas por una realidad que ha superado los límites de las políticas públicas actuales. 

En su libro El país de las carpas, Karinna Soto describe a las personas en situación de calle como los más marginados de Chile. Viven en carpas, en "rucos" o en los intersticios de la sociedad, esos espacios olvidados que no solo les arrebatan su hogar, sino también su dignidad y su lugar en la estructura social. La segregación no se reduce, sino que se intensifica cuando minimizamos o ignoramos la situación de los más vulnerables

Hoy más que nunca, es urgente y necesario que abordemos la problemática de las personas en situación de calle. El Programa Calle, del Ministerio de Desarrollo Social, si bien ha realizado esfuerzos loables, no es suficiente. El albergue temporal, la comida y la atención médica no resuelven las causas profundas del problema.

La pobreza, los problemas de salud mental, el abuso de sustancias y la falta de acceso a una vivienda digna son solo algunas de las raíces que deben ser tratadas de manera integral. No basta con proporcionar un techo; es fundamental diseñar políticas públicas que favorezcan la reintegración social y económica de estas personas.

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La verdadera solución solo llegará con un cambio estructural que no se limite a medidas superficiales. El Estado tiene la responsabilidad de crear alternativas más inclusivas y sostenibles, que no se concentren solo en intervenciones momentáneas.

Un ejemplo claro de enfoque reactivo, aunque necesario, lo encontramos en algunas iniciativas de los municipios, como el de Santiago, que tratan de desalentar la instalación de rucos en zonas verdes mediante medidas como el riego temprano en la mañana y en la noche. Estas estrategias, aunque comprensibles, demuestran la desconexión entre la respuesta oficial y la solución real del problema, que está mucho más allá de higienizar la ciudad. 

Si bien se menciona que la solución pasa por aumentar la cantidad de dispositivos como albergues, residencias familiares o centros de rehabilitación, estos no han sido suficientes. Estos centros no logran abordar toda la diversidad de problemáticas que enfrenta la situación de calle, lo que ha llevado a algunos municipios a implementar estrategias de limpieza urbana, clasificando a quienes no acceden a estos dispositivos como personas "sin adherencia" o "refractarias".

Este enfoque no sólo invisibiliza a quienes quedan fuera del sistema de asistencia, sino que también refuerza la noción de que la solución pasa por alejar el problema de la vista pública, en lugar de atender sus causas estructurales. 

Es igualmente fundamental que el Estado reconozca y apoye las iniciativas de la sociedad civil. Las soluciones no solo deben provenir del gobierno, sino también de organizaciones sociales, comunidades y personas que trabajan día a día por la inclusión de los más vulnerables.

Estas experiencias deben ser respaldadas y reforzadas con recursos profesionales, económicos y de otro tipo, cuando así lo requieran. Existen valiosas iniciativas desde la base, como la reintegración laboral y el acompañamiento en salud mental, que deben ser impulsadas por el aparato estatal.

La colaboración entre diversos actores es clave para lograr una solución real y sostenible. Solo trabajando juntos podemos garantizar que las personas en situación de calle no solo reciban asistencia temporal, sino que tengan la oportunidad de reconstruir sus vidas desde una base sólida. 

La crisis de las personas en situación de calle no es un problema exclusivo de los más desfavorecidos, sino un reflejo de la inequidad que afecta a toda nuestra sociedad. El abandono y la marginación que enfrentan evidencian un sistema que ha fallado en cuidar a sus ciudadanos, así como la indiferencia de aquellos que tienen el poder de cambiar las cosas.

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Es hora de asumir nuestra responsabilidad como sociedad y reconocer que cada vida en la calle es un llamado urgente a construir un país más justo, inclusivo y humano. Solo así podremos reducir las distancias sociales que nos separan y trabajar por un Chile en el que nadie quede atrás.