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Sin una Atención Primaria fortalecida, no hay sistema de salud sostenible

El propio sistema sigue enfrentando altos niveles de hospitalizaciones que podrían haberse evitado con una atención oportuna y continua en el primer nivel, estimadas en 264 por cada 100.000 habitantes.

Por Roxana Sepúlveda Morales 24 de abril de 2026 - 17:45

Cada año, el Día Mundial de la Salud invita a reflexionar sobre los desafíos urgentes que enfrentan los sistemas sanitarios. Más allá de las consignas, la evidencia ha sido consistente en señalar un punto crítico: la sostenibilidad de cualquier sistema de salud depende, en gran medida, de la fortaleza de su Atención Primaria.

En Chile esta discusión no es teórica. Aunque la cobertura supera el 90% de la población, solo un 44% de las personas declara estar satisfecha con la disponibilidad de atención de salud de calidad, según datos de la OCDE. La pregunta, entonces, no es si tenemos acceso, sino qué tipo de sistema estamos sosteniendo.

Durante años se ha insistido en que la Atención Primaria es la puerta de entrada al sistema. Sin embargo, en la práctica, sigue operando muchas veces bajo presión, con brechas de acceso, limitaciones de insumos y una demanda creciente que tensiona su capacidad resolutiva.

A ello se suma la persistente subvaloración de la medicina familiar como especialidad, lo que restringe su desarrollo y su aporte efectivo en el primer nivel de atención. Cuando la atención llega tarde, cuando el cuidado se fragmenta o cuando las personas deben transitar entre distintos niveles sin continuidad, lo que se resiente no es solo la experiencia: también se compromete la eficiencia completa del sistema.

La evidencia internacional ha sido clara en este punto. Organismos como la World Organization of Family Doctors han sostenido de forma consistente que los sistemas que invierten en una Atención Primaria robusta, con equipos estables y capacidad de seguimiento a lo largo del tiempo, logran mejores resultados sanitarios, mayor satisfacción usuaria y un uso más racional de los recursos. No se trata solo de atender más consultas, sino de prevenir mejor, acompañar a las personas a lo largo de su vida y de sus procesos de salud, y resolver con mayor integralidad, con un enfoque centrado en las personas y sus comunidades.

Esa discusión también se ha profundizado en el ámbito iberoamericano. La reciente Carta de Montevideo, impulsada en el marco del congreso de la Confederación Iberoamericana de Medicina Familiar, releva la urgencia de fortalecer la Atención Primaria como eje de sistemas más equitativos, integrados y capaces de responder a realidades sociales complejas.

En ese mismo espacio, Chile suscribió un compromiso de adhesión a estos lineamientos, reconociendo la necesidad de avanzar hacia un modelo más integrado y centrado en las personas. En contextos marcados por desigualdades persistentes, envejecimiento poblacional y aumento de enfermedades crónicas, insistir en modelos fragmentados no solo es ineficiente: es insostenible.

En Chile, este desafío adquiere una expresión concreta. Todavía no fortalecemos con la convicción necesaria a los equipos que sostienen el primer nivel de atención ni generamos las condiciones suficientes para consolidar la medicina familiar como un componente estratégico del sistema.

Persisten dificultades para formar, atraer y retener especialistas, especialmente en territorios con mayores barreras de acceso. Las consecuencias son visibles: el propio sistema sigue enfrentando altos niveles de hospitalizaciones que podrían haberse evitado con una atención oportuna y continua en el primer nivel, estimadas en 264 por cada 100.000 habitantes, según la OCDE.

Hablar de sostenibilidad, entonces, no debería reducirse al control del gasto o a la gestión de la demanda. También implica preguntarnos qué tipo de sistema queremos sostener en el tiempo y sobre qué base. Si aspiramos a un sistema más equitativo, más humano y más eficaz, la respuesta no puede seguir postergándose.

Fortalecer la Atención Primaria exige decisiones concretas: más inversión, mejores condiciones para los equipos, políticas sostenidas de formación y retención, y una comprensión clara de que la medicina familiar no es un complemento, sino una pieza estructural. Sin esa base, cualquier promesa de transformación sanitaria será, inevitablemente, incompleta.

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