sábado 04 de abril de 2026

Una Convención de verdades en medio de un país de fantasías

Al final, un amplio sector de la ciudadanía terminó votando por cosas que le dijeron que eran parte de la discusión o que serían consecuencia de ella, y que no eran tales. Muchas personas votaron para que no llegara el comunismo, aunque nunca nadie propuso aquello. Muchos convencionales se dieron cuenta que el país que no votaba habitualmente no estaba sintonizado con esas demandas que desde sus mismos lugares hace tiempo venían levantando.

19 de octubre de 2022 - 00:00

El resultado del plebiscito de septiembre sigue rondándonos con una elocuente incertidumbre que quedó sembrada en el país y que se vive cada día. A más de un mes de su acontecimiento, variadas lecturas e interpretaciones han tratado de explicar el resultado de la elección, el contenido de lo que expresó la ciudadanía y las proyecciones de lo que viene luego de eso.

El caso de los triunfadores es bastante variopinto. Muchos rostros y conglomerados que se cuidaron de no aparecer llamando públicamente a votar o liderar al sector, han salido de su mutismo para asumir, ahora sí, vocerías que expresan el “sentido profundo de lo que dijo Chile”, apoderándose de un lugar que, escudado en el guarismo del 62%, no encuentra un legítimo contradictor. Parte de esas fuerzas, sentadas en la mesa que actualmente negocia el destino del proceso constituyente, han mostrado prepotencia en la popularidad que sienten tener, llegando a definir límites posibles a la conversación constitucional en progreso (que denominan con el eufemismo “bordes”) y a advertir del rechazo a otras leyes del Ejecutivo si éste no adecúa sus políticas a lo que ellos piensan que debe ser gobernar.

Otros sectores, identificados con las alternativas de “Rechazar para reformar”, “por una mejor Constitución” o de “Una que nos una”, han salido a exigir coherencia de los partidos políticos de Chile Vamos, pidiendo que estos allanen el camino a un nuevo ejercicio deliberativo por una nueva Carta Fundamental y no coopten el proceso para sus fines particulares. Pareciera que su confianza les jugó una desilusión en el fondo, o en la forma en que sea administrado el momento actual.

Un tercer sector identificado con los Amarillos x Chile, al parecer ha tendido esfuerzos para constituirse como un nuevo partido político que consolide parte de la votación obtenida, con figuras recicladas del antiguo sistema político y que hicieron sus apuestas por destacar en la escena del Rechazo. La política es de momentos, se sabe. El rescate de esa imagen de poder es una apuesta por la que varios pusieron fin a décadas de militancia en sus anteriores partidos en pos de construir un nuevo espacio más acorde a sus propias proyecciones y, por qué no, pretensiones.

Está, finalmente, el sector que no quiere derechamente una nueva Constitución, donde aparece el Partido Republicano con un discurso que disfruta de su momento de triunfo golpeando la mesa cada vez que puede y anunciando, incluso, su marginación de la conversación por un nuevo proceso. Tal pareciera que la tesis del “Rechazo a todo lo que venga” ya ha calado entre su dirigencia y cuentan con una fórmula probada en la campaña en el plebiscito reciente, donde supieron sintonizar esa emoción.

En el sector del Apruebo, las búsquedas por explicaciones son tanto o más variadas. Que “la gente no leyó”, que “Chile no entiende lo que lee”, que “no supimos sintonizar con la gente y sus necesidades”, que se “miraron en exceso el ombligo”, que se cayó en “la trampa de los medios” y un largo listado de temas que no dejan de tener razón, pero que no son capaces, cada uno por sí solo, de abarcar la globalidad de las causas que llevaron a la derrota.

No pocos han levantado sus culpas hacia la propia Convención, hacia las dinámicas que sostuvo, las identidades que la configuraron y el rol de los independientes en ella, como base de la debacle del sector. Y es justo aquí, en medio de la incertidumbre del momento, donde quisiera detenerme hoy para hacer dialogar todos estos frentes que parecen disímiles.

