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Corrupción

Ejército y fraude de $3.000 millones: General en retiro y uniformados condenados por saquear fondos públicos

La verdadera pregunta continúa siendo cómo una institución que basa su legitimidad en la disciplina, el honor y la obediencia permitió que durante años se consolidara una estructura de saqueo interno de semejante magnitud.

Por Jorge Molina Araneda 6 de junio de 2026 - 07:00

El Ejército es una institución que exige respeto irrestricto a la jerarquía, obediencia absoluta a la cadena de mando y severidad frente a cualquier falta de sus subordinados. Sin embargo, una y otra vez, los hechos terminan destruyendo ese relato institucional. La reciente sentencia dictada por la ministra en visita de la Corte Marcial, Ana María Osorio Astorga, vuelve a recordar una verdad incómoda: algunos de quienes se presentaban como guardianes de la patria terminaron actuando como depredadores de los recursos públicos.

El general de brigada en retiro Héctor Ureta Chinchón fue condenado como autor de fraude al fisco reiterado en la denominada arista “Mandos”, una de las derivaciones del megafraude denominado Milicogate. La sentencia no deja espacio para ambigüedades. Doce años de presidio mayor en su grado medio, una multa de $356.687.772 y diversas inhabilitaciones para ejercer cargos públicos constituyen el castigo impuesto a quien llegó a ocupar una de las más altas posiciones de responsabilidad dentro de la institución.

Más allá de la condena individual, el caso revela algo mucho más grave, la existencia de una cultura organizacional donde el abuso de poder y la apropiación de fondos estatales pudieron desarrollarse durante años bajo la mirada de numerosos mandos.

El perjuicio fiscal originalmente establecido alcanzó la cifra de $1.783.438.859. Sin embargo, actualizando el valor al día de hoy, la cifra asciende a $3.133.189.556.

La denominada arista “Mandos” buscó establecer las responsabilidades de oficiales superiores que aprovecharon sus posiciones jerárquicas para beneficiarse de mecanismos fraudulentos asociados a facturas falsas, rendiciones irregulares y desvío de recursos.

Paralelamente, en la arista “Cuaderno Matriz” se investigó la manipulación de registros contables y administrativos destinados a ocultar gastos ficticios y justificar salidas ilegales de dinero. Fue, en muchos sentidos, el corazón operativo del fraude. Gracias a ese sistema, recursos públicos pudieron circular durante años sin que los controles institucionales reaccionaran oportunamente o, peor aún, mientras algunos responsables optaban por mirar hacia otro lado.

La magnitud del escándalo queda reflejada en la lista de condenados:

Lo verdaderamente preocupante es que estos casos dejaron de parecer excepcionales. El fraude en el Ejército ya no puede entenderse como la conducta aislada de unos pocos individuos moralmente desviados. La reiteración de escándalos, las múltiples aristas judiciales, la cantidad de involucrados y las enormes sumas comprometidas sugieren problemas estructurales mucho más profundos.

El sociólogo Robert K. Merton advirtió que cuando se exaltan determinados fines en una institución, pero se difumina o tolera la debilidad de los controles, se generan las condiciones perfectas para que sus miembros persigan esos fines por vías ilícitas.

Por su parte, el historiador y filósofo Tzvetan Todorov sostuvo que el poder sin límites efectivos tiende a generar espacios donde la responsabilidad moral se diluye progresivamente.

La condena contra Ureta Chinchón y los demás involucrados constituye una señal relevante de que la impunidad no puede ser eterna. Sin embargo, sería un error interpretar estas sentencias como el cierre definitivo del problema. La verdadera pregunta continúa siendo cómo una institución que basa su legitimidad en la disciplina, el honor y la obediencia permitió que durante años se consolidara una estructura de saqueo interno de semejante magnitud.

Cuando quienes administran armas, presupuesto y poder terminan administrando también redes de fraude, el daño excede con creces las cifras millonarias involucradas. Lo que se erosiona no es solo el patrimonio fiscal, sino también la confianza pública en una institución que durante décadas exigió a la ciudadanía creer en su integridad.

Y esa pérdida de confianza, a diferencia de los miles de millones birlados, es una deuda mucho más compleja de recuperar.

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