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Otro 21 de mayo sin Prat

La jornada del 21 de mayo marcó una inflexión para nuestra patria. Prat abrió la ruta con su sentido de entrega infinito y ofreció su vida a la historia; nos enseñó cualidades éticas y su admiración por el pueblo chileno.

Por Álvaro Vogel Vallespir 21 de mayo de 2026 - 07:00

¿Qué sentido tendría cuestionar la hazaña de Prat? Objetivamente es un personaje fundamental, ya que su aporte sigue más vigente que nunca a pesar de que la memoria colectiva suele cobrar víctimas frente a los olvidos. Tampoco es necesario insistir en el relato romántico del siglo XIX, por la sencilla razón de que ya está en el ADN del país y, más importante aún, estamos en el siglo XXI, donde su hazaña merece otra narrativa, tarea para la nueva generación de historiadores.

No importa si salen nuevas intervenciones teatrales o libros polémicos que de vez en cuando impugnan al héroe; en definitiva, la historicidad sobre el personaje suele tratarlo con cariño y admiración, aunque siempre será un desafío volver a interpretar las fuentes con otros ojos. Prat fue el hijo de una nación en otro contexto, estaba al margen de la élite; no era un O'Higgins ni un Carrera, y tampoco buscó serlo. No tenía fortuna heredada ni conspiraba en los salones nacionales; en largas etapas de su vida tuvo problemas económicos y fue un niño pobre, como muchos en una época con brutales tasas de mortalidad infantil.

Si volvemos sobre las fuentes con la mirada de hoy, el motor de su vida era el respeto a su esposa y a sus hijos; es decir, ser un héroe dentro de las paredes de su casa. Estudiar Derecho no fue un pasatiempo: fue una apuesta genuina de Arturo por tener una profesión liberal y llevar una vida más familiar que militar, sobre todo porque sabía que su esposa lo esperaba siempre con el corazón en la mano cuando zarpaba de puerto en puerto.

La infancia de Prat fue bastante compleja y, en ocasiones, un calvario. Sus padres —que eran comerciantes— lo perdieron todo en un voraz incendio y, cual gitanos, se trasladaron a una hacienda campesina, recibidos por Andrés Chacón (por parte de la madre). Los progenitores de este inmortal marino sufrieron gallardamente la muerte de tres hijos antes de su nacimiento, Prat sobrevivió a duras penas mediante largos tratamientos que lo convirtieron en un chiquillo frágil y raquítico como sufría la mayoría de los niños en una época donde el país atravesaba una economía vulnerable y sin mayor injerencia del Estado.

Al poco andar, el tío de Prat perdió la totalidad de la hacienda a raíz de sus pésimos negocios en el extranjero. Arturo y sus padres viajaron a Santiago a buscar una mejor perspectiva en la casa de su abuelo materno. La vida de campo en una chacra de Providencia terminó obrando un efecto positivo: este enclenque niño empezó a ganar vigor. Su tío Jacinto lo alentaba a jugar al pugilato a mano limpia con otros chicos de la capital. En una de sus peleas en la calle fue atropellado por un "carro de sangre" (transporte tirado por caballos) sin consecuencias; al parecer, sus debilidades físicas pasaban al olvido, lo cual sería esencial para la vida en alta mar.

Sus andanzas estaban circunscritas a las calles céntricas de la Alameda, por las cuales era un asiduo trotamundos. Asistía a una pequeña escuela cercana al convento de los franciscanos, la “Escuela de la Campana”, que hoy lleva con justicia su nombre. Según los relatos primarios, las matemáticas fueron un tormento para él, aunque a base de esfuerzo logró pasar de curso. Su afición a los puñetes se mantenía intacta; al fin y al cabo, era un chico como los muchos otros que se subirían a los barcos de la marinería.

A modo de ejemplo, cuando Carlos Condell debió proteger la Covadonga de la Independencia, le encargó a Juan Millacura —marino mapuche de puntería infalible— que se subiera al mástil a disparar a los operarios de los cañones peruanos. Millacura neutralizó a más de ocho hombres teniendo apenas 14 años. Aunque es mayormente conocido como Juan Bravo, pasará a la historia como el muchacho que paralizó la artillería enemiga. Pero volvamos a Prat.

Nuestro héroe fue bastante retraído, incluso melancólico algunas veces, pero creía en la justicia y el derecho. Esto se refleja en su vida adulta con una actitud abiertamente más cercana a la democracia que al republicanismo oligárquico de la época; buscó siempre ser ecuánime. Aun así, sabía defenderse y blandir las armas, pero no era extrovertido ni el héroe espartano que muchos imaginan.

Era de perfil sosegado; si le dieran a elegir, se habría quedado en una oficina contando las horas para estar con su esposa. Fue un adalid del concepto “la familia es el núcleo de la sociedad”. Lo heroico fue, entre otras cosas, no rehuir su deber el 21 de mayo y comportarse con tal valentía que Grau se emocionó al verlo fuera de combate.

Vale recordar que Grau no solo se ocupó de sus restos mortales, sino que salvó a la mayor cantidad de náufragos posible y reunió los objetos personales del héroe, que fueron enviados a su viuda para su consuelo. Lo hizo junto a una hermosa misiva, la "Carta de condolencias", fechada el 2 de junio de 1879.

Sin una beca —no se las quitemos hoy, por favor, a los futuros profesores— habría sido imposible el ingreso de Prat a la Armada. Postuló con diez años, un niño lleno de responsabilidades que arriesgaba día a día su pellejo para ser el mejor de su generación. Y, como si se tratara de un oráculo, su unidad se llamó el “Curso de los Héroes”.

Ya en la década del 60, en una Esmeralda nueva, Prat comienza sus viajes por Chile y en su cubierta, en más de una oportunidad, intercambió puñetazos con Carlos Condell. En cierta ocasión tuvo que ser arrestado; pero, al final del día, esto graficaba que eran infantes revoltosos que correteaban por los barcos que en algún amanecer forjarían el destino de Chile. Aquel niño enfermizo pasó a ser el guardiamarina con las mejores notas y dueño de un estado físico óptimo.

Tras una década entre la Esmeralda, la O'Higgins y otras corbetas, Prat gana experiencia y participa en rescates y misiones en Juan Fernández, Isla de Pascua y el Estrecho de Magallanes. Defendió a Chile en la Guerra contra España en 1865, donde el hado lo uniría con Miguel Grau. En la década de 1870 nos encontramos con una persona madura y con inclinación intelectual. Culmina sus estudios con éxito e ingresa a Derecho, jurando años después como abogado.

En el ámbito sentimental se enamoró de Carmela Carvajal, quien no fue una dama cualquiera, sino una mujer empoderada que sufría en silencio el ser esposa de un marino que navegaba más de la cuenta. Tuvieron tres hijos; la mayor de ellas murió estando Carmela sola y Arturo en alta mar.

En la mayoría de las fuentes, Prat es señalado como una persona de gran sentido ético y altruista, comprometido con los desamparados. A pesar de las rivalidades limítrofes, incluso fue reconocido por su labor abnegada por autoridades de los países vecinos en tiempos de paz.

La jornada del 21 de mayo marcó una inflexión para nuestra patria. Prat abrió la ruta con su sentido de entrega infinito y ofreció su vida a la historia; nos enseñó cualidades éticas y su admiración por el pueblo chileno. El acto del abordaje significó un vuelco en la guerra. Al final, se luchaba no solo por un motivo económico —el oro blanco—, sino que se construía, además, un país con una identidad propia nunca antes vista con tanta claridad.

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