Desde la segunda mitad del siglo XIX cientos de cientos de miles de chilenos cruzaron la Cordillera de los Andes hacia Argentina en busca de nuevos horizontes. Se trata de uno de los flujos migratorios fronterizos más antiguos y perdurables de Sudamérica. Un movimiento Sur-Sur que aún persiste y atravesó distintas etapas históricas, cada una con sus características demográficas, socioeconómicas y motivacionales.
Chilenos migrantes en Argentina: derechos y riesgos en tiempos de restauración conservadora
La gratuidad de la enseñanza superior y la etapa de ampliación de derechos implementada en las primeras décadas de este siglo en Argentina empujaron una corriente de chilenos hacia el país vecino en busca de nuevos horizontes de desarrollo personal. Sin embargo, los incentivos de este último flujo migratorio están ahora amenazados tras la llegada del gobierno libertario. Algunos compatriotas narran aquí su experiencia.
Los primeros viajeros —a fines del siglo XIX y principios del XX— estuvieron vinculados a la demanda de mano de obra en la Patagonia Argentina y fue un fenómeno predominantemente masculino y estacional, centrado en la ganadería y la minería.
Eran años en que Chile expulsaba el excedente de mano de obra a causa de la concentración de la tierra y las escasas oportunidades económicas en las regiones rurales del sur. La opción a mano era trasladarse a las provincias del sur argentino que disfrutaban de un proceso de crecimiento económico.
Algunos años después, a partir de 1950, muchos comenzaron a desplazarse hacia la capital buscando empleo en otros sectores económicos, principalmente la construcción y el servicio doméstico. Esto último impulsó una progresiva feminización, con mujeres chilenas empleadas en casas de clase media y alta en Buenos Aires.
Pocos años después, a partir de 1973 y hasta 1990 aproximadamente, uno de los capítulos más significativos de la migración chilena hacia Argentina se produjo con el flujo de exiliados tras el golpe de Estado contra Salvador Allende, lo que convirtió al país vecino en uno de los principales destinos del exilio chileno.
Esa tendencia cambió con la recuperación de la democracia en 1990, que impulsó un movimiento de retorno de exiliados y migrantes económicos.
No todos regresaron: muchos ya estaban plenamente integrados en Argentina, con familias binacionales y arraigo laboral.
Otro grupo de características diferentes empezaría a migrar pocos años después.
En busca de derechos y educación
A fines de los noventa empiezan a registrarse nuevos ingresos de chilenos a Argentina, un fenómeno que algunos investigadores denominan “migración económico-cultural”. Se trata fundamentalmente de jóvenes-adultos en edad laboral que veían en el país vecino la posibilidad de realizar gratis sus estudios de grado o postgrado, en fuerte contraste con los costos que eso conlleva en Chile, cuyo sistema universitario mercantilizado y de alto costo se estructuró bajo el modelo neoliberal de la dictadura. La “Revolución Pingüina” (2006) logró imponer el tema en la agenda pública, pero no lo cambió sustancialmente.
En esta nueva corriente migratoria también pesó fuerte el deseo de ampliar horizontes culturales y radicarse en un entorno político donde ocurrían grandes cambios y parecían crecer los derechos.
Es que a partir de 2010 Argentina vivió un proceso sin precedentes cuyo carácter distintivo fue una potente agenda de derechos de diversidad sexual —que incluyó la aprobación de leyes como matrimonio igualitario e identidad de género—, y las luchas de grupos feministas y sectores sociales que concluyeron en la legalización del aborto.
Los que se fueron
Matías es un Temucano de 29 años que llegó a Argentina en 2016 en busca de cumplir su sueño de ser médico. En Chile eso no era posible por razones económicas y familiares por lo que decidió seguir los pasos de un tío —también chileno— que había llegado en los 80 entre los miles que integraron la migración política que desató la dictadura.
— Decidí emigrar por la diferencia estructural entre el sistema educativo chileno y el argentino. Cuando yo vine el tema estaba en un punto máximo y muchos chilenos venían a estudiar acá. Había también varios cambios políticos explotando por esos años y eso era muy llamativo—, explica.
—“Las primeras clases fueron un golpe de realidad de cómo eran las cosas aquí. Educación gratis, de primera en una Universidad prestigiosa” comenta en Charla con El Desconcierto.
Al llegar y recorrer alternativas se sorprendió de la fortaleza de la idea de Educación Pública. Hoy, 10 años después, ya está realizando su residencia médica en el área de Terapia Intensiva del Hospital Fiorito de Avellaneda, y siente que todo el esfuerzo implicado en este proyecto “valió la pena”.
Cuando en la charla abordamos la nueva atmósfera política argentina, que la Revista Jacobín caracteriza como una “Restauración Conservadora”, Matías admite que “se complica ahora pensar en el futuro debido al nivel de empobrecimiento y pérdida de derechos que. Es preocupante. Incluso como profesional se vive un tiempo de incertidumbre”.
