El arte del poder
El caso de Herval Abreu y el de Nicolás López versan sobre aquello. El primero era un “monstruo” de las teleseries que se sentía medio galán, y el segundo un hijo de papá, feo, pero con dinero, y con algún talento para engendrar obras capaces de sacar alguna carcajada en medio del placement y la publicidad. En común tenían el poder, un poder total y una falta de empatía y respeto frente a la labor del otro. Ambos concebían la relación laboral como un algo asimétrico que se extendía a la vida cotidiana, donde aparecían como los dioses o los seductores capaces de tener mujeres y generar atracción.
Por
Luciana Echeverría Ch_