La mañana de la final, despierto con el llamado a la oración que viene de una de las mezquitas cercanas. Pronto, como un eco, se empiezan a oír las letanías de otras mezquitas.
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Chileno en Qatar 13: Final de cuento de hadas
Dios también querrá ver el partido. ¿Cómo será su bandera? En el camino al café que he hecho brevemente mío, en la intersección de dos anchas avenidas, un solitario tipo vende banderas de Qatar. Primera vez que lo veo.
En el metro al estadio un argentino cuenta que están comprando entradas por 5.000 dólares, pero que él solo está dispuesto a pagar 2.000. Me la pienso. Pero no.
La fiesta comienza poco a poco: ugandeses e indios, bolivianos e ingleses, interrumpen la abrumadora mayoría de argentinos y argentinas –o de personas con poleras de la albiceleste. Sin duda que provoca una adhesión mayor: un inglés, fanático del Manchester City, que vive en Bangkok y va camino a Inglaterra, me dice que quiere que gane Argentina, por Messi. Al interior del estadio, un suizo impávido dice lo mismo.
Mi Bafana Bafana, la polera de Sudáfrica del 2010, me genera algunos saludos. Y debo admitir que la hinchada francesa es menor en cantidad, pero algunas y algunos justifican la fama de la vestimenta que tienen. Lo mejor: un sombrero que dice: Zizou Presidente.
Aviones de la fuerza aérea qatarí sobrevuelan el estadio dejando estelas con los colores de su bandera (después entenderé que tal vez no era por el partido). Media hora antes del comienzo del partido, cuando la presentación folk, un poco más estilizada que la de la inauguración ha concluido, cuento 10 Messis a mi alrededor, dos Zizous (uno de ellos agrega una bandera marroquí a su atuendo) y un Müller con el 13 en la espalda, recordando otros mundos.
Se escucha el himno que hace del chileno el segundo más hermoso y estamos a punto de comenzar. El partido final, lo que todo el mundo estaba esperando. El francés a mi lado se muerde los dientes y le recuerda la madre al árbitro antes que se dé el primer toque al balón; un hincha de Boca, un par de filas atrás, no dice menos. Y así comienza a rodar la pelota.
Entretiempo
Las maravillas del fútbol o cómo todo se construye y se destruye tan rápidamente (Marx citando a Charly y viceversa).
Al entretiempo apunto en mi cuaderno: Argentina gana merecidamente, sin hacer mucho; los franceses están irreconocibles; enfermos algunos, me comenta uno de ellos. Messi hizo su gol de penal y dio su pase: ya todo está listo para una final breve, sin mayores percances; fundamentalmente, olvidable.
Pero entonces sucede la magia del fútbol, la razón por la cual miles y miles de seres, de todas partes del mundo, van a un estadio o se sientan frente a un televisor o un celular, o escuchan un partido por la radio: lo inesperado, el milagro. Para que existan los milagros, nos decía Carpentier, hay que creer en ellos. Y todos quienes creemos en el fútbol, creemos en milagros. Y esta noche, en dos minutos el milagro sucede: Francia 2, Argentina 2, con una maravilla del nuevo Pelé, Mbappé.
Pero cuando ya se creía que los blue iban a dar vuelta el partido, Messi se acordó que no le quedaba otra y empuja la esférica que apenas, apenitas, traspasa la línea y entonces, ahora sí que sí se acabó y el francés a mi lado vuelve a reputear al árbitro y jura por los Elíseos que… no alcanza a terminar el juramento cuando hay nuevo penal y Mbappé nos regala la emoción y el azar de los penales que el francés miró sin ver arrodillado.
Así, ay, Messi ganó lo suyo y en el aire quedó un aroma de hadas, de esas que se ríen contando sus historias y saben que si bien todo esto no es más que un partido de fútbol, hay algo tan radicalmente humano en la alegría, la tristeza y el sufrimiento que vale la pena pensar ya en cuatro años más.
Camino, dejando detrás los fuegos artificiales, y las calles son una fiesta en Doha, cientos de autos han salido en caravana, flameando banderas qataríes. El tráfico no avanza y me admiro de la forma de celebrar el final del torneo. Pero no se trata de eso, el taxista me dice: están celebrando el día nacional de Qatar, siempre es el mismo desmadre…