Casi todos prefieren el italiano, por su palta, por ser suave, tibio. Pero yo me quedo con el completo. Cuando lo pido, digo con fuerza, “me da un completo, por favor”, y les pongo cara de “hasta cuándo”, cuando me preguntan “completo, completo?”; sí, completo-completo, digo, y pienso, “pero si es el único completo, oye”, ese que con su acidez se clava con violencia en las quijadas mientras lo voy masticando, separando con la lengua la salsa americana, dura y chispeante, fragmentada, del chucrut extendido, a veces rebelde, a veces enredado e interminable, mojado, blanco. Me gusta el completo porque tiene fuerza, carácter, hay que sentirlo en los dientes, en las muelas. Hay que arrancarse los restos de las encías, después, con los dedos. Hay que ensuciarse con el completo. El vinagre de sus ingredientes me despierta, me retuerce, me hace sentir un poco más vivo, alerta; vinagre peligroso, amenaza permanente sobre un pan que con los minutos comienza a inundarse.
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