Ocho horas después: La regresión institucional en Argentina como problema sanitario
Bajo el discurso de la flexibilización y la eficiencia económica, la necesidad de generar empleos, y la modernización del Estado, se acaba de aprobar hace unos días en el congreso de la nación Argentina una reforma laboral que parece más bien reinstalar lógicas previas a la consolidación del derecho del trabajo antes que una medida de vanguardia
Este nuevo marco normativo debilita garantías históricas de protección y desplaza el riesgo desde el empleador hacia el trabajador, desarticulando los mecanismos colectivos que sostienen en algún punto la relación laboral, no menos importante, el aumento de horas en la jornada.
Desde 1929 que la nación vecina adoptó la medida ética de 8 hrs diarias de trabajo, “8 horas para descansar, 8 para dormir y 8 para vivir” efecto de la revuelta emblemática de trabajadores y trabajadoras de Chicago a fines del siglo XIX, en donde es el trabajo el que debe subordinarse a la vida y no al revés.
En este contexto la reciente reforma laboral aprobada en Argentina no constituye una modernización del derecho del trabajo, sino una reconfiguración regresiva de sus principios fundamentales.
El núcleo de esta reforma se encuentra en la “reorganización del tiempo de trabajo”. Mediante la flexibilización de los límites de la jornada y la ampliación de la disponibilidad horaria, el tiempo de descanso pierde su estatuto de derecho protegido y se redefine como una variable funcional a las necesidades productivas. Este giro es particularmente significativo si se considera que el derecho del trabajo surgió, históricamente, como un límite al uso irrestricto del tiempo y del cuerpo del trabajador, de su vitalidad.
A esta transformación se suma la extensión del período de prueba, que prolonga la incertidumbre contractual y habilita rotación sin protección indemnizatoria, junto con el debilitamiento del régimen de despido, que redistribuye el riesgo económico. Asimismo, la reforma restringe la negociación colectiva y el derecho a huelga, limitando la capacidad sindical de incidir en la organización del trabajo. En conjunto, estas medidas desplazan el derecho laboral hacia una lógica contractual individual, desconociendo la asimetría estructural entre capital y trabajo
Desde aquí que se vuelve ineludible hacernos la pregunta, y desde nuestro país sobre: ¿qué efectos produce esta reorganización del tiempo de trabajo sobre la salud y la salud mental de las personas? Qué ocurre cuando la vida cotidiana de las personas se subordina a la disponibilidad permanente, a la incertidumbre y ansiedad y la intensificación del trabajo y el tiempo, ¿qué ocurriría si no pudieramos nunca dejar de pensar en el trabajo?
Es asi como la reforma laboral deja de ser únicamente un asunto jurídico o económico y pasa a convertirse potencialmente en un asunto también de salud pública.
Pero hay algo más estructural y profundo en esta reforma. Estamos ante un giro de época: del "tú debes" de la sociedad disciplinaria al "tú puedes" de la sociedad del rendimiento. Byung-Chul Han (2012) identifica este tránsito como el paso de una lógica fundada en la obligación a otra centrada en la capacidad ilimitada de hacer. Hoy el control ya no viene solo de afuera: ahora nos auto explotamos bajo el mandato del "yes, we can".
La reforma argentina encarna ese "yes, we can" laboral: el trabajador como sujeto de rendimiento que todo lo puede, que tiene capacidad para más horas, más turnos, más disponibilidad. La sociedad del deber se transforma en la sociedad del "se debe poder hacer, yo lo hago". Y aquí está la trampa: esta capacidad sin límites no libera, esclaviza. Porque el límite sí existe. Y cuando se alcanza, la persona queda out, reducida, excluida del mundo del trabajo por no poder rendir más. En casos extremos, la reducción es total, y aparece el burnout, las cenizas de una vida consumida por la autoexplotación.
Esta reforma convierte la vitalidad humana en recurso disponible sin pausa. Como señala Han (2012), ya no solo el cuerpo, sino el ser humano en su totalidad, se transforma en máquina de rendimiento cuyo objetivo es funcionar sin alteraciones y maximizar la productividad. La reforma argentina materializa esta lógica: expropia no solo el tiempo sino la energía vital, negando que ese cuerpo también enferma, también se agota, también necesita dormir y estar con quienes ama.
Nuestro cuerpo nos permite estar en este mundo. Como plantea Le Breton, somos cuerpo. Pero también es objeto político, territorio donde se ejerce el poder. Esta reforma transforma el cuerpo del trabajador en una unidad productiva que debe funcionar más allá de sus límites biológicos, sin reconocer su materialidad, su fragilidad, su derecho a la fatiga.
Y aquí surge una contradicción brutal: la reforma contempla que, en caso de enfermedad, la persona percibirá solo el 50% de su salario. Esta medida no solo precariza, sino que instala una ecuación perversa: si enfermarme significa perder la mitad de mi sueldo, ¿puedo darme el lujo de enfermar? La respuesta es clara: no. Las personas irán a trabajar enfermas. No porque quieran, sino porque no tienen alternativa.
Las consecuencias de esto no son solo individuales. Son un riesgo para la salud pública. Cuando comienzan los virus respiratorios; influenza, COVID-19, entre otros, las personas irán enfermas a trabajar y contagiarán a otras. Lo que parecía una medida económica se convierte en un riesgo sanitario: más contagios, más colapso en los sistemas de salud, más muertes evitables. Un problema de salud pública, pues el costo de "no poder enfermarse" lo pagarán todos.
La conciliación entre trabajo y familia ha sido un enfoque central en los últimos años, especialmente frente al poco tiempo que queda para estar con los hijos, para hacer cosas que mejoren el bienestar, para potenciar la salud mental. Esta reforma amenaza directamente esa posibilidad. Vivir para trabajar, y seguir y seguir, no es progreso: es la sociedad del cansancio funcionando sin freno como dice Han. Es la negación de la vida misma.
Y aquí hay una dimensión de género que no podemos ignorar. Esta reforma afectará de manera desproporcionada a las mujeres. Jornadas de 12 horas: ¿Dónde quedarán niños y niñas? ¿Quién los cuidará? La pregunta no es retórica. Es una realidad que millones de mujeres enfrentan cada día. Sin redes de apoyo, sin flexibilidad horaria, sin políticas que reconozcan que el trabajo de cuidado que existe y es indispensable, esta reforma condena a las mujeres a elegir entre trabajar o cuidar. Y sabemos que esa no es una elección: es una trampa.
La reorganización del tiempo de trabajo, la intensificación de la jornada y la precarización de los vínculos laborales que promueve esta reforma, inciden directamente sobre el bienestar físico y psíquico de la población, afectando no solo a personas individuales, sino a la organización social del cuidado, el descanso y la administración de la vida cotidiana.
Argentina no está sola en este camino. Lo que ocurre allí es un retroceso que nos obliga, desde Chile, a reflexionar críticamente sobre cómo las decisiones de este tipo pueden borrar años de conquistas laborales, sanitarias y sociales. Porque lo que está en juego no es solo el empleo: es la vida digna, el derecho a descansar, el derecho a cuidar y ser cuidado, el derecho a no convertirse en una máquina, el derecho al ocio.
Defender el límite de las horas laborales no es nostalgia. Es defender que el trabajo sigue subordinado a la vida, no al revés. Es recordar que los cuerpos no son máquinas. Y que el verdadero progreso no se mide en horas trabajadas, sino en vidas vividas con dignidad.