También es fundamental aclarar que la autonomía es tanto individual como colectiva. Individual, por cierto, en lo pertinente a nuestro propio ser, como lo es nuestro cuerpo (una de las razones por la que se está a favor del aborto libre), nuestra identidad (una de las razones por la que se está favor de una Ley de Identidad de Género, entrando ahí también el concepto de autonomía progresiva en los niños, niñas y adolescentes), nuestras relaciones (una de las razones de las por la que se está favor de la igualdad de derechos para personas gays, lesbianas, bisexuales, etcétera), nuestro propio pensamiento (una de las razones de la porque se está a favor de la educación laica y de la temprana formación de un pensamiento crítico en las mentes más jóvenes), y en otros aspectos que están también explícitos y fundamentados en los Derechos Humanos.
El marxismo autonomista es horizontalista, ya que además de ser profundamente igualitarista (incluyendo por lo tanto las relaciones sociopolíticas entre las y los individuos), es inherentemente anti-autoritario. Y que mejor manera de vencer el anti-autoritarismo y al fortalecimiento excesivo de una autoridad o dirigencia, que quitarle verticalidad y darle horizontalidad a su organización, trabajos y a cualquier praxis colectiva en general.
En un país como Chile, en que los ciudadanos y ciudadanas se siente abusados y aplastados por las autoridades, que mejor que quitarle poder a estas y darle más a las comunidades y al macro-colectivo que es la sociedad chilena. Además, importante también comprender, de que la horizontalidad no solo se ve en las relaciones políticas institucionales, sino que en el mismo trabajo barrial con los vecinos, donde la relación es de igual a igual, y se busca que todos y todas se hagan parte de la toma de decisiones, estando ahí también la importancia de otro principio ideológico, que es la democracia radical.
Para que la horizontalidad funcione, se requiere de un medio y principio fundamental, que es la democracia radical. Es decir, no solo las relaciones sociopolíticas son entre iguales y carentes de verticalidad, sino que además las decisiones también incumben a todos. En el sentido político institucional, ejemplos de democracia radical son las asambleas, los cabildos, las iniciativas populares de ley y los referéndum.
El antiburocratismo también tiene relación con la horizontalidad. Es dejar de pensar que debe haber una casta privilegiada que dirija todos los problemas de los demás.
La burocracia siempre va a existir, de eso no hay dudas (o al menos en una visión a largo plazo no se ve todavía su fin). Pero justamente el antiburocratismo habla de quitar privilegios (como disminuir grandes y anti-éticos sueldos de grandes cargos estatales) e igualar a los burócratas -en cuanto a derechos y trato- ante el ciudadano/a común, como también hacer a la ciudadanía parte de las decisiones a través de la democracia radical. Dejar de ver al burócrata como un “ser elegido y superior para salvarnos”, sino que verlo como un empleado a servicio del pueblo.
En línea con esto último, claramente está por ejemplo el proyecto de ley impulsado por el Frente Amplio para rebajar los sueldos de los congresistas.
El anticentralismo también juega un papel vital, ideológicamente hablando, en el marxismo autonomista. La descentralización y democratización del poder, incluye por lo tanto, empoderar a cada cuerpo colectivo (comunidades, por ejemplo) o región. Es decir, que en un país como Chile, donde las decisiones son todas tomadas desde el centralismo nacional, atenta totalmente contra la autonomía y autogestión colectiva de las comunidades y regiones que lo conforman.
Descentralizando el país, respetaremos más la socioculturalidad y autogestión propia de cada comunidad (y región), enriqueciéndonos al mismo tiempo gracias a la diversidad que florecerá por la autonomía y visión única de estos cuerpos colectivos intermedios.
La autogestión colectiva, otro principio, es un pilar esencial en lucha contra el capitalismo (tanto privado como de Estado). Es darle a cada comunidad o colectivo de personas iguales entre sí, la posibilidad de hacer frente a las adversidades y de crearse su propia identidad sociocultural. Es por ejemplo, las cooperativas, donde todos/as las y los trabajadores, son empleados y dueños a la vez, compartiendo así de manera igualitaria la fuerza del trabajo y las ganancias, no existiendo por lo tanto de esta manera ni explotación ni robo de la plusvalía.
Se deja al colectivismo y al anti-estatismo al final, porque es de suma importancia aclarar antes algo. El marxismo autónomo no es precisamente estatista (uno podrá hasta leer a autores marxistas criticando el “capitalismo de Estado”), pero sí es siempre colectivista. Es decir, se busca que la construcción, trabajo, toma de decisiones y el bienestar sea colectivo, pero no que necesariamente esto tenga al Estado como principal protagonista.
