A 50 años del genocidio en Argentina: Nunca Más
Hoy, 24 de marzo, se cumplen 50 años de la instalación del terrorismo de Estado en Argentina, cuando los militares y la casta oligárquica monopolizaron el poder desde 1976 a 1983. Fueron años de crueldad y venganza, como queda de manifiesto en las expresivas palabras del general Ibérico Saint Jean, uno de los principales represores, “Primero vamos a matar a todos los subversivos, después a sus colaboradores; luego a los indiferentes y, por último, a los tímidos” (Página 12, 06.10.2012).
El general Jorge Videla, junto a los jefes de la Marina y la Fuerza Aérea, Massera y Agosti, formaron el primer triunvirato dictatorial, que arrasó con las instituciones republicanas, clausuró los partidos políticos y las organizaciones sindicales. Para ello utilizaron una represión brutal, con asesinatos, torturas, desaparición de personas, a lo que se agregó el rapto de niños, para entregárselos a los represores.
La dictadura de Videla reemplazó al gobierno de Isabel Perón, que se caía a pedazos por la corrupción, el desorden económico y el accionar represivo clandestino de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), organizada y dirigida por su principal asesor, López Rega.
A diferencia del golpe en Chile, el derrocamiento militar de Isabel Perón tuvo cierta complacencia internacional, en la ilusa creencia que se disciplinaría la represión, mejoraría la economía y volvería el orden al país. No fue así. El gobierno de Videla se convirtió en el más criminal de toda la historia argentina, con niveles de corrupción y violencia superiores al derrocado.
La cercanía de Videla con Pinochet, junto al resto de los dictadores del cono sur engendró la Operación Cóndor, coordinación de aparatos de Inteligencia militar y policial para reprimir a opositores en cualquier lugar que se encontraran. Lo viví en carne propia.
Estando en Buenos Aires fui detenido por Coordinación Federal, la policía argentina. En la mañana del 25 de noviembre de 1975, una pandilla de cuatro policías derribó a patadas la puerta de mi casa, en el barrio Caballito. Mi esposa y yo fuimos tratados violentamente por estos repentinos visitantes que nos golpeaban, destruían la casa y se robaban el dinero y las escasas cosas de valor que teníamos. Amarrados y vendados nos llevaron a las oficinas centrales de Coordinación Federal, donde permanecimos durante diez días, con golpes y amenazas persistentes.
A la incertidumbre por no saber lo que sucedía con mi esposa, se agregaba el dolor por la condición de desamparo en que habían quedado mis dos hijos (de 5 y 7 años), quienes de vuelta de la escuela se encontrarían sin sus padres y con una casa semidestruida. Me atreví, entonces, a preguntar el motivo de la detención y nuestro futuro próximo. Me respondieron que a petición de la DINA era buscado y que sería enviado inmediatamente a Santiago. Era la Operación Cóndor.
Gracias a la solidaridad internacional, y probablemente debido al hecho que dos ciudadanos británicos fueron casualmente detenidos en la misma ofensiva represiva, no nos enviaron a territorio chileno. Mi esposa y yo, junto a Juan Bustos, Ernesto Benado, Catalina Palma, Sergio Muñoz, Sergio Letelier y algunos otros socialistas fuimos encerrados en la cárcel de Villa Devoto, “a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”. Esto significaba que, sin juicio alguno, quedábamos encarcelados, bajo la voluntad discrecional del gobierno argentino, por ser personas supuestamente peligrosas.
Ingresé a la cárcel de Villa Devoto, sin poder ver a mi esposa y, muy ocasionalmente se nos dio la posibilidad de recibir la visita de mi madre, que debió instalarse en Buenos Aires para proteger a nuestros hijos quienes, durante varias semanas, fueron amenazados telefónicamente.
En tiempos del gobierno de Isabel Perón había sólo dos presos por celda en Villa Devoto. Con el golpe civil-militar de Videla, la cárcel se pobló de dirigentes sindicales, sociales y estudiantiles. Pasamos a ser siete presos por celda. No se reprimía sólo a los militantes convencidos, a los combatientes de la guerrilla peronista y guevarista o a exiliados extranjeros de países vecinos. La represión se masificó.
La cárcel se convirtió en el infierno de Dante. Se había convertido en algo distinto, completamente distinto. Se escuchaban a diario los gritos de los presos, aferrados a los camastros, en el intento de impedir que los gendarmes los llevaran camino a la tortura o la muerte.
Videla había derrocado al gobierno vergonzante de Isabel y, quizás por ello, a inicios de su dictadura no se le asimilaba a Pinochet. Pero, al cabo de pocos meses el desenfreno terrorista del Estado argentino convirtió a Videla en un monstruo.
Ya en democracia, lo describe bien el filósofo José Pablo Feinmann: “Después de verlo en tantas fotos, un día vi una en que lo llevaban preso. Iba entre dos policías. Era el Monstruo. Era el verdadero Monstruo, el que hizo la fiesta más sangrienta de la historia de este país, el que no la hizo en la plaza histórica sino en los sótanos del horror o en el río inmóvil. Era Videla”.
Varios de los presos que conocí en Villa Devoto están desaparecidos. Son 30 mil personas, casi todos jóvenes, que el Estado genocida hizo desaparecer y que ahora el gobierno de Milei pretende negar. Seres humanos con historias, ilusiones y deseos, con amigos, padres, madres, hijas e hijos que los aman, los recuerdan y claman por la verdad y justicia que merecen. Todos los jueves, desde 1977 la valentía de las madres de la plaza de mayo los reclama.
El director de cine, Santiago Mitre, y el gran actor Ricardo Darìn, reviven el genocidio en la película Argentina 1985, recordando la experiencia de dos valientes fiscales, Julio Strassera y Luis Moreno Ocampo. Apenas el retorno de la democracia ambos fiscales se embarcaron en la difícil lucha de hacer justicia y recuperar la memoria; y, en medio de múltiples dificultades y amenazas, lograron enviar a la cárcel a los principales genocidas. Argentina 1985 reproduce el juicio y la condena de Videla y sus cómplices, los máximos jefes militares, principales responsables de la masacre del pueblo argentino.
Argentina 1985 nos deja dos lecciones ineludibles, que el fiscal Moreno Ocampo destaca con certeza. La primera lección: “Me han preguntado ¿cómo se les enseña a los militares a cuidar la democracia? Yo contesto: el tema no son los militares. El tema es la élite, porque los golpes de Estado los ejecutan los militares, pero los planifican y los sostienen las élites”.
La segunda lección es la derrota del negacionismo; y, desde su propia experiencia familiar, Moreno Ocampo lo dice sin inhibiciones, “Yo sentía que había que ganar el juicio ante los jueces, pero también ante la gente que, como mi madre, no podían creer que aquello pudiera ser verdad”. Y después de escuchar en el juicio el dramático testimonio de Adriana Calvo, mi madre me dijo: “Yo lo quiero a Videla; pero tenés razón, tiene que ir preso”.
Por eso todos los años escribo sobre el genocidio que vivió Argentina, lugar donde renació el fascismo en toda su crueldad. Lo hago para desafiar el olvido y para que la Memoria recorra la conciencia de argentinos y chilenos, especialmente de los jóvenes que no vivieron los dolores de esa tragedia.