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La carrera por regenerar dientes: Entre el entusiasmo y la evidencia

Todavía estamos lejos de reemplazar un implante por un diente nuevo y es posible que algunos de estos caminos resulten más difíciles de lo que hoy imaginamos. Pero eso no disminuye el valor de lo que ya está ocurriendo.

Por Cristian Covarrubias Gallardo 2 de junio de 2026 - 16:45

Hace unas semanas volvieron a aparecer titulares que hasta hace poco habrían parecido ciencia ficción: investigadores japoneses avanzan hacia tratamientos que permitirían volver a hacer crecer dientes y grupos británicos reportan progresos en regeneración dental usando biomateriales e ingeniería de tejidos.

La imagen aparece sola: perder una muela y, en lugar de un implante o una prótesis, esperar a que el cuerpo fabrique una nueva. Es una idea fascinante. Pero lo más interesante de estas noticias no es que estemos cerca de tener dientes nuevos, es que muestran algo más profundo: existen formas muy distintas de imaginar qué significa regenerar un órgano.

Uno de los enfoques que más atención ha recibido viene desde Japón y gira en torno a una proteína llamada USAG-1. Pensar en una proteína no ayuda demasiado; pensar en un candado sí. Durante el desarrollo, nuestro organismo abre y cierra una enorme cantidad de puertas biológicas. Algunas permiten formar huesos, otras, tejidos y otras órganos completos. Una vez terminado ese proceso, muchas de esas puertas quedan cerradas.

La hipótesis del grupo japonés es que USAG-1 forma parte del mecanismo que mantiene cerrada una de esas puertas relacionadas con el desarrollo dental. Su estrategia no consiste en fabricar un diente desde cero, sino en intentar abrir temporalmente ese candado para permitir que un proceso biológico vuelva a avanzar.

Hasta ahí suena revolucionario. Pero aquí aparece una parte de la historia que rara vez entra en los titulares. Lo que mostró la investigación hasta ahora, ocurrió principalmente en modelos animales. En ratones modificados para presentar ausencia congénita de dientes, bloquear esta proteína permitió recuperar procesos de formación dental. También hubo resultados posteriores en otros modelos animales. Eso es importante, pero sigue siendo investigación preclínica.

Y justamente por eso el anuncio reciente sobre estudios en humanos merece una lectura más cuidadosa. Cuando se dice que una terapia “entra a ensayos clínicos”, muchas personas imaginan que el siguiente paso es comprobar si funciona. En realidad, el primer objetivo suele ser mucho más básico: verificar que no haga daño.

La llamada Fase 1 de un estudio clínico busca principalmente responder preguntas de seguridad. ¿La terapia genera efectos inesperados? ¿Cuál es una dosis tolerable? ¿Cómo responde el organismo? En este caso, ni siquiera se espera inicialmente demostrar que aparecen dientes nuevos.

Además, los pacientes considerados para estas primeras etapas tampoco son quienes normalmente imaginamos. El objetivo inicial no son personas que perdieron piezas por caries, accidentes u otra enfermedad. La población que se estudia corresponde, principalmente, a personas con alteraciones congénitas del desarrollo dental: casos donde el organismo comenzó el proceso de formar dientes, pero este quedó interrumpido.

Eso hace que la noticia sea menos espectacular que el titular, pero también más interesante. Porque al mismo tiempo, existe otro camino de investigación que hace una pregunta completamente distinta. Si el enfoque japonés busca encontrar la llave correcta, otros grupos —como algunos investigadores en Reino Unido— intentan reconstruir la habitación completa.

En lugar de modificar una señal biológica específica, desarrollaron materiales blandos llamados hidrogeles para recrear el ambiente donde normalmente se forman los dientes. La idea es que las células no necesitan instrucciones directas, sino condiciones adecuadas para organizarse.

Sus resultados muestran algo que parece casi intuitivo: cuando el entorno es demasiado rígido, el tejido no logra organizarse; cuando el ambiente se parece más al natural, comienzan a aparecer estructuras que recuerdan etapas tempranas del desarrollo dentario. No le están diciendo al cuerpo qué construir. Están intentando devolverle el contexto para que vuelva a construir. Y quizás ahí aparece una idea que vale la pena traer más cerca.

En Chile también existe una pequeña, pero activa comunidad de investigadores que trabaja en distintas formas de regeneración dental y medicina regenerativa oral. En lugar de intentar generar dientes completos, muchas de estas líneas se concentran en preguntas más cercanas a la práctica clínica: cómo preservar, reparar o regenerar tejidos específicos del diente.

Un ejemplo son investigaciones que exploran materiales bioactivos —como cementos pulpodentales o hidrogeles funcionalizados con nanopartículas— capaces de entregar señales al entorno celular. La idea no es reemplazar el órgano completo, sino favorecer que células presentes en el tejido respondan, se diferencien y produzcan nuevo tejido dental, como dentina, contribuyendo a procesos de regeneración dentina-pulpa en dientes dañados.

Desde esa perspectiva, regenerar deja de significar necesariamente volver a construir un diente entero. A veces significa recuperar partes del órgano y permitir que conserve su función.

Más que una carrera por encontrar una solución única, estas investigaciones parecen apuntar hacia otra idea: regenerar un órgano probablemente requerirá combinar instrucciones biológicas con entornos capaces de sostenerlas. Después de todo, eso es lo que hace el propio desarrollo natural.

Todavía estamos lejos de reemplazar un implante por un diente nuevo y es posible que algunos de estos caminos resulten más difíciles de lo que hoy imaginamos. Pero eso no disminuye el valor de lo que ya está ocurriendo. Porque hace solo algunas décadas, recuperar la capacidad del cuerpo para regenerar tejido dental ni siquiera parecía una pregunta científica. No demostraron todavía que podamos volver a tener dientes. Demostraron que la pregunta dejó de parecer imposible.

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