El impacto negativo en la Antártica que tiene la moda de las vacaciones de estrellas de Hollywood
Las estrellas de Hollywood se han transformado, junto a millonarios de todo el mundo, en uno de los motores principales del turismo en la Antártica pese a la advertencia de los expertos del impacto negativo que esta actividad tiene en uno de los espacios más primitivos del planeta, esencial para la investigación científica y la lucha contra la emergencia climática.
La última en aterrizar en uno de estos vuelos a los territorios antárticos cercanos a Argentina y Chile, los dos países más cercanos al continente de hielo, fue la actriz norteamericana Nicole Kidman, quien esta mañana fue captada en el aeropuerto de Punta Arenas, la segunda ciudad más austral de Chile.
Vestida con un saco de cuello monje, blanco con rombos negros, y tocada con un gorro de lana negro y unas gafas oscuras, Kidman se mostró muy risueña, pero declinó hablar a los micrófonos.
La protagonista de ‘Los Otros’ y de muchas otras cintas de éxito se cruzó, aunque sin coincidir, en el aeropuerto con las también estrellas de Hollywood Michael Douglas y Catherine Zeta-Jones, que igualmente están de vacaciones en Chile y han pagado por un viaje a la Antártida que oscila entre los 10.000 y los 25.000 euros dependiendo de si se pasa la noche en uno de los refugios científicos acondicionados.
En el pasado, otros actores como Will Smith han visitado Punta Arenas para viajes similares, así como diversos multimillonarios procedentes de todo el mundo.
Peligros al ecosistema
Además de un vuelo de apenas dos horas al continente, el turismo antártico ofrece la posibilidad de cruceros, de entre siete y diez días, que atraviesan todo el Estrecho de Magallanes y atracan en diversas bahías antárticas, donde los privilegiados pueden hacer caminatas por el hielo y acercarse a fauna como los pingüinos.
Con cerca de 125.000 visitantes por temporada, más del doble que hace cinco años, el turismo en la Antártida ha seguido creciendo durante el pasado verano austral, sin que exista una regulación capaz de limitar de manera vinculante e integral el impacto de sus expediciones en uno de los territorios más vírgenes del planeta.
“El mayor problema que tiene el turismo en la Antártida es que está aumentando y no hay una gestión integral establecida, lo que debería resolverse urgentemente”, aseguró a Agencia EFE la directora de la ONG Coalición Antártica y del Océano Austral (ASOC), Claire Christian, quien advierte que “si queremos seguir considerando el turismo una actividad legítima, tiene que estar mejor regulado”.
Desde su creación en 1961, los firmantes del Tratado Antártico, instaurado para otorgar gobernanza al continente y suscrito actualmente por 58 países, han aprobado más de 50 resoluciones relativas al turismo, pero la gran mayoría de ellas son “directrices voluntarias o recomendaciones” que, además, deben esperar a ser adoptadas por los sistemas legislativos nacionales, explicó la investigadora Chantal Lazen, del Programa de Estudios Antárticos de la Universidad de Chile.
De momento, las agencias de viajes pasan por evaluaciones ambientales domésticas y, voluntariamente, se inscriben a la Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártica (IAATO), cuyos requerimientos son más estrictos, pero, una vez en la Antártida, la actividad turística está autorregulada y depende, en definitiva, de la “consciencia” de los operadores.