Mientras José Antonio Kast desfinancia el subsidio a los combustibles y reduce impuestos a los más ricos, el mercado laboral chileno acumula 858 mil desocupados, un 26,8% de informalidad y salarios que no alcanzan. No es fatalidad: es política.
El precio de la guerra lo pagan los que trabajan
La decisión del Gobierno de José Antonio Kast de no contener el alza no es solo una fatalidad del mercado, sino una elección política.
El bencinazo y la coartada fiscal
El gobierno de José Antonio Kast confirmó un alza histórica en el precio de los combustibles: $370 por litro en gasolina de 93 y $580 por litro en diésel, derivada de los cambios que el Ejecutivo realizó al Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles (MEPCO). La justificación oficial apela a dos factores: la guerra en Medio Oriente, que disparó el precio del petróleo más de un 50%, y la “estrechez fiscal heredada”, dicen. El gobierno busca reducir el déficit fiscal de 3,6% del PIB reportado en 2025, atribuido por la administración anterior a ingresos menores a los previstos.
El contraste con la situación que enfrentó Boric en 2022 es revelador y destruye la coartada fiscal. Piñera le dejó a Boric el mayor déficit fiscal desde el retorno a la democracia: un 7,6% del PIB al cierre de 2021, explicado por el gasto extraordinario de la pandemia. Pese a ello, el gobierno de Boric sostuvo el MEPCO como escudo mientras el precio del barril Brent escalaba desde los 99 dólares el día de la invasión rusa hasta los 119 dólares cien días después, llegando a rozar los 140 dólares en los peores momentos de la crisis energética.
Kast, en cambio, recibe el gobierno con un déficit estructural de 3,6% del PIB —menos de la mitad del que heredó Boric— y en un escenario donde el petróleo, pese al conflicto en Medio Oriente, se mantuvo por debajo de los 60 dólares el barril durante gran parte de 2025, gracias al aumento de producción de la OPEP+ y al exceso de oferta global. Dicho de otro modo: Boric contuvo el golpe con un déficit mayor y un petróleo más caro. Kast lo traspasó íntegro con un déficit menor y un petróleo que, hasta hace semanas, era más barato. La decisión no tiene explicación técnica. Tiene explicación ideológica.
Lo que el gobierno omite con cuidado es la pregunta fundamental: ¿por qué no usó el mismo mecanismo que empleó Boric durante la guerra de Ucrania? En aquella crisis, el Estado chileno sostuvo el MEPCO como escudo entre la volatilidad internacional y los bolsillos de las familias, absorbiendo el golpe con respaldo fiscal y reservas. El propio Kast lo admitió sin querer al señalar que “cuando a ellos les tocó enfrentar una situación compleja, como otra guerra acotada entre Rusia y Ucrania, el gobierno anterior sí les había dejado fondos de reserva” (LT). Dicho en simple: la decisión de no contener el alza no es solo una fatalidad del mercado, sino una elección política. Una elección que, en simultáneo, avanza en la reducción del impuesto corporativo de 27% a 24% para las grandes empresas y en rebajas tributarias al 1% más rico.
El diputado Daniel Manouchehri lo formuló con precisión quirúrgica: “Dice que no hay plata para el MEPCO, pero sí para bajarle los impuestos al 1% más rico” (Bío Bío). La frase no es solo retórica: describe con exactitud la arquitectura ideológica del ajuste. No hay austeridad universal; hay redistribución inversa, desde el trabajo hacia el capital.
El mundo del trabajo, antes del golpe
El alza llega sobre un mercado laboral que ya mostraba fisuras profundas. La tasa de desempleo en Chile llegó a 8,3% en el trimestre noviembre 2025–enero 2026, con 858.444 personas desocupadas a nivel nacional. En la Región Metropolitana, la tasa trepó al 9,0%, con un incremento de 0,3 puntos porcentuales en doce meses. No son cifras abstractas: son cientos de miles de familias sin ingreso estable en el momento en que el litro de bencina se convierte en un lujo.
Pero el desempleo formal es solo la superficie. La tasa de ocupación informal alcanzó el 26,8%, lo que significa que más de uno de cada cuatro trabajadores se desempeña sin contrato formal ni acceso a protección social. En términos absolutos, alrededor de 2,5 millones de trabajadores y trabajadoras operan sin seguridad social, sin cobertura de salud, sin previsión, sin vacaciones ni horarios definidos. Son los más expuestos al encarecimiento de la vida cotidiana: quienes no pueden negociar un alza salarial, quienes no tienen sindicato, quienes trabajan por día y se movilizan en micro o en moto.
La cadena de transmisión
El alza en los combustibles no es un evento aislado: es el detonador de una cadena inflacionaria que golpea con mayor fuerza a quienes menos tienen. Como advirtió la diputada Carolina Tello: “Cuando sube la bencina, sube el costo de la vida, el pan, las frutas, las verduras; sufren millones de personas que dependen de un vehículo para trabajar o simplemente para llegar a su hogar” (Bío Bío). El diésel, encarecido en $580 por litro, mueve camiones, buses, maquinaria agrícola y redes logísticas. Todo lo que se transporta sube. El transporte de trabajadores sube. La canasta básica sube. Y el salario permanece inmóvil.
Los combustibles pesan un 5% en la canasta que mide el IPC. El economista Juan Ortiz, de la Universidad Diego Portales, anticipó que la inflación será mayor como resultado de este aumento, con el mayor impacto visible en abril (TRT Español). En ese escenario, el subempleo se profundizará: quienes ya trabajan menos horas de las que necesitan o aceptan condiciones precarias por no encontrar otra cosa verán cómo su poder de compra se erosiona semana a semana. Las micro y pequeñas empresas, cuyos márgenes dependen del costo del traslado y la distribución, enfrentarán presión para recortar planillas o no renovar contratos.
La pregunta que el gobierno no responde
Levitsky y Ziblatt advierten, en su libro “Cómo Mueren las Democracias”, que los retrocesos autoritarios no siempre llegan con estrépito: a veces se instalan a través de la gestión ordinaria, de las decisiones técnicas que redistribuyen poder sin debate público. Así se debilitan las instituciones. El bencinazo de Kast no es solo un error de política económica: es una radiografía de quién paga y quién no paga la factura del modelo. Los que trabajan en la informalidad, los que se movilizan en transporte público, los que llenan el estanque para llegar a la obra o al taller, los que viven del día a día, absorben el costo de una guerra que aplaudió el gobierno y de una reforma tributaria que beneficia a quienes ya tienen demasiado.
Hay plata. La pregunta es para quién.