
Jeannette Jara y el reto de repetir el éxito progresista
En Chile, las continuidades de gobiernos post dictadura suelen ser más difíciles de sostener que las rupturas. La historia reciente lo demuestra: tras gobiernos que impulsan transformaciones, emergen periodos de incertidumbre donde el péndulo electoral oscila hacia opciones conservadoras.
En este plano surge la candidatura de Jeannette Jara, exministra de Estado y una de las figuras políticas hoy con mayor proyección del progresismo, quien encarna la posibilidad de dar continuidad al ciclo abierto con el presidente Gabriel Boric, en un contexto donde las demandas históricas de la ciudadanía comienzan a encontrar eco en las políticas públicas.
La pregunta entonces es: ¿puede Jara alcanzar un resultado semejante al de Boric en 2021, cuando se impuso con el 55,87% de los votos frente a José Antonio Kast?
Factores a favor
Existen elementos objetivos que refuerzan esa hipótesis. Primero, la agenda social ya instalada. La reforma previsional -que Jara impulsó desde el Ministerio del Trabajo y Previsión Social- logró, tras años de debate, su aprobación definitiva. Con ello, 2,8 millones de personas mayores verán aumentadas sus pensiones entre un 14% y un 35%, la PGU se elevará en 250.000 pesos a partir de septiembre, así como también cerca de 800 mil mujeres serán compensadas por las brechas derivadas de las diferencias en expectativas de vida.
En segundo lugar, la agenda de derechos laborales y de equidad de género ha generado identidad en segmentos amplios de la población, particularmente entre mujeres trabajadoras y jóvenes profesionales, un electorado decisivo en el triunfo de Boric en 2021.
A esto se suma un tercer factor: la unidad progresista. Mientras la derecha aparece fragmentada entre un bloque duro y extremo liderado por Kaiser, otro encabezado por Kast y diversos satélites de la misma corriente ideológica, la candidatura de Jara ha conseguido articular desde el Frente Amplio hasta la Democracia Cristiana, asemejando así la estrategia de coalición amplia que permitió la victoria de Boric.
Los riesgos
La continuidad, sin embargo, nunca es un camino despejado. El primer obstáculo que debe sortear es el desgaste: tras cuatro años de gobierno, crecen las críticas por el ritmo de las reformas y las dificultades asociadas a materia sensibles como seguridad y economía. Según la última entrega de Cadem, la desaprobación presidencial bordea el 56%, un factor que puede arrastrar a cualquier candidatura oficialista.
El segundo riesgo es la volatilidad del electorado. En las últimas elecciones municipales se demostró que la ciudadanía ya no vota de manera predecible y en bloque, sino que alterna apoyos de acuerdo con coyunturas específicas. La adhesión partidaria dejó de ser garantía de votos seguros para todos los sectores.
El desafío de Jara
El dilema para Jara es cómo encarnar la continuidad y al mismo tiempo no transmitir estancamiento. Su desafío es demostrar que los avances alcanzados por ejemplo su ministerio -la reforma previsional, ampliación de derechos laborales, fortalecimiento del sistema público- no constituyen un punto de llegada, sino una plataforma para nuevas conquistas sociales.
Esa fue precisamente la clave del éxito de Boric en 2021: convencer de que era posible ir más allá del malestar y proyectar un horizonte de transformaciones. Si Jara logra instalar esa narrativa, puede reeditar un triunfo de magnitudes similares, no solo en lo personal, sino como expresión de un proyecto colectivo: la consolidación de una mayoría progresista estable que, más allá de los liderazgos, asegure gobernabilidad y futuro.