Análisis | Mobilize 2020: Conversaciones hacia movilidades justas

Análisis | Mobilize 2020: Conversaciones hacia movilidades justas

Por: Canal Cero | 07.11.2020
Quienes nos desempeñamos en el área del transporte tenemos la obligación de responder a la pregunta que nos congregó, hace poco, en el congreso internacional Mobilize 2020: ¿cómo desmantelar las prácticas racistas en la movilidad?

Hace poco, investigadoras de nuestro Laboratorio de Cambio Social tuvimos el placer de compartir con colegas de otras partes del mundo durante el encuentro Mobilize 2020, organizado por ITDP, el Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo. A lo largo de tres días, convergimos en una plataforma virtual para hacer un balance de los logros y desafíos en materia de transporte sustentable que la coyuntura actual nos plantea.

El segundo día enfocó temas de raza y racismo en la movilidad, motivado por las movilizaciones de Black Lives Matter (BLM) en EEUU y el efecto que tuvieron de llamar la atención sobre cómo el racismo se perpetúa en la institucionalidad y la vida cotidiana. En el epicentro de la vida cotidiana en la ciudad están el transporte y la movilidad. Tal y como lo encapsulan consignas como Driving While Black, la idea de que “conducir cuando se es negro” sería motivo de detenciones o peores, en ámbitos de movilidad también se reproducen el racismo y la discriminación.

El contexto en el que nacen estas inquietudes es el estadounidense, pero eso no quiere decir que América Latina sea ajena al racismo. Efectivamente, siguiendo el llamado del movimiento BLM, debemos cuestionar nuestras propias prácticas y actitudes racistas.

Un desafío global, con características locales muy variables

Una de las lecciones más importantes que nos llevamos es que la problemática es diferente según se aborde en EEUU, Brasil o Colombia -- el racismo es un problema estructural global, con manifestaciones específicas en contextos particulares. En Sudamérica, a muches se nos ha enseñado que no somos racistas, sino clasistas, y que el racismo es imposible en una sociedad donde “todos somos mestizos”. Esta es una penosa exageración, y una forma de racismo a través de negar la existencia del otro.

Sólo entre Venezuela, Colombia, México y Ecuador hay 25 millones de personas negras (en Brasil son 105 millones), por no hablar de los estimados 522 pueblos indígenas que habitan desde la Patagonia hasta el Río Bravo. Muchas de estas personas sobreviven en condiciones de pobreza extrema por causa del despojo, la falta de oportunidades o la violencia y el desplazamiento forzado.

Julian Agyeman, académico de la Universidad de Tufts, acertadamente señaló que para desmantelar las prácticas racistas necesitamos un enfoque de “movilidades justas” -- una apuesta transversal que vincula activismo y academia, y que promueve una visión amplia de los problemas de movilidad. Es decir, el enfoque de movilidades justas requiere que tengamos una mirada global a la hora de abordar la movilidad a escala local, vinculando sustentabilidad con justicia social y justicia ambiental.

Esto es importante si consideramos que el cambio climático afecta de manera desproporcionada a las personas más pobres, quienes a menudo son negras o indígenas, y cuyos territorios son, o codiciados por los recursos que albergan, o convertidos en zonas de sacrificio.

Por ejemplo, actualmente hay lobbistas que argumentan que, al no generar emisiones en las ciudades, los automóviles eléctricos son una solución sustentable al problema de la contaminación generada por el transporte urbano. Esto debería causar sospecha, siendo que el litio requerido para fabricar las baterías de los autos eléctricos proviene de los yacimientos bolivianos y del norte de Chile y Argentina, donde se encuentra la mayoría del litio del mundo. Su extracción masiva amenaza con destruir los paisajes magníficos del salar de Uyuni, el acceso al agua y, por supuesto, la vida de les habitantes -- indígenas -- del “triángulo del litio” conforme se afianza la disputa por controlar el litio americano.

