martes 31 de marzo de 2026

Del 'lolita express' de Jeffrey Epstein al teléfono de Hermosilla

Schäfer, Spineak, SQM; hoy es Hermosilla. Cambian los nombres, no el método.

9 de febrero de 2026 - 00:00

Stanley Kubrick filmó el decorado y Jeffrey Epstein puso los invitados. Eyes Wide Shut nos mostró un poder que se reúne con antifaz; el expediente Epstein confirmó que esas puertas existen y tienen lista de acceso. En Chile nos gusta creer que ese mundo ocurre lejos, en islas caribeñas. Hasta que el caso Hermosilla nos recordó que aquí también hay salones privados, fiscales obedientes y políticos con precio y Jueces que se vende propuestos además por un presidente fallecido y un senado que aplaudía la designación.

El abogado estrella de la elite local no necesitó máscaras venecianas: le bastó un teléfono. Audios donde se habla de “caja negra”, de comprar voluntades, de “alinear” al Ministerio Público. Ese es el verdadero programa de gobierno de la derecha económica. Mientras José Antonio Kast recita rosarios televisivos, sus amigos administran tribunales como si fueran corredoras de bolsa.

Epstein cayó cuando la mugre ya desbordaba el alfombrado. En sus registros aparecen Bill Clinton, Bill Gates, Elon Musk, el expríncipe Andrés, Michael Jackson, Mick Jagger, Diana Ross, José María Aznar, Maite Arango, dirigentes de Vox y aristócratas como Joaquín Fernández de Córdoba Arión, Fernando de Córdoba Hohenlohe y muchos otros que aún falta por descubrir. No todos son criminales, pero todos compartieron mesa con un traficante de menores.

¿Qué tipo de élite se sienta a brindar con un depredador y luego nos da lecciones de moral familiar? Chile conoce bien esa hipocresía. Durante décadas la derecha beatificó a Paul Schäfer, pederasta condenado y jerarca de Colonia Dignidad, mientras sus ministros veraneaban en el enclave y sus parlamentarios defendían “la obra social” del criminal.

Kast, heredero político de ese pinochetismo devoto, jamás ha pedido perdón por la red de torturas y abusos que operó con bendición conservadora. Para ellos, los derechos humanos son ideología; los niños violados, un daño colateral.

El caso Hermosilla es hijo directo de esa tradición. Igual que SQM y Penta, donde los grandes grupos empresariales financiaron campañas como quien compra seguros de vida. Boletas falsas, sobresueldos, parlamentarios arrendados por temporada. La UDI y Renovación Nacional recibieron millones para legislar a pedido; hoy los mismos rostros hablan de “delincuencia” y “orden”. ¿Con qué cara?

La ultraderecha global repite el libreto: Vox en España, los trumpistas en EE.UU., los libertarios en Argentina, los republicanos chilenos. Todos gritan contra la “corrupción política” mientras protegen la corrupción del capital. Aznar, citado en los archivos de Epstein, fue padrino de una guerra basada en mentiras; Trump, visitante de ese entorno, se presenta como cruzado moral; Kast posa con Biblia en mano mientras defiende el modelo que convirtió a Chile en supermercado de privilegios; Milei, el adicto al clonazepam, destruye el vecino país y asegura que cada día se está mejor, mientras hace el ridículo como rockero. 

¿De verdad alguien cree que Hermosilla actuaba solo?

¿Que SQM fue un error contable?

¿Que la derecha que encubrió a Schäfer es la misma que hoy cuidará a las víctimas y se preocupa por los niños?

El problema no son manzanas podridas: es el huerto completo. Un sistema donde el dinero escribe leyes, compra portadas y nombra jueces. Cuando estalla un escándalo sacrifican a un operador para salvar la estructura. A Epstein lo enterraron sin juicio; a Hermosilla intentan reducirlo a “exceso personal”. La técnica es idéntica: aislar el síntoma para no tocar la enfermedad.

Kast y su tropa hablan de “ideología de género” mientras callan ante redes de abuso reales; claman por cárcel para el robo de un celular y piden comprensión para el robo del Estado. Les indigna una performance feminista, pero no un empresario financiando parlamentarios con boletas truchas. Su moral es un dron: bombardea a los débiles y escolta a los poderosos.

Kubrick entendió que el poder necesita ceremonias para sentirse impune. En Chile la ceremonia se llama mercado, crecimiento, estabilidad. Detrás del altar están los mismos apellidos de siempre, los que financiaron SQM, los que defendieron a Schäfer, los que hoy se reparten el botín eléctrico, sanitario y previsional. Y cuando alguien pregunta demasiado, aparece el espantajo del “comunismo” y los zurdos resentidos.

El caso Hermosilla debería ser nuestro juicio a la casta. Prohibición real del financiamiento empresarial, elección transparente de fiscales y jueces, cárcel efectiva para el cohecho de cuello blanco. Pero la derecha ya prepara el libreto: convertir todo en pelea chica para que nada cambie.

Epstein mostró cómo la elite mundial administra sus placeres y sus crímenes. Hermosilla revela cómo la elite chilena administra su justicia. Kast encarna la coartada moral de ambos: valores para la galería, privilegios para la trastienda.

¿Seguiremos creyendo que son accidentes?

¿Que Schäfer fue un “exceso del pasado”?

¿Que SQM y Hermosilla no tienen dueño político?

La conspiración es el insulto favorito de los culpables. Lo realmente subversivo no es imaginar sombras, sino encender la luz y apuntarla hacia arriba. Porque la fiesta continúa, y nosotros seguimos pagando la cuenta.

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