Hay gobiernos que se equivocan y rectifican. Y hay gobiernos que, aun viendo las consecuencias, deciden insistir. El de José Antonio Kast parece estar en la segunda categoría.
Cuando gobernar es hacerlo contra la gente
Menos derechos para muchos y más privilegios para pocos: cuando la ideología no solo se impone, sino que insiste, incluso cuando la realidad demuestra que no funciona.
Porque lo que estamos viendo no es una suma de errores ni desajustes corregibles. Es algo más consistente: una forma de gobernar que, desde su propia convicción ideológica, termina profundizando desigualdades que el país ya empieza a resentir a poco más de un mes.
Ahí están las señales. Recortes a la gratuidad, el alza a los combustibles y con esto el encarecimiento de la vida misma y, al mismo tiempo, rebajas tributarias para los sectores más acomodados. Mientras se aliviana la carga de quienes más tienen, se endurece la persecución en deudores del CAE y sobre quienes ya no alcanzan a llegar a fin de mes.
No es una simple contradicción. No es solo una diferencia ideológica, es algo más profundo, es una forma de mirar el país que simplemente no logra encontrarse con él. Está desconectado. Un modelo que ordena prioridades de una manera muy clara: protege privilegios y ajusta derechos. Y que lo hace, además, en nombre del orden, de la responsabilidad fiscal y del realismo.
Pero el realismo siempre tiene destinatarios. Y este, desconectado de la vida cotidiana, termina recayendo en quienes deben elegir qué cuenta pagar.
Hay situaciones que simplemente resultan indolentes, contradictorias y profundamente injustas. Porque mientras se pide “apretarse el cinturón” a las familias, vemos escenas que revelan otra cosa. Comidas en La Moneda, espacios de cercanía y privilegio, que contrastan brutalmente con la realidad de millones de personas que hoy hacen cálculos cotidianos para llegar a fin de mes. ¿No que no había plata? Al parecer, sí la hay, pero para algunos. Recursos para gustitos de unos pocos y, para la mayoría, solo incertidumbre.
Esta tensión se ve en ese “menú” versus el precio de los huevos, que sube semana a semana. En la bencina, que encarece cada traslado. En la UF, que presiona los arriendos y hace más difícil sostener un hogar. En el costo de la vida que no da tregua, mientras las decisiones que se toman no parecen ir en la dirección de alivianar esa carga.
Entonces la pregunta deja de ser técnica y pasa a ser política: ¿para quién se está gobernando? Porque cuando las decisiones se toman de espaldas a la mayoría, gobernar termina siendo, en la práctica, hacerlo contra la gente. Pero además esto no es tan sencillo, ni solo una cuestión de dificultad en la economía familiar. Para la gente este “ajuste fiscal” es ver cómo se cierran puertas y desaparecen oportunidades.
Y cuando eso ocurre mientras se prepara una reforma que rebaja impuestos a los sectores más ricos, lo que se consolida no es estabilidad, es desigualdad institucionalizada.
Pero esto no es nuevo. Es una forma de gobernar propia de la ultraderecha, que está demostrando que en nuestro país simplemente no funciona. Es una receta que ha demostrado sus límites, olvidando además que las demandas sociales históricas por dignidad, equidad y derechos sociales no son prescindibles.
Y en este punto, ya deja de importar que tengas una ideología, si esta no funciona y estás conduciendo al país, tienes la responsabilidad política de proteger a la gente y cambiar de rumbo si es necesario.
Porque gobernar no es solo definir el rumbo, sino también hacerse cargo del trayecto. Porque no todo fin justifica los medios.
Por eso resulta inevitable hacerse una pregunta lógica en este momento: ¿por qué insistir?
¿Por qué insistir en un camino que profundiza desigualdades? ¿Por qué insistir en proteger a unos pocos a costa de la mayoría? ¿Por qué insistir en una lógica rígida que ya demostró que no funciona?
Además, todo esto resulta incomprensible cuando viene de personas que se jactan de ser defensores de la vida, “patriotas”, pero el patriotismo no es una consigna. Es una práctica. Tiene que ver con conocer a tu gente, con entender sus condiciones de vida y, sobre todo, con protegerlas.
Y no hay nada menos patriota que gobernar sin hacerse cargo de eso. Negarse a aprender de la propia realidad es la mayor evidencia de que esta forma de hacer política ya no funciona en el Chile actual. Gobernar contra la gente no es una estrategia. Aún se está a tiempo de corregir.