Hoy temo por esa libertad esencial no solo de informar, sino que de informarse y ser informado. Una labor que no solo corresponde a periodistas y comunicadores/as sino que a quienes sientan la necesidad de transmitir una información que pueda ser valiosa para uno o más grupos de nuestra sociedad, pequeños o grandes. Y es ahí donde el Gobierno nuevamente ha metido sus manos sucias para perjudicar a los medios de comunicación más pequeños, desde los barriales a los informales, esos que operan prácticamente a fuerza de pasión y entrega por la comunidad, sin más armas que un teléfono, una grabadora, una cámara y la convicción de que la realidad necesita de miradas alternativas a las de los medios tradicionales que rinden culto sumiso y pasivo a las empresas que pagan su subsistencia en desmedro de sus propios contenidos, cuestión que ha quedado en evidencia desde el estallido social. Y a mí no me vienen con cuentos: por muchos años trabajé en varios medios mal llamados tradicionales y conozco en carne propia las presiones para quitar de la pauta nombres de empresas y de personas cuya publicación pudiera afectar las arcas de la empresa, o para bajar ciertos temas que pudieran herir susceptibilidades, digámoslo directamente, de políticos de izquierda o derecha, de empresarios y rostros conocidos. O peor aún, manejar los discursos para disfrazar los capítulos más dolorosos de nuestra historia y “suavizarlos” para no quedar mal con nadie.
Cuentista empedernida
Paula Boente: "Hay demasiada gente diciendo que tenés que hacer como para que más encima la literatura te dé lecciones de moral"
La lluvia no da tregua