La pandemia de Covid-19 dejó una lección que el mundo no puede permitirse olvidar: cuando el acceso a los avances médicos depende del poder económico y no de la necesidad sanitaria, millones de personas quedan expuestas a riesgos innecesarios.
Las reglas que definirán la equidad en la próxima pandemia
Hoy, los países están negociando una pieza clave del nuevo Acuerdo sobre Pandemias: el Anexo sobre Acceso a Patógenos y Distribución de Beneficios, conocido como PABS.
Mientras algunos países aseguraban rápidamente vacunas, diagnósticos y tratamientos, muchos otros quedaron al final de la fila. Esa desigualdad no solo fue injusta, también debilitó la respuesta global.
En 2021, un análisis ampliamente difundido mostró que los países de altos ingresos, que representan cerca del 16% de la población mundial, concentraron alrededor del 70% de las vacunas disponibles. Incluso, países del hemisferio norte lograron acaparar hasta 5 dosis de vacuna por ciudadano, cuando en gran parte de Latinoamérica no se había iniciado el proceso. Mientras algunos avanzaban, en otros lugares la espera no significó retrasos: significó la pérdida de vidas.
Esta realidad también tuvo expresión en Chile. Aun cuando el país logró avanzar en su proceso de vacunación, el acceso inicial estuvo marcado por tensiones. Fue necesario recurrir a fondos de emergencia para asegurar las primeras dosis, en un contexto en que gran parte de los recursos ya estaban comprometidos en fortalecer la red de salud, adquirir ventiladores y financiar programas como “Alimentos para Chile” y transferencias directas.
Además, hacia fines de 2020 y comienzos de 2021, la reasignación de recursos para vacunas requirió aprobación del Congreso. Estos procesos no son inmediatos, y también influyeron en los tiempos de acceso.
Hoy, los países están negociando una pieza clave del nuevo Acuerdo sobre Pandemias: el Anexo sobre Acceso a Patógenos y Distribución de Beneficios, conocido como PABS.
El principio es claro: si los países comparten virus y datos que permiten desarrollar vacunas y tratamientos, los beneficios de ese conocimiento deben ser compartidos de manera obligatoria y significativa, no solo en un plano testimonial. De lo contrario, el sistema reproduce exactamente las desigualdades que se busca corregir.
El mundo no necesita un modelo donde unos aportan información y otros concentran la capacidad de producir y distribuir. Eso no es cooperación, es extracción.
Por eso, el punto central de esta negociación no es técnico, es político. Si el acuerdo no establece reglas vinculantes de equidad, simplemente no cumple su propósito.
En este contexto, la posición de actores como la Unión Europea será determinante para definir si este será un acuerdo que corrija las fallas del pasado o uno que las perpetúe.
Para países como Chile, esta discusión no es ajena. La pandemia mostró los límites de depender de decisiones externas en momentos críticos. Lo que se defina hoy tendrá efectos concretos en cómo enfrentemos la próxima crisis.
Sin equidad, no hay acuerdo. Y sin reglas claras, la próxima pandemia podría repetir los mismos errores.