La soberanía según convenga
Estados Unidos invadió Venezuela el 3 de enero con una excusa judicial; detrás del discurso moral, el petróleo manda y América Latina vuelve a estar bajo amenaza directa.
La ignorancia es uno de los peores males de una sociedad: nos vuelve ciegos, dóciles y fáciles de conducir, incluso cuando creemos gritar por libertad mientras aceptamos la sumisión. En ese escenario, Estados Unidos busca imponer su dominio por distintos medios: elecciones, fraude o fuerza, obligando a los países a transitar una misma ruta y a aceptar, de una u otra forma, su afán de control.
Mark Twain lo advirtió antes de los algoritmos: una mentira, cuando se vuelve refugio, resulta casi indestructible. Hoy ese refugio tiene muros gruesos y ventanas cerradas; desde dentro se grita no para dialogar, sino para evitar escuchar.
Vivimos rodeados de certezas falsas: que la Tierra es plana, que las vacunas engañan, que el clima no cambia, que la pobreza se resuelve bendiciendo a los ricos, que el mercado es un dios justo y que la desigualdad siempre es culpa ajena. Se desacreditan los derechos humanos, se justifica la violencia con más violencia, se niega la ciencia y se reemplaza la verdad por videos precarios y consignas simples.
El 3 de enero Estados Unidos cruzó una frontera que durante décadas dijo respetar: invadió Venezuela, secuestró a Nicolás Maduro y lo trasladó a su territorio bajo la acusación de narcotráfico. No se trató de un error, ni de una operación aislada, ni de un exceso táctico. Fue una decisión política deliberada, ejecutada con la convicción de quien ya no siente la necesidad de justificar demasiado sus actos. El mensaje fue claro: Washington decide, actúa y luego explica, si es que lo considera necesario.
La justificación oficial apeló a una fórmula conocida: Nicolás Maduro sería un narcotraficante y, por lo tanto, Estados Unidos tendría derecho a capturarlo donde se encuentre. Bajo ese argumento, la soberanía nacional quedó anulada, el derecho internacional reducido a una formalidad incómoda y los organismos multilaterales convertidos en espectadores irrelevantes. El país que se presenta como defensor del orden global actuó, una vez más, fuera de todas las normas que dice proteger.
Pero el fondo del asunto nunca fue la democracia ni la lucha contra el crimen. Estados Unidos no invade para derrocar dictadores, invade para controlar recursos. Venezuela posee una de las mayores reservas de petróleo del mundo, además de gas, minerales estratégicos y una ubicación geopolítica clave. El discurso moral es apenas el envoltorio; el contenido real es económico y estratégico. La historia de América Latina, desde el siglo XX hasta hoy, no deja lugar a dudas.
Este episodio expone además una verdad incómoda: el imperio atraviesa una fase de decadencia en la que ya no cuida las formas. Antes disimulaba, buscaba resoluciones, aliados y relatos más elaborados. Hoy actúa con brutalidad directa, sin preocuparse demasiado por la legalidad internacional. La fuerza reemplaza al consenso y el poder se ejerce sin pudor. Esa es la señal más clara de desgaste: cuando ya no importa parecer justo, solo imponerse.
En Chile, la reacción de la derecha fue tan previsible como reveladora. Aplaudieron la invasión, celebraron el secuestro y hablaron de justicia ejemplar. Sin embargo, la memoria vuelve a ser selectiva. Cuando Augusto Pinochet fue detenido en Inglaterra para enfrentar cargos por crímenes de lesa humanidad, esos mismos sectores invocaron con pasión la soberanía, el respeto al derecho internacional y la jurisdicción nacional. Entonces, la intromisión extranjera era inaceptable; hoy es motivo de celebración. Lo que cambió no fueron los principios, sino el nombre del acusado.
Esta contradicción no es anecdótica. Revela una concepción instrumental del derecho: sirve solo cuando protege a los propios y se descarta cuando afecta a los adversarios. Si se legitima que una potencia secuestre a un presidente extranjero bajo acusaciones unilaterales, se sienta un precedente peligroso. Mañana puede ser otro país, otro gobierno, otro recurso en disputa.
Lo ocurrido en Venezuela no es un hecho aislado ni excepcional. Es una amenaza concreta para toda la región. América Latina vuelve a ser tratada como zona de intervención, como espacio disponible para operaciones “correctivas”. Estados Unidos no exportó justicia el 3 de enero; exportó poder desnudo. Y cuando el poder deja de respetar reglas, nadie queda a salvo. Hoy fue Venezuela. Mañana, cualquiera que estorbe.