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Decálogo del acusador
2- Constate debidamente que sus acusados no tengan tantos amigos que, al final, todos se pongan en su contra.
3- Mida bien las confianzas cuando lo haga. No sea que en el tribunal donde lleva a sus acusados, crean más en ellos que en usted.
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4- No acuse a hombres o mujeres que tengan cerca o más de noventa años de edad. Se ve mal. Es casi como pegarle a un niño o a una persona débil.
5- Valorice si vale la pena poner en juego su capital social o político; recuerde a los que acusaron a Deyfruss o a Sócrates.
6- Revise bien que sus propias fallas no sean mayores de las de quien acusa. No sea que los amigos de sus acusados aprovechen de volver a sacar sus trapitos al sol.
7- “No se le pase la mano” y converse primero con sus acusados. Es norma de buena costumbre e incluso consejo del Evangelio.
8- Recuerde que el gran acusador es el demonio, pues le interesa la perdición de los seres humanos. Está probado que la reconvención sincera, la conversación honesta, la tolerancia de la diversidad de opiniones, e incluso la misericordia logran más que la división que produce una denuncia.
9- Procure no acusar por las creencias, las palabras o los manifiestos de los demás. La palabra es libre y, bien tomada, no hace daño. Si quiere acusar, y tiene evidencias, hágalo cuando se trata de injusticias, crímenes o encubrimientos; eso sí que es dañino.
10- Y, por último, mire hacia el futuro. A veces, lo que creemos que es un problema, o incluso una falta a nuestras sagradas tradiciones, no es más que un signo de que los tiempos están cambiando y el futuro está tocando a nuestra puerta.