La violencia en el pololeo no es un fenómeno nuevo. Lamentablemente, ha estado presente por décadas, muchas veces invisibilizada o normalizada. Lo que sí ha cambiado -y de manera profunda- son sus formas. Hoy, una parte importante de esa violencia ya no ocurre solo puertas adentro: se manifiesta, se reproduce y se amplifica en el espacio digital, especialmente durante las primeras relaciones afectivas.
Pololeo, una etapa decisiva para prevenir
Revisar el celular, exigir contraseñas, controlar con quién se habla, vigilar la ubicación en tiempo real, hostigar con mensajes constantes, amenazar o difundir imágenes íntimas sin consentimiento, no son gestos de amor ni de preocupación. Son expresiones de violencia. Y suelen aparecer temprano, cuando el vínculo recién se construye.
La XI Encuesta Nacional de Juventudes del INJUV (2025) da cuenta de esta realidad. De acuerdo con este sondeo, 1 cada 4 personas jóvenes declaran haber vivido al menos una práctica de control por parte de su pareja.
En concreto, 1 de cada 10 señala que su pololo o polola controla sus salidas, horarios o apariencia. Además, un 7,6% afirma que su pareja le ha revisado el celular sin su consentimiento y un 7,4% declara que ha intentado alejarle de sus amistades.
Por eso, como Gobierno, impulsamos con decisión un proyecto de ley contra la violencia digital, actualmente en la Comisión de Constitución del Senado. Esta iniciativa reconoce estas nuevas formas de agresión y entrega herramientas concretas para prevenirlas, sancionarlas y erradicarlas, además de fortalecer la protección a las víctimas.
A ello se suma la Ley Integral contra la Violencia hacia las Mujeres, que incorpora esta dimensión y comprende algo clave para nuestra realidad actual: la violencia ya no se limita a un espacio físico. También ocurre en lo virtual y en las relaciones de pololeo, que hoy la normativa reconoce explícitamente dentro de la violencia intrafamiliar.
Intervenir en esta etapa permite cortar el ciclo de la violencia antes de que escale, se cronifique y deje daños profundos e irreversibles. Como sociedad debemos comprometernos en frenar la normalización de prácticas violentas que hoy exhibe nuevas expresiones y que muchas veces se confunden con amor o preocupación.