En lugar de desplazar la frontera extractivista de los yacimientos petroleros hacia los Andes americanos, deberíamos desplazar por completo la automovilidad (que es un privilegio de la minoría) y apostarle a una movilidad no-extractiva. Esto es, movilidad que fomente territorios de abundancia y no paisajes de muerte. El transporte público y la bicicleta, cuando están orientados hacia la equidad, están en el centro de esa visión.

Manifestación contra la minería de litio en el norte de Argentina. Fuente: https://noalamina.org/

Colaboración para co-crear soluciones más inclusivas y justas

Otra lección que nos llevamos de Julian Agyeman fue la importancia de co-crear a la hora de planificar el transporte. Las movilidades justas apuestan a la participación plena de las personas en las tomas de decisión, independientemente de su formación académica o de cómo juzguemos su experticia.

Esto implica que en el centro de la planificación se pongan 1) las necesidades de las personas más desfavorecidas, antes que los sueños de les planificadores; 2) el conocimiento de las personas a raíz de sus experiencias de vida y relación con el territorio; y 3) las iniciativas que las comunidades ya han puesto en marcha.

Existen varias herramientas que podemos integrar en las disciplinas de la movilidad para este fin. Una de ellas es la Investigación-Acción Participativa (PAR) que ya emplea el Laboratorio de Cambio Social, y sobre la cual hubo un taller durante Mobilize 2020 a cargo de Lake Sagaris (Centro de Desarrollo Urbano Sustentable, CEDEUS, Pontificia Universidad Católica de Chile) y Gina Porter (Universidad de Durham).

Estas herramientas se benefician enormemente de un enfoque interseccional, señaló Daniel Teixeira del Centro de Estudios del Trabajo y la Desigualdad (CEERT) durante la plenaria. Esto es, una visión que reconozca quiénes se mueven y cómo, teniendo en cuenta su clase social, raza, género y estatus migratorio, entre otros.

Es allí, en las intersecciónes entre estas categorías, que se encuentran las personas más desfavorecidas y quienes con frecuencia son invisibilizades, o descartades como “sacrificables”. En América Latina, las trabajadoras domésticas han sido golpeadas por la pandemia con particular crueldad. Son ellas quienes hacen el trabajo del cuidado, también llamado “trabajo reproductivo”, o sea, el trabajo de bajas o cero remuneraciones para realizar las tareas del hogar y cuidar de niñes, ancianes, o personas enfermas.

En nuestra sociedad, un grupo de personas privilegiadas tiene la capacidad económica para delegarlo, con frecuencia a mujeres indígenas, migrantes o negras quienes deben desplazarse largas horas en sistemas de transporte que han sido diseñados para viajes entre el hogar y los centros de trabajo productivo, no entre un hogar de bajos ingresos y otro adinerado.

Una movilidad justa, no-racista, no-sexista e interseccional pondría en el centro estas vivencias y su origen en la desigualdad, y trabajaría para remediarla. En São Paulo se está avanzando en este frente: como reporta Valentina Montoya, la línea Lilás (finalizada en el 2019) conecta áreas residenciales de diferentes ingresos y está mejorando la calidad de los trayectos de las trabajadoras domésticas paulistas.

Entretanto, diversos colectivos ciudadanos en las Américas trabajan para elevar la voz de las comunidades marginalizadas. Al acercarnos a ellos encontraremos las bases que necesitamos para poner en marcha un proyecto latinoamericano anti-racista y anti-patriarcal del derecho a la ciudad.

La Frida Bike es un colectivo de Salvador de Bahia (Brasil) que trabaja para empoderar a las mujeres negras a través del uso de la bicicleta. Fuente: Revista Nueva Mujer

Para conocer más sobre el trabajo de Julian Agyeman, TRAM, recientemente presentó como parte de una serie de seminarios en línea organizado por Ahmed El Geneidy, Universidad de McGill (Montreal Canadá)


Paola Castañeda | Investigadora asociada, Laboratorio de Cambio Social | Candidata a doctora, Universidad de Oxford y Transport Studies Unit

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