El estatismo hipertrofiado te puede llevar al centralismo y al paternalismo estatal, a pasar a llevar a comunidades y a su propia autogestión (o un error que por ejemplo cometió el compañero presidente Salvador Allende con los Mapuche en la implementación de la reforma agraria). Y sí, hay áreas claves donde el Estado económicamente y pensando en el urbanismo desde una visión social e inclusiva, debe hacerse presente (además de su monopolio en la ley, su implementación y en la fuerza), como lo son los recursos naturales estratégicos (los no renovables, por ejemplo) y los mismos espacios públicos, tales como los paisajes y otras zonas únicas (o no) de encuentro y observación. Esto último además de imponer una carga tributaria justa y progresiva (que los más ricos tributen más), que combata desigualdades y ayude a recolectar fondos para las necesidades del país, sin perjudicar la situación económica de los sectores populares y medios.
Es también imprescindible la presencia del Estado en los derechos sociales. En salud, vivienda, educación, niñez y adolescencia (Sename, por ejemplo), etcétera, su deber es garantizar y proteger. Lo estatal debe regular como también tener la oferta necesaria para todos y todas en dichas servicios públicos.
Ahora bien, en educación por ejemplo, lo fundamental es que además de existir ese rol público que es una exigencia mínima, haya también una horizontalidad, democratización y colectivización de la enseñanza. En los años 20 del siglo XX, en el pleno contexto constituyente de Alessandri y su en ese entonces posible nueva constitución, movimientos socialistas y libertarios (principalmente gremiales de profesores y estudiantes) postularon una “Comunidad Docente Soberana”, es decir, que tanto profesores, como apoderados y estudiantes se hicieran cargo de la dirección de la educación en el país, y que el Estado se limitara a poner las reglas y a dar los fondos necesarios. Una propuesta, que como se entenderá, va en línea con un autonomismo y colectivismo marxista.
El colectivismo es central en el marxismo autonomismo, ya que básicamente, para que una sociedad prospere, toda acción deben pensarse en el efecto que causará en los otros. Por lo tanto, si quiero emprender, debo preocuparme de no explotar a quienes trabajan. Si quiero enseñar, debo preocuparme primero, del interés superior del niño y segundo, de que es un derecho social, y que lo principal es la educación de los niños, niñas y adolescentes, más que en mi interés propio por hipotéticamente instruir en mi ideología o ilegítimamente ganar más dinero o enriquecerme (es decir, lucrar, hacer retiro de utilidades para mi propio beneficio) a costa de ellos.
El colectivismo permite también el interseccionalismo y la unión como también fortalecimiento de los oprimidos y de las demandas. La conciencia de clase para poner otro concepto, que es colectiva en su naturaleza, permite la unión de vecinos, vecinas y/o trabajadores para hacer frente la injusticia -a través de un sindicato, por ejemplo- de un empresario, político u oligarca. Y la socialización de las relaciones y problemas entre las personas, permite su democratización e interseccionalismo, dándose cuenta ellas, que tienen más de una opresión en común que les afecte directa o indirectamente (además de dar con la causa matriz, que es el opresivo sistema patriarcal y capitalista).
Y la autonomía en un sentido colectivo y en materia geopolítica, también es autogobernación e independencia de los pueblos. Ya que para hacer frente al imperialismo (estadounidense, por ejemplo) los pueblos hermanos deben unirse colectivamente entre sí (naciendo ahí el latinoamericanismo, en nuestro caso). Por lo que entonces, el colectivismo tanto a niveles micro como macro, es fundamental y la base para hacer frente a toda opresión e injusticia, como también para prevenirlas.
Por último, el marxismo autonomista debe ser también feminista por definición. En un diagnóstico de lucha entre oprimidos y opresores, uno históricamente verá que quienes más han sido oprimidas por el capitalismo, son las mujeres, ya que este último también es patriarcal. La emancipación e igualdad para las mujeres, como también la abolición de todos los roles de género, es una lucha vital en la construcción de una patria socialista y anti-patriarcal.
Y es por estas razones y estos principios, que un marxismo autonomista es esencial para Chile. Para un país golpeado por el capitalismo más salvaje, por el autoritarismo más cruel, por el conservadurismo más excluyente y por el centralismo más totalitario y abandonador, la necesidad de un colectivismo emancipador, igualitario y radicalmente democrático, surgido de un entendimiento y lectura marxista de la situación, se hace fundamental para el bienestar de todos/as las y los residentes en este país (y de los pueblos vecinos).