La Convención Constitucional se levantó, de manera inédita, como el primer espacio de integración colectiva elegido en paridad de género de sus integrantes, con garantías para la participación de independientes de partidos políticos y con escaños reservados para pueblos originarios. La aspiración por redactar un nuevo texto constitucional movilizó a una muy amplia gama de movimientos sociales, organizaciones y colectivos que trabajan activamente en nuestro país. Se dispusieron a levantar los temas en los que son expertos para intentar colocar su mirada y recorrido al servicio de redactar un nuevo cuerpo legal que los incluyera.

Confluyeron así organizaciones por la diversidad, por los animales, por los derechos de la naturaleza, de la salud, por la educación, por las regiones, por la ciudadanía independiente sin representación partidaria. La fuerza de esas causas logró incluso, así sumadas, superar a la representación de las fuerzas políticas tradicionales. Cada causa tenía mucha trayectoria, estudios y desarrollo de temas, pero poca capacidad y experiencia para articular un conglomerado político mucho mayor a sus perspectivas. Las fuerzas políticas tradicionales, sabiéndose parte de un órgano que no manejaban, también intentaron sumarse a quienes percibían en cercanía ideológica y de sus discusiones fueron generándose acuerdos que de a poco, fueron avanzando cumpliendo con las reglas de elevados quórums de aprobación que tenía el órgano.

Cada grupo veía un Chile posible. Cada sector buscaba con sus herramientas mostrar las ventajas de sus particulares perspectivas. El mundo nos observaba, una Convención paritaria, democrática, con presencia de pueblos originarios se abocaba a discutir las bases de un país para un mundo en crisis, haciéndose cargo de una serie de temas que nunca se habían discutido en profundidad en la conversación política tradicional. Cada agente o sector creía tener una mirada clara del Chile que se venía y cómo podía ser mejor si el nuevo texto constitucional reconocía su causa como un valor para ese país del futuro. Un país ecológico, un país solidario, un país diverso, un país plurinacional, decían unos. Otros apuntaban a un país de riesgos, un país de sombras, un país de desconocimiento a nuestra historia y sus valores, un país de apropiaciones, revanchas y odiosidad.

La campaña fue poco de discutir sobre el texto y mucho de validar las tesis que cada sector comenzó a levantar sobre el país que venía desde el primer día de la Convención. Las fantasías de cada convencional fueron saliendo a la palestra desde ese inicial momento, la Convención dejó de ser un espacio de encuentros y pasó a ser un lugar de espectáculos y sombras chinas. Se levantaron relatos como la pérdida de derechos, la obligación de compartir piezas en la casa con extranjeros, la expropiación de los fondos de pensiones y la incertidumbre por el futuro se instaló. Las fantasías del país ecológico, del país con derechos para la naturaleza, del país con organización regional y ejercicios de poder locales nunca logró ser centro de atención que alcanzara a disputar lugar con las anteriores fascinaciones. Los miedos se tomaron la escena y los medios de comunicación fueron su campo de amplificación ideal. El periodismo, principalmente de los medios tradicionales, dejó hacer cuando no fue directamente interesado en promover una u otra tesis.

Al final, un amplio sector de la ciudadanía terminó votando por cosas que le dijeron que eran parte de la discusión o que serían consecuencia de ella, y que no eran tales. Muchas personas votaron para que no llegara el comunismo, aunque nunca nadie propuso aquello. Muchos convencionales se dieron cuenta que el país que no votaba habitualmente no estaba sintonizado con esas demandas que desde sus mismos lugares hace tiempo venían levantando. En Petorca ganó el Rechazo, “ganaron los dueños del agua que se la niegan a la población”, decían uno. “No, es que queremos trabajo”, decían otros.

El principal activo de la Convención, la verdad con que cada convencional llegó a sentarse al día 1 de vigencia del órgano y la perspectiva que tenía para el país del futuro, se perdió en medio de la reyerta política, por cierto, mucho antes del día de la elección. Cada verdad fue ahogada en medio de fantasías de lo que es Chile hoy y de lo que sería el país de la nueva Carta Fundamental.

En medio de todo ese intercambio, la ciudadanía bajó a las urnas y sólo sabemos que dijo una cosa: “rechazo”.  Y aún no sabemos dónde estamos situados con eso. La incertidumbre se profundizó y se transformó en la única realidad.

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