Eduardo Galeano comienza El Libro de los Abrazos con la etimología latina de la palabra recordar: volver a pasar por el corazón.
Recordando la masacre: Decir Ayotzinapa 10 años después
Y hoy, 10 años después de la desaparición de 43 estudiantes de Ayotzinapa, tal como lo hizo Galeano respecto a las violencias de Estado durante los 70’ y 80’, la tarea no es sólo garantizar que un Crimen de Estado no sea olvidado a nivel internacional, sino también preguntarnos, ¿qué diferencia a Ayotzinapa de otros crímenes de estado dentro de la larga noche de violencias perversas en Latinoamérica?
Y en esa línea preguntarse también, ¿por qué, cómo y quiénes han sostenido la memoria ante la magnitud de ese acontecimiento desgarrador y qué importancia tuvo para el caso?, pero sobre todo, ¿qué efectos y qué afectos, qué exigencias, qué compromisos y qué tareas nos demanda el ejercicio de volver a pasar por el corazón Ayotzinapa?. En otras palabras, que nos exige decir Ayotzinapa 10 años después.
Hablamos de una herencia que se preserva de los dos procesos de exterminio y acumulación que coronan la entrada de Latinoamérica en la globalización capitalista: la Operación Cóndor al Sur de latinoamérica y las Guerras Sucias al norte.
La indistinción y complicidad entre civiles, policías y militares en acciones de violencia paralegal o paraestatal “justificada” ante y bajo la presencia espectral del “narco”.
La reducción del problema de la violencia al “narco” sin tocar la infraestructura corporativa ilícita que se desenvuelve con el “trasiego” de la droga: minería, turismo, servicios, explotación y tráfico de personas, desplazamientos de poblaciones, etc.
Una nueva tecnología de exterminio que integra economías de guerra de “alta intensidad” como en las dictaduras, estableciendo enemigos políticos, con dispositivos de eliminación de “baja intensidad”, como en las guerras sucias, asociando grupos sociales con potenciales crímenes comunes en condiciones hipermediatizadas de “riesgo”.
Un ambiente de guerra e inseguridad absoluta que demanda que la población se posicione individual y activamente en dicha guerra contra toda “potencial amenaza”, pero también, que se desensibilice y suelte la posibilidad de imaginar otras alternativas ante la “inseguridad” y lo que de ella se desprende: la desaparición, el asesinato o la ejecución de cualquier “baja” o “enemigo colateral” en el marco de una guerra que tiende a ser declarada como total.
Junto con ese antecedente no podemos dejar de recordar que 10 años después de Ayotzinapa tenemos a Camilo Catrillanca, a Macarena Valdés y a Alejandro Castro como “objetos” de la misma tecnología de exterminio que vimos en Ayotzinapa.
Una economía de guerra que justifica la eliminación de potenciales amenazas políticas. Catrillanca, ejecutado por un policía como presunto ladrón de madera; Macarena Valdés, que se encontraba en una pugna contra la transnacional RPGlobal, quien se presume fue asesinada, aunque en un inicio se estableció su caso como un “suicidio”; y Alejandro Castro, activista pescador de Quintero Puchuncaví, quien también fue encontrado “suicidado” en extrañas circunstancias en Valparaíso.
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Ayotzinapa es el nombre de una escuela, pero también de una red internacional que durante 10 años se ha diseminado por latinoamérica buscando apoyar, acompañar y atender la lucha de las y los familiares de las y los desaparecidos en el marco de la guerra en México. Pero también las trayectorias de persistencia de las madres y familiares de ejecutados y detenidos desaparecidos en toda Latinoamérica y el mundo.
Decir Ayotzinapa 10 años después es preguntarnos por la radical importancia de construir vínculos efectivos de cooperación, intercambio, ocupación y movilización de nuestros saberes, experiencias, memorias, técnicas y privilegios diferenciados para sostener la pregunta y las acciones reales por justicia, memoria, verdad y dignidad.