El problema del feminismo de escritorio
Las tomas feministas de 2018 y el estallido social de 2019 dejaron una huella importante en aquellas jóvenes que identificaron un problema en el sistema, pues el patriarcado estuvo siempre presente en las estructuras en las que se desenvuelven los seres humanos, lo que no resulta extraño, pero sí una razón para despertar preocupaciones.
Es innegable que en Chile la educación es sexista y que la brecha salarial entre hombres y mujeres es un problema tangible, que las mujeres no podemos caminar solas durante la noche y que vivimos violencia machista a diario. Todo aquello es una realidad irrefutable, y es precisamente eso lo que condujo a estas jóvenes a protagonizar una revolución en la que el resultado fue barnizar la sociedad chilena con feminismo.
Una de las razones por las que este barniz no logró desarrollarse a tal punto de permear la cultura, sino que solo esmaltarla, tiene que ver en gran medida con que, en general, las mujeres mayores, o de sectores populares, no se identifican con esta etiqueta.
Esto ocurre no porque no sean feministas, de hecho, muy al contrario, son mujeres que en la práctica y cotidianidad viven profundamente el feminismo, lo que se ve demostrado en su estilo de vivir la colectividad, en su capacidad de organizar ollas comunes, en su forma de luchar por los derechos sociales a través de la dirigencia o incluso en su manera de vivir la política en el caso de las mujeres militantes, sino que ocurre porque estas mujeres no se ven atraídas por esa figura del feminismo elitista de escritorio, que tanto prevalece en la actualidad.
Es claro que los papers y las investigaciones son muy importantes, pero adjudicarles de sobremanera una prioridad puede hacernos caer en un enfrascamiento fatal, que olvide lo que debiese ser la práctica matriz del feminismo: el trabajo territorial.
Es un error negar que este feminismo ha logrado abrir el debate en la sociedad, sin embargo, este mismo muchas veces se ve motivado por consignas alejadas de la realidad cotidiana, puesto que no siempre dialoga con la vida de las mujeres trabajadoras.
Es justo ahí donde las mujeres socialistas debemos saldar una deuda, y solo se logrará construyendo puentes entre la teoría y la práctica feminista. Por ello, es necesario saber apreciar las vivencias y la sabiduría de las mujeres que a través de su experiencia puedan brindarnos aprendizajes.
En busca de construir un movimiento que no se quede en el discurso, sino que sepa formular una acción transformadora, que repercuta de forma positiva en el territorio y en la forma de hacer política, tenemos el deber de salir a las calles y hablar con las mujeres, pero no con ánimo de convencimiento, sino de entendimiento.
Con el propósito de lograr una transversalidad, hay que entender que el feminismo tiene distintas traducciones que se amoldan a la naturaleza de cada pueblo, clase social o población, puesto que la misoginia y la opresión de género afectan todas las dimensiones en las que las personas existimos, ya sean la clase social, raza, ocupación, orientación sexual, entre tantas otras.
El desafío consiste en consolidar un feminismo transformador, con un enfoque territorial, capaz de reconocer las identidades de las pobladoras y orientado, más que a convencer, a generar transformaciones sociales profundas.