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Sobre el vaciamiento de la discusión pública
Foto: Agencia Uno

Sobre el vaciamiento de la discusión pública

Por: Simón Rubiños Cea | 30.11.2025
Días antes de la elección, la BBC publicó una nota que evidenció la brecha entre baja criminalidad y la sensación de inseguridad en Chile. Esto no solo es una paradoja, sino que muestra hasta qué punto la conversación pública fue capturada por discursos que privilegian el relato sobre el dato. Esa distorsión no es casual: responde a la promoción deliberada, a la política convertida en espectáculo y a un vaciamiento progresivo del debate que condiciona todo lo que hoy se discute.

Días antes de la reciente elección, la BBC publicó una nota sobre la paradoja chilena respecto a los bajos índices de criminalidad frente a la sensación de temor y violencia entre las mayores del mundo, lo cual, más que una curiosidad, es una invitación a reflexionar sobre lo que pasa en Chile. Aquí se plantean tres ideas, no como causas, sino como ejes que han influido en la construcción de tal «paradoja»: la promoción del miedo, la política del espectáculo, y el vaciamiento de la discusión pública.

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Sobre el primero: para no caer en el lugar común de las cámaras de eco, hay dos conceptos útiles para hablar de promoción de algún tópico en política: las coaliciones promotoras y las comunidades epistémicas. Sabatier y Weible definen la primera, grosso modo, como un conjunto de participantes capaces de influir en un periodo determinado sobre actores y sobre la arena en que se desenvuelven, buscando traducir sus sistemas de creencias en políticas antes que los demás.

Por su parte, Haas definió las comunidades epistémicas como una red de personas y entidades de reconocida experiencia y competencia en un cierto tema o área, dentro de la cual actúan para proveer una racionalidad, criterios intersubjetivos y prácticas comunes asociadas a problemas contingentes.

En este sentido, la promoción del miedo como constrictor de la política, y la consecuente primacía de la seguridad en la agenda pública, no responde a un hecho aleatorio, sino a un impulso deliberado por parte de actores que buscan traducir y promover sus sistemas de creencias por sobre los demás: en este caso, agendas regresivas y abiertamente conservadoras, escondidas tras promesas de seguridad.

En segundo lugar, la reducción de la política a un espectáculo se ha visto acelerada por la economía de la atención y la consolidación del capitalismo de plataformas. Esto no es algo nuevo, en tanto la búsqueda de visibilidad a como dé lugar es previa a Twitter y Facebook, pero a raíz de la proliferación de las redes sociales, las dinámicas del quehacer político quedaron sometidas a algoritmos y videos de 15 segundos en los cuales resulta imposible discutir ideas o asuntos sociales en profundidad.

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Entonces, las grandes –y necesarias– transformaciones quedan supeditadas a polémicas efímeras, a los likes y las tendencias; priman narrativas que indignan, pero al no haber tiempo para reflexionar si es peor una pensión por debajo de la línea de la pobreza o que un migrante pueda votar en Chile, el foco se desplaza desde lo ideológico hacia lo que genera más ruido en redes. Entonces, la política deviene en pornopolítica, una práctica centrada en el marketing para redes sociales capaz de responder estímulos instantáneos, mas no de resolver las necesidades reales de la gente.

Esto último nos lleva al tercer punto. En una sociedad acelerada, que recibe múltiples estímulos al mismo tiempo, y por tanto es incapaz de entender todo lo que sucede, prevalece lo que más se reitera, lo que tiene más tiempo en pantalla –sea en la del bolsillo o en la del living de la casa. Así, los eventos delictuales mediatizados y los discursos punitivistas promovidos por actores y algoritmos generan más retención, likes y conversación, todo de forma más sencilla que una estadística abstracta porque, además de la repetición y su fomento, interpelan lo emotivo.

Y con todo lo anterior, sucede el vaciamiento de la discusión pública. Con las actuaciones de las coaliciones promotoras, las comunidades epistémicas y la pornopolítica se restringió la posibilidad de discutir lo estructural, de interpelar las causas, por ejemplo, que propiciaron el estallido social, las cuales, a la fecha, aún prevalecen. No solo sacaron del centro de la conversación lo social, las brechas y asimetrías del país, sino que concentraron el foco en una inseguridad sobrestimada, llevando a que toda la conversación electoral gire alrededor de cuánta seguridad puede ofrecer cada candidatura.

Matices más, matices menos, «plata o plomo» se convirtió en lema de campaña por sobre la realidad tangible que expresan las estadísticas; la seguridad se impuso sobre lo social. Lo que refleja la nota de la BBC es que, en Chile, el dato no basta para matar el relato, por lo que habrá que esperar, o más bien trabajar para que el bien común vuelva a prevalecer sobre el vaciamiento de la discusión pública.

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