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Política

La forma de la mayoría política

El problema no es solo reconstruir mayorías, sino definir bajo qué lógica política esas mayorías pueden sostener un proyecto transformador.

Por Catalina Cifuentes Meléndez 2 de mayo de 2026 - 07:00

apEn los últimos meses, al interior del progresismo y particularmente del Frente Amplio, se ha instalado con fuerza una discusión que, aunque pueda parecer interna, tiene implicancias mucho más amplias para el futuro de la política en Chile.

Se trata del debate sobre cómo recomponer el campo popular luego del cierre del ciclo político abierto en 2019, marcado por la derrota del proceso constituyente y, más recientemente, por la derrota electoral de diciembre frente a la ultraderecha conservadora, encabezada por Kast.

Este resultado no sólo expresa una correlación de fuerzas adversa, también refleja un clima social en el que se han vuelto centrales demandas por seguridad, estabilidad económica y orden, en un contexto de incertidumbre material, endeudamiento y desconfianza hacia las instituciones. En ese escenario, la derecha ha logrado ofrecer respuestas simples y reconocibles, mientras el progresismo ha enfrentado dificultades para articular una mayoría con sentido claro.

El diagnóstico que se ha ido consolidando al interior de la izquierda recoge parte de esta realidad: fragmentación social, debilitamiento de las formas de organización, y necesidad de poner al centro mejorar las condiciones materiales de nuestras vidas. A partir de ello, se ha planteado la necesidad de reconstruir mayorías, fortalecer el arraigo social y articular un nuevo proyecto político capaz de interpretar este momento.

Ese diagnóstico no solo es pertinente, sino necesario y, de manera autocrítica, parte constante del discurso de nuestras izquierdas, pero -dados los resultados políticos- del todo insuficiente.

Sin embargo, precisamente porque se ha avanzado en ese terreno, se vuelve imprescindible formular una pregunta adicional, menos evidente pero decisiva: no basta con saber que necesitamos recomponer mayorías; debemos preguntarnos qué tipo de política es capaz de lograr dicha recomposición y sostenerla sin perder su vocación transformadora.

Y aquí aparece un punto que suele quedar en segundo plano: la relación entre politización y conflicto.

Porque politizar no es simplemente organizar, ni agregar demandas, ni mejorar la gestión. Politizar es transformar experiencias dispersas en un sentido común compartido, construir una lectura de la realidad que permita identificar causas, responsabilidades y direcciones de cambio. Y eso, inevitablemente, supone establecer diferencias.

No hay politización sin delimitación. No hay politización sin la capacidad de decir qué proyecto se defiende y frente a qué proyecto se está. No hay politización sin conflicto, sin definir adversario.

Cuando esa dimensión se debilita, lo que ocurre no es que la sociedad se vuelva menos conflictiva, sino que ese conflicto deja de ser interpretado políticamente. Se fragmenta, se individualiza o es capturado por otras fuerzas que sí logran ofrecer una lectura coherente —aunque sea regresiva— de ese malestar.

En ese sentido, evitar el conflicto no es una forma de moderación, sino una forma de claudicación, porque implica renunciar a estructurar el campo de fuerzas, a nombrar intereses en disputa y a construir una orientación colectiva.

La experiencia reciente muestra con claridad este desplazamiento. En el tránsito desde la irrupción social hacia el gobierno, una parte significativa de las fuerzas transformadoras fue dejando de lado la disputa por el sentido, privilegiando la gestión de lo posible y el problema fue que el conflicto no desapareció cuando se evitó, solo cambió de manos y de intérpretes.

Hoy vemos cómo ese conflicto es organizado por una derecha que combina promesas de orden, seguridad y certezas inmediatas con una agenda que profundiza desigualdades y restringe derechos.

Por eso, la recomposición del campo popular no puede ser solo una tarea de acumulación. Es, al mismo tiempo, una tarea de repolitización. El desafío no es elegir entre mayoría o conflicto, sino entender que una mayoría solo puede ser transformadora si está políticamente estructurada.

La pregunta que tenemos por delante, entonces, no es solo cómo volvemos a ser mayoría. Es para qué. Porque no toda mayoría transforma. Algunas, también, administran.

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