Súmate a nuestro canal en: WhatsApp
La teología política detrás de Trump
Foto: Flickr / Creative Commons (CC)

La teología política detrás de Trump

Por: El Desconcierto | 16.03.2026
Este trasfondo ayuda a comprender mejor la retórica de Donald Trump. Más que exabruptos aislados, muchas de sus declaraciones dialogan con un imaginario teológico-político arraigado en sectores significativos del electorado estadounidense. No se trata simplemente de un líder imprevisible, sino de la expresión política de una cosmovisión que interpreta la historia como guerra espiritual, como guerra santa.

Uno de los efectos más problemáticos del progresivo abandono del debate religioso por parte de las izquierdas —en el mundo y particularmente en América Latina— ha sido la incapacidad para comprender una nueva síntesis ideológica que combina la apocalíptica dispensacionalista, el nacionalismo cristiano y el mesianismo político.

Durante décadas, nuestras reflexiones políticas y filosóficas marginaron el fenómeno religioso como si fuese un residuo premoderno. Sin embargo, el cristianismo —en sus múltiples expresiones y en diálogo sincrético con tradiciones indígenas— ha sido un elemento fundante de nuestras sociedades. Ignorar ese dato no lo hace desaparecer; simplemente lo deja disponible para su instrumentalización.

[Te puede interesar] Todos los cortes de luz en Santiago para hoy lunes 16 de marzo: Serán en 8 comunas y durarán hasta 7 horas

Conviene hacer una precisión histórica: afirmar que la CIA “implantó” el evangelicalismo en América Latina es una simplificación insostenible. El protestantismo llegó por múltiples vías misioneras y sociales. Otra cosa distinta es reconocer que, en determinados momentos, intereses geopolíticos estadounidenses convergieron con corrientes religiosas conservadoras, especialmente durante la Guerra Fría.

El núcleo teológico que hoy reaparece con fuerza es el dispensacionalismo. Sistematizado en el siglo XIX por el predicador angloirlandés John Nelson Darby y difundido masivamente en Estados Unidos a través de la Biblia de referencia de Cyrus I. Scofield, este esquema divide la historia en “dispensaciones” y propone una lectura literal del libro del Apocalipsis de Juan presente en el canon cristiano. Según esta interpretación, los acontecimientos contemporáneos serían señales del inminente fin de los tiempos.

El movimiento pentecostal —nacido a comienzos del siglo XX en Estados Unidos— se convirtió en un vehículo privilegiado para la expansión popular de estas ideas en América Latina. No todo pentecostalismo es dispensacionalista, pero esta matriz escatológica ha sido particularmente influyente en los millones de pequeñas comunidades pentecostales que existen en nuestro continente.

Uno de sus ejes es la noción de un “pueblo elegido” que será arrebatado antes de la gran tribulación final que vivirá la Humanidad cuando el mal y el bien disputen su última batalla. En su versión más politizada, esta idea se entrelaza con el llamado Destino Manifiesto, la creencia decimonónica de que Estados Unidos posee una misión providencial en la historia.

Aunque el Destino Manifiesto es anterior al dispensacionalismo sistemático, ambos discursos confluyeron en la configuración del excepcionalismo estadounidense, una suerte de supremacismo yankee que vale la pena conocer.

[Te puede interesar] Acceso no es apropiación: Inteligencia artificial y la desigualdad que no vemos

En este marco, el Estado de Israel ocupa un lugar central. Para amplios sectores del sionismo cristiano, su creación en 1948 no es solo un hecho geopolítico, sino el cumplimiento de un designio divino que anticipa la consumación de la historia. Así, la política internacional se convierte en escenario de una batalla cósmica entre el bien y el mal, donde nuestra generación es actor activo: jugamos a favor del bien, o jugamos a favor del mal, el tiempo final del partido de los dioses.

El problema no es la fe en sí misma, sino su reducción a un esquema binario que sacraliza identidades culturales y demoniza adversarios. En esa narrativa, el “bien” suele identificarse con una civilización cristiana occidental, próspera y moralmente homogénea; el “mal”, con aquello que desafía ese orden, frecuentemente caricaturizado en clave religiosa o étnica. Todo lo contrario, a lo que vivió el inspirador del cristianismo, que según señala el evangelio “no tenía dónde recostar su cabeza”.

Este trasfondo ayuda a comprender mejor la retórica de Donald Trump. Más que exabruptos aislados, muchas de sus declaraciones dialogan con un imaginario teológico-político arraigado en sectores significativos del electorado estadounidense. No se trata simplemente de un líder imprevisible, sino de la expresión política de una cosmovisión que interpreta la historia como guerra espiritual, como guerra santa.

La gravedad del asunto es evidente en un mundo que posee capacidad real de autodestrucción. Cuando las decisiones estratégicas se leen como episodios de una escatología inminente, el riesgo de absolutizar el conflicto aumenta.

Frente a ello, la respuesta no puede ser la burla ni la ignorancia religiosa. Si la política se reviste de teología, la crítica debe ser también teológicamente competente. Comprender el código simbólico en que se formula esta “guerra santa” es condición indispensable para desactivarla. La teología política detrás de Donald Trump, nos puede llevar efectivamente al fin de los tiempos. 

[Te puede interesar] Curicó en vías de ser sustentable: Busca enfocarse en la crisis climática, contaminación y pérdida de biodiversidad