—En comparación con el resto de los formatos en las publicaciones, es notorio que "Cuaderno esclavo" es una mezcla de varios géneros —referencial, ensayo, novela—, cuestión que en Chile, considerando los rígidos parámetros de los concursos públicos, junto con el panorama internacional, es extraña. ¿Es complicado legitimar, a nivel editorial, esta forma de escribir?
—Sí. Es difícil. Antes hice un libro llamado Alameda tras las rejas, que era un diario de vida: contaba con fechas, la narración era fragmentada, etc. Cuando lo tuve listo, lo envié a concursos de novela. Un amigo me decía "pero mándalo a un concurso de poesía" y yo me veía en este dilema: de acuerdo a los criterios de los fondos de creación, era demasiado narrativo como para entrar en la categoría de poesía, o bien no se advertía su carácter de novela de acuerdo a las nociones estatales de lo que debe ser una novela. Alejandro Zambra, incluso, quien no es proclive a ser tan estricto en la categorización de los géneros literarios, me decía "para mí, este es un libro de poesía", lo que también puede interpretarse como una forma vanguardista de pensar a la propia poesía. Lo complicado es decir que estás cumpliendo con las condiciones de un género, cuando tu objetivo es relativizar el concepto mismo de género literario.
—¿Por qué crees que hay tanta restricción en las definiciones de los campos literarios?
—Tiene que ver con un deseo de conformarse a la norma, de ser más legibles. Estos formatos "otros", como ocurrió con Alameda tras las rejas y con Cuaderno esclavo, pese a responder a distintos formatos narrativos, exigen concentración al lector. De hecho, la gente a la que les muestro los manuscritos me insiste en que sea más claro. Esa claridad es conformista con las fronteras entre géneros. La forma en que escribo intenta traspasar tales límites.
—La ruptura amorosa, puntapié inicial para lo que sucede a lo largo de Cuaderno esclavo, permite explorar una dimensión masculina de los sentimientos con un nivel de detalle que es, mas bien, escaso. La literatura escrita por hombres suele estar hecha por tristes borrachos, que procesan sus tristes emociones a través de la triste embriaguez. ¿Son las expectativas de los hombres adultos —casarse, tener hijos, comprar la casa, morir— un flanco a partir de donde abordar cómo el patriarcado también afecta a los hombres?
—Totalmente. En mi caso, el rollo con la ruptura nunca fue por tener encima la presión de tener hijos, más allá de los típicos comentarios de la mamá sobre "¿y cuándo el nieto?". Tiene que ver más con el fantasma de la idea de lo que te puede hacer feliz. Veo a mi hermano, por ejemplo, que es padre de dos hijos, y él está bien. Se siente completo. Me pasa que hay días en que estoy con él y su familia, y el día es precioso, y después me voy solo a mi casa, y son dos las reacciones: hay veces que me da pena, por la misma soledad; hay veces en que me siento infinitamente aliviado. Aborrezco, un poco, el proyecto de vida burgués. Lo veo en mis pares, trabajando y gastando plata sólo en cosas que tienen que ver con la reproducción, en todos sus significados: de su propia familia, de un sistema, etc. Yo estoy en contra de la humanidad, no creo que deba ser eterna.
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