Ecuador amaneció con una capital sin su presidente y con un nuevo judas incorporado a su historia; porque la novela se repite, y ahora son Lenin Moreno y el Fondo Monetario Internacional (FMI) quienes se concertan para vender a Ecuador al sistema financiero mundial por 10.000 millones de dólares y al costo social que sea necesario.
Ecuador, el FMI y la traición
Con esto, el gobierno del Presidente del Ecuador, Lenin Moreno, pende de un delgado hilo. El pasado fin de semana debió, por temor, escapar del palacio presidencial en Quito y trasladarse a Guayaquil, desde donde hoy apenas gobierna.
Ayer Moreno dio una conferencia de prensa rodeado de los mandos militares (mala señal) y culpó de toda la tensión que vive su país a una conspiración fraguada por el ex presidente Rafael Correa y el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.
De una creatividad sin precedentes, y que por supuesto, es totalmente falso. La causa es otra y tiene que ver con una serie de medidas económicas antipopulares que su gobierno adoptó, entre ellas, la eliminación del subsidio a los combustibles, reformas a la ley laboral y la condonación de impuestos a los más ricos por un monto de 4.500 millones de dólares.
Obviamente, la condonación de los subsidios a los combustibles trajo aparejado un incremento inmediato de los precios de la canasta básica de los ecuatorianos, quienes no tardaron en salir en masa a las calles a protestar.
Moreno adoptó estas medidas como parte de un plan de ajuste concordado con el Fondo Monetario Internacional. Como bien se sabe, las recomendaciones de esta entidad van siempre orientadas a perjudicar a los sectores populares y a proteger los intereses de los poderosos.
Y tras ello, el panorama empeoró, porque ante el solo anuncio de movilizaciones populares, Moreno decretó Estado de Excepción en todo el territorio. Pese a esto, desde el viernes decenas de miles de manifestantes, especialmente indígenas, comenzaron a movilizarse desde los cuatro puntos cardinales hacia Quito, con la evidente intención de copar el Palacio Presidencial y exigir la derogación del decreto 883, que elimina los subsidios a la gasolina extra y al diésel.
La respuesta fue excesiva; tanquetas blindadas rodearon el Palacio de Carondelet, sede del gobierno, mientras el centro de Quito luce totalmente militarizado y rodeado de alambre de púas.
La represión de las fuerzas policiales y del ejército contra los manifestantes no tiene parangón en fechas recientes, pues exhibe una brutalidad sin límites. Hay cientos de detenidos y una multitud de heridos. Ayer mismo, videos aficionados mostraron a policías lanzar a tres jóvenes desde un puente causándole la muerte a uno de ellos.
Es preciso proteger los derechos humanos de los ecuatorianos y su derecho a manifestarse libremente, como en toda democracia.
Como respuesta, Moreno ha tildado despectivamente a los manifestantes como “zánganos correistas”, pero está claro que el mismo presidente ha obrado el milagro de unir en su contra a los hombres, mujeres y jóvenes del campo y la ciudad, de las tierras altas y de la costa. Todos unidos bajo la consigna de “Renuncia Moreno”.
El panorama actual tiene a la asediada ciudad de Quito con su comercio y servicios paralizados. Ahora mismo los manifestantes se han congregado en una cifra cercana a los 50.000, en un sitio cercano al palacio de gobierno llamado El Arbolito, y preparan una nueva gran marcha nacional.
¿Qué pasará en Ecuador?
Difícil pronosticarlo. Pero lo que es claro es que el pueblo ecuatoriano se cansó del tirano y traidor Lenin Moreno, quien fuera electo por la izquierda y que hoy gobierna con la derecha, con los grupos económicos, los banqueros y con la oligarquía ecuatoriana.
El ex Presidente Rafael Correa hizo un llamado desde Bélgica donde reside, para insuflar ánimo y fe a quienes se manifiestan en las calles y para condenar la salvaje represión de la que son víctimas.
En las últimas jornadas se conoció de un llamado de los gobiernos de Argentina, Brasil, Colombia, El Salvador, Guatemala, Paraguay y Perú, manifestando su apoyo a Moreno, mientras que el gobierno de Chile que no aparece firmando, ya se pronunció a favor de las medidas represivas del presidente del Ecuador.
Seamos francos. En Perú, las FF.AA. se ponen detrás de Vizcarra y es constitucional y normal que el Presidente disuelva el Congreso, pero no es un Dictador.
En Ecuador, Lenin Moreno huye de las movilizaciones populares y cambia de Ciudad el Palacio de Gobierno mientras la policía arroja a tres jóvenes manifestantes desde un puente causando la muerte de uno, pero Moreno no es un asesino.
Mientras el Presidente Piñera sale en su defensa atribuyendo a “intentos de desestabilización”, ocultando las causas económicas; ¿qué pasaría con el propio Piñera si subiera la bencina de $ 870 en un 135% quedando en $1.960, casi $2.000? Eso es lo que pasó en Ecuador a exigencia del Fondo Monetario Internacional como obligación para un crédito de U$10.000 millones de dólares. Un chantaje a la democracia y una inducción al quiebre institucional.
Este paquetazo redujo además 30% el sueldo de los trabajadores, por ello el pronunciamiento del Presidente de Chile es irresponsable y poco coherente, porque deja entrever que hay quienes actúan desde las sombras cuando el real responsable en las sombras es el FMI, que sabe exactamente cómo reaccionan los pueblos a estas medidas, más aún en Ecuador donde en los últimos 20 años sólo Rafael Correa ha terminado sus mandatos y todos los otros han sido echados del poder por las movilizaciones, especialmente de los indígenas.
Y luego buscan la más ramplona e indignante explicación frente a la movilización popular masiva y decidida: que Rafael Correa y Nicolás Maduro son los responsables y están detrás de todo esto. Y presidentes ramplones y oportunistas como Sebastian Piñera le siguen el amén sin pudor alguno.
Vizcarra y Moreno firmaron el TIAR contra Venezuela. Son parte de una campaña permanente y criminal contra el pueblo venezolano. Ahora saben que los problemas internos de una nación se resuelven dentro de esa nación.
Les llegó la hora de responder por sus dichos y sus actos.