El SIMCE caducó, avancemos

El SIMCE caducó, avancemos

Por: Canal Cero | 12.07.2023
En este marco, cabe recordar que el segundo semestre del año pasado, UNICEF, UNESCO, el Banco Mundial y la OCDE hacían un llamado a transformar la educación, considerando el actual escenario de la educación postpandemia. Chile recoge ese llamado, poniendo en el centro la reactivación educativa, pero conservando una vieja fórmula de medición que es el SIMCE, la cual no ha permitido, desde su implementación, superar las debilidades de nuestros sistema educativo, sino que más bien ha puesto a las escuelas a pensar cómo responder a dicho instrumento, invisibilizando lo esencial: el aprendizaje.

Hace algunas semanas se hicieron públicos los resultados de la prueba del Sistema de Medición de la Calidad de Educación (SIMCE), aplicada durante el 2022 en los establecimientos educativos de nuestro país. Para muchas personas hubo sorpresas, más aún cuando los datos reflejan una disminución significativa en el área de matemáticas en estudiantes de cuarto básico y segundo medio; como también una indudable brecha de género que se mantiene a lo largo de los años en la misma disciplina.

Mientras tanto, para otro grupo de nuestra población, los datos entregados reflejan algo ya declarado previo a la implementación del SIMCE: los aprendizajes habían retrocedido y las brechas económicas y sociales en materia educacional se mantendrían.

Efectivamente el Mineduc y la Agencia de la Calidad de la Educación atribuyeron dichos resultados a la pandemia por Covid-19 vivida los años 2020 y 2021. Una situación de carácter global que trajo consigo en el ámbito de la educación y, particularmente, en nuestro país y la región: deserción escolar, brechas en el logro de los aprendizajes esperados  y ausentismo en las escuelas [Informe de Derechos Humanos, 2022, pp. 360-423] .

Pese a la sorpresa de estos resultados es innegable que, durante los últimos 10 años, se aprecia una constante a la baja en los resultados SIMCE, lo cual se ha pedido comprender por distintos expertos para poder avanzar en el campo de la educación y la recuperación de los aprendizajes, pues la respuesta a la pregunta respecto a cuánto ha servido el SIMCE como instrumento de evaluación para la toma de decisiones y la mejora de la educación, aún está pendiente.

Se constata a lo largo de los años que la aplicación de este instrumento de medición traza el camino del currículum a impartir en cientos de escuelas chilenas; delimita cómo los estudiantes aprenden e incluso abre una competencia sin tapujos entre escuelas, con el fin de captar mayores matrículas e incentivos [Botella y Ortiz, 2018].

En este contexto cabe preguntarse, ¿Qué propósito espera cumplir el ministerio y la agencia con la aplicación de este instrumento y su posterior entrega de resultados?, ¿Qué diálogos se abren en materia educativa?, ¿Cuál es la hoja de ruta que se debe seguir?, siendo sólo algunas de las preguntas que las instituciones educativas están intentando responder en estos días, más cuando comunicacionalmente el debate se ha centrado en lo numérico.

En este marco, cabe recordar que el segundo semestre del año pasado, UNICEF, UNESCO, el Banco Mundial y la OCDE hacían un llamado a transformar la educación, considerando el actual escenario de la educación postpandemia. Chile recoge ese llamado, poniendo en el centro la reactivación educativa, pero conservando una vieja fórmula de medición que es el SIMCE, la cual no ha permitido, desde su implementación, superar las debilidades de nuestros sistema educativo, sino que más bien ha puesto a las escuelas a pensar cómo responder a dicho instrumento, invisibilizando lo esencial: el aprendizaje.

Es así como urge hacer un llamado, a quienes nos interesa la educación y su mejora constante, a colocar en primera línea del debate elementos sustantivos en el campo de la educación, considerando los ámbitos del aprendizaje y la evaluación pues, sin duda, esto permitirá hacer frente a la triste y desigual realidad que pone en la palestra la entrega de los nuevos resultados SIMCE.

En consecuencia, es imprescindible recordar algunos de los principios que deberían guiar el debate en educación, considerando la relevancia y la necesidad de sobrepasar los resultados esperados en esta medición.

Es así como recordamos que cualquier evaluación en materia educativa debiese respetar tiempos y comprender el contexto que se evalúa [Santos, 2001], con el fin de recoger información para proyectar el desarrollo y la mejora de ciertos ámbitos y/o dimensiones, ya sea la enseñanza, el aprendizaje,  el desarrollo socioemocional, la actividad física, etc.

En esa línea, las instituciones escolares debiesen contar con tiempos prudentes para su desarrollo e implementación de acciones que les permitan mejorar de manera sistemática, dialogando con equipos de trabajo robustos y multidisciplinarios que sean capaces de aterrizar las intervenciones sin olvidar la realidad concreta de sus instituciones.

Del mismo modo, urge poner atención en el aprendizaje, lo cual nos dirige a comprender a dos actores claves en esta materia: Primero los estudiantes, actores centrales en la acción educativa, con necesidades y prioridades distintas a las demostradas previo al confinamiento [Martínez-Líbano, J. 2020], lo cual se ve latente en el sistema escolar y que se ha traducido en desinterés, violencia e incluso deserción.

En segundo lugar, están los docentes, los cuales después de pandemia asumen el desafío de recuperar aprendizajes de sus estudiantes, pero también acompañar los ámbitos socioemocionales que fueron remecidos en el periodo de confinamiento. Lo anterior, sin duda, los profesores lo realizan de forma cotidiana respondiendo a un nuevo ciclo de la educación chilena, pero con condiciones similares e incluso más desfavorables a las que existían antes de la pandemia.

En este contexto, hablar de la tríada (Ortiz, 2015) que está en juego a la hora del logro de aprendizajes tiene un especial sentido, pues cualquier camino que se tome para la recuperación de aprendizajes debiese poner en el centro al sujeto que aprende, que tiene una historia, intereses, miedos y necesidades urgentes; por otra esquina, un docente que media con sus propias necesidades profesionales y contextuales, además de sus incertidumbres y, por último, el objeto de enseñanza que espera silencioso poder ser manipulado, interpretado y reconstruido en pos del aprendizaje.

En síntesis, sería ilógico pensar que en un año o, más aún, después de dos periodos académicos desiguales en materia educativa y con una pandemia que evidenció fielmente la brecha educativa que hay en nuestro país, este instrumento de medición podría dar cuenta de una mejora en educación.

Actualmente, las instituciones escolares deben recibir un mecanismo de fortalecimiento que sean pertinente a su realidad, que les permita mejorar y tomar decisiones, pero sobre todo que les permita dejar atrás el estigma del olvido y la brecha socioeconómico que tare consigo el SIMCE.

Quienes trabajamos en educación sabemos que la tarea sigue siendo transformarla, cautelando su sentido, pertinencia y respeto por los actores del proceso educativo. En este sentido, seguir relevando un instrumento que caducó, invisibiliza los grandes desafíos en educación, es decir, la recuperación de aprendizajes, contrarrestar la deserción escolar, acompañar integralmente las trayectorias escolares y dignificar la profesión docente.