viernes 22 de mayo de 2026

La esperanza surgida desde los márgenes

Esta esperanza —universal porque aprende desde los márgenes, crítica porque conoce los peligros del poder— quizás sea nuestro recurso más valioso. No nos llegará desde los centros de poder, sino que brotará, tal vez sorpresivamente, desde los lugares donde la vida resiste y se renueva contra toda esperanza.

3 de marzo de 2026 - 00:00

La esperanza de los excluidos es esencial para recuperar la tierra como hogar común, un vínculo fundamental para cualquier futuro. Como señala García Roca, las comunidades empobrecidas, despojadas de sus territorios o confinadas en espacios degradados, desarrollan una relación con la tierra no como mero recurso, sino como un hogar a preservar.

Movimientos campesinos, indígenas, pobladores de tomas y asentamientos provisorios y víctimas del extractivismo generan prácticas y saberes que restauran lo habitable. Su esperanza no es una huida del mundo, sino una demanda encarnada de justicia ambiental, de la que depende su supervivencia concreta.

Esta esperanza se funda en una “alianza entre los perdedores”, una solidaridad que reconoce una vulnerabilidad compartida en un planeta finito. La lucha de los excluidos por justicia ambiental se revela entonces como vanguardia de la supervivencia colectiva.

En tiempos de crisis civilizatoria, cuando el progreso técnico muestra su rostro destructivo, son precisamente los marginados de ese progreso quienes guardan las claves de una esperanza renovada. ¿Por qué? Porque su esperanza nunca se basó en la ilusión del dominio técnico infinito ni en el consumo sin límites. Forjada en la resistencia, es más resiliente, atenta a los límites y consciente de la interdependencia. Desde esta perspectiva parcial —que asume el lugar de los dañados— se vislumbra una universalidad más auténtica: la de una humanidad reconciliada consigo misma y con la naturaleza.

La alteración del «orden primigenio» genético, ecológico, climático, no es neutra. Como vimos en el paso de la genética a la Genética, implica una redistribución radical de poder: quien controla la tecnología de edición genética tiene capacidad para redefinir lo que entendemos por vida humana, por salud, por normalidad. Sin un marco ético sólido, estas capacidades tienden a reproducir y amplificar las desigualdades existentes.

El Papa Francisco advierte en Laudato Si’ sobre el peligro de una tecnociencia desvinculada de la ética, que termina considerando legítima cualquier práctica. La lógica interna de la innovación, obsesionada con la eficiencia y la superación de límites, carece de mecanismos para cuestionar sus direcciones.

La pregunta “¿podemos hacerlo?” desplaza a “¿deberíamos?” y “¿para quién?”. Alterar el orden genético, ecológico o climático implica una redistribución radical de poder, que sin un marco ético sólido tiende a amplificar las desigualdades existentes.

El principio de que “la realidad es superior a la idea” es crucial. Tanto las ideologías del progreso indiscriminado como las del rechazo absoluto a la tecnología comparten un defecto: privilegian la coherencia teórica sobre la atención a la realidad compleja y doliente. La esperanza que necesitamos debe ser lo bastante humilde para aprender de esa realidad, especialmente de quienes sufren las consecuencias de nuestros modelos de desarrollo.

Este aprendizaje requiere un diálogo que incluya paciencia y generosidad, y que dé voz a quienes han sido excluidos de las conversaciones sobre el futuro: los pobres, los indígenas, las generaciones futuras. La paradoja, entonces es esta: en un mundo donde la tecnociencia promete un dominio sin precedentes, la esperanza universal genuina se recupera desde los lugares aparentemente más frágiles: las comunidades excluidas de los beneficios de ese dominio.

Esta esperanza no es ingenua. Reconoce el poder transformador de la tecnociencia, pero rechaza su absolutización. Sabe que la alteración del orden primigenio plantea cuestiones éticas que no pueden resolverse técnicamente y que la aceleración tecnológica a menudo ahonda las asincronías sociales.

En nuestra encrucijada actual —marcada por la crisis ecológica, la aceleración tecnológica y la desigualdad— necesitamos desesperadamente esperanza. Pero no cualquier esperanza: no la ingenua en el progreso lineal, ni la tecnocrática, ni la individualista. Necesitamos una esperanza que haya pasado por el crisol de la exclusión; que conozca el rostro concreto del sufrimiento; que sepa que el futuro no está garantizado por ninguna ley histórica, sino que debe construirse colectivamente; que entienda que nuestro destino está indisolublemente ligado al destino de la Tierra.

Esta esperanza —universal porque aprende desde los márgenes, crítica porque conoce los peligros del poder— quizás sea nuestro recurso más valioso. No nos llegará desde los centros de poder, sino que brotará, tal vez sorpresivamente, desde los lugares donde la vida resiste y se renueva contra toda esperanza.

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