Gael, en tanto, es un curicano de 35 años, Licenciado en Historia, que viajó a Buenos Aires también en 2016, en principio para establecer la ciudad rioplatense como base de una aventura más larga por América Latina. Sin embargo, quedó maravillado con el contexto político que atravesaba el país y se quedó siete años, un período en el que, entre muchas otras cosas, se benefició de a la Ley de Identidad de Género y puedo sacar un oficio: Serigrafía.
— “Decidí quedarme cuando vi que había enormes opciones de estudio. De repente la vida se abrió y me ofreció otros espacios posibles, muchos de ellos autogestivos y cooperativos. Sentí que había un gran colchón de derechos laborales, sociales y también en salud. Yo transicioné en Argentina y empecé también una terapia hormonal, lo que también extendió mi estadía. Las condiciones allá hicieron que esa vida fuera posible y más liviana también. En resumen, yo diría que había en esos años un espacio para la vida, para pasarlo bien, aprender y sentirse con derechos, incluso siendo como yo un migrante y una persona trans ”, señala.
El joven aborda pocos segundos después el fuerte contraste entre esos años y la Argentina actual. Si bien él regresó por motivos personales, considera que en el actual gobierno libertario hay “un retroceso enorme en temas de derechos”. Sabe, por contactos que mantiene con argentinos, de los “problemas enormes que atraviesan -las personas trans que no pueden acceder a las hormonas”, por ejemplo.
—Y ahora pareciera que todo eso está pasando también en Chile—, se lamenta.
Ce, es santiaguina, música, fotógrafa y diseñadora. Integra una banda de punk-rock llamada “Las Grasas Trans ”. Llegó en el año 2014 casi por casualidad acompañando a una pareja y sintió al país como un lugar de desarrollo personal mucho más amigable, lejos de los prejuicios familiares y sociales que debió enfrentar por integrar un colectivo LGBTQ+.
—“Si tuviera que hacer una comparación entre 2014 y hoy diría que ahora es mucho más complejo migrar. Se endurecieron los controles, te exigen un montón de cosas. Yo creo que crece un poco la xenofobia y esto es por el giro a la ultraderecha. Yo conocí mucha gente LGBTQ+ de varios países que vinieron porque este fue un espacio de tolerancia, pero ya no es así. Algunos regresaron”—.
Ce cuenta que en su grupo musical frecuentemente charlan sobre los crecientes riesgos de tocar en un país en el que “crece la lesbofobia”.
—“Mis compañeras y yo vivimos varios episodios en que te miran feo o directamente te agreden porque llevas un pañuelo verde, o porque no saben qué sos —hombre o mujer— y otros episodios que complican la convivencia social”—.
Camila, de 39 años, es psicóloga. Realizó todos sus estudios de grado y posgrado en la UBA. Se especializó en Estudios de Género y trabaja en una línea de ayuda a mujeres víctimas de violencia del Ministerio de la Mujer, cuya estructura fue disuelta y reemplazada por secretarías o subsecretarías dependientes de otras carteras.
Cuando vino a Argentina, hace casi 20 años, lo hizo como muchos otros atraída por las posibilidades de estudio. Debido a su especialidad encontró un espacio de desarrollo profesional que incluyó consultorías y docencia universitaria. Sin embargo, el vaciamiento institucional impulsado por el Gobierno libertario que afectó directamente programas de educación sexual, salud reproductiva y prevención de la violencia de género, modificó profundamente su situación.
—“Recuerdo que los primeros años me sentía muy segura, en términos de derechos, en relación a mi acceso a la salud, a la calidad de la salud pública, a la calidad de la universidad…sentía que había un montón de derechos garantizados que ahora no LO están”—
Por último señala que cuando decidió especializarse en temas de género, “este era el lugar preciso. Acá es donde florecían los debates, esta era la atmósfera política que permitía que esos debates se dieran. Hoy en día eso se modificó sustancialmente”.
Pensó en algún momento en regresar a Chile, pero la llegada de Kast al gobierno detuvo ese proyecto.
Algunos datos de la llamada Restauración Conservadora
El gobierno de Milei desplegó un amplio sistema de estigmatización de los extranjeros desde su llegada al poder. Un anuncio el 3 de diciembre de 2024 sobre la reforma migratoria y aranceles universitarios fue acompañado de un discurso que mezclaba explícitamente la figura del estudiante extranjero con la del criminal.
También implementó políticas y promovió discursos que implican un profundo retroceso en los derechos LGBTQ+ y los avances feministas logrados durante la década anterior: disolución del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad y degradación a subsecretaría con menor rango y presupuesto, cierre del Instituto Nacional contra la Discriminación (INADI), organismo clave en la lucha contra la discriminación hacia el colectivo LGBTQ+ .