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Elon Musk y la conquista corporativa del Estado
El nombramiento de Elon Musk al frente del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) no es una simple anécdota política ni un capricho del presidente Trump. Es la consumación de una mutación histórica: el Estado, antaño garante del interés común, se rinde ante la hegemonía de la tecnocracia corporativa.
No se trata solo de la captura gubernamental por las élites económicas por antonomasia, sino de la disolución misma del aparato público en la filosofía global de la gran empresa. El Estado ya no es árbitro, ni siquiera comparsa, es apenas un engranaje más en la vasta maquinaria de acumulación de poder corporativo.
El ocaso de la burocracia como mediadora entre gobernantes y gobernados ha dado paso a una nueva era, donde la deliberación pública es sofocada por la inercia del consumo en todos sus formatos y la retórica de la eficiencia y del valor suplanta la idea de justicia.
La democracia, antaño un horizonte de emancipación, es ahora un rito vacío en el que los ciudadanos han sido reducidos a clientes de un sistema sin alternativa. Y con Musk como vértice y cúspide de una institución estatal, la farsa se despoja de su último velo: ya no se gobierna contra el poder económico ni siquiera con él, sino a través de él. La política no solo es influida por el mercado; es absorbida por su lógica.
El ascenso de Musk no es un accidente, sino el síntoma más puro de esta reconfiguración del poder. Sus empresas -X, Tesla, SpaceX, Starlink- no son simples beneficiarias de su nuevo cargo, sino engranajes de una misma maquinaria de expansión. Las regulaciones que entorpecen su dominio financiero están en la mira del DOGE, lo mismo que las restricciones ambientales que podrían frenar el avance de Tesla.
Igualmente, los contratos gubernamentales que aseguran la supremacía de Starlink en telecomunicaciones y el papel de SpaceX como brazo aeroespacial de facto de la NASA, desplazando sin piedad a Boeing y Blue Origin.
El Estado, antaño un freno al poder privado, se ha convertido en su catalizador. Ni la más acérrima defensora del capitalismo de los Estados Unidos, la filósofa Ayn Rand, pudo prever esta reencarnación del Atlas del Rockefeller Center que tanto le maravillara, justo al frente de la iglesia Saint Patrick, en Manhattan.
Julie Margetta Morgan, exfuncionaria de la Oficina para la Protección Financiera del Consumidor, lo advierte con claridad: Musk busca desmantelar las barreras que impiden que X se transforme en una plataforma financiera total, esquivando las regulaciones que limitan a la banca tradicional. Lo que para el ciudadano común es la erosión de protecciones básicas, para Musk es la consolidación de su imperio, si no de su cimiento financiero.
En este nuevo orden, las restricciones legales no son salvaguardas democráticas, sino obstáculos que sofocan la "innovación". Pero la innovación, en este contexto, no es un avance colectivo, sino una nueva arquitectura de dominación.
La lentitud y el peso muerto de la burocracia estatal han quedado obsoletos ante la plasticidad adaptativa de la corporación contemporánea. Mientras las instituciones públicas avanzan con la cadencia torpe de una máquina arcaica, la corporación capitalista arrasa con gerencias y equipos cuando quiere, muta y devora a la competencia y competidores, arrasa todo a su paso con la velocidad de un enjambre.
El siglo XXI en Occidente ya no tiene espacio para los titanes del viejo Estado; sus nuevos soberanos son los CEO-gobernantes, los empresarios-redentores que, con el apoyo ahora de sus ejecutivos segundones y rastreros, dictan el rumbo del mundo sin mediaciones incómodas. El problema no es que Musk esté allí; el problema es que, en este mundo que se nos impone, ya no puede haber nadie más.
Este proceso no es una anomalía, sino la culminación de una tendencia que pensadores como Wolfgang Streeck, Wendy Brown y Colin Crouch han descrito con precisión: el vaciamiento del Estado, su conversión en mero administrador de los flujos de mercado. Ya no hay política en el sentido clásico, solo una competencia frenética por la optimización y la eficiencia.
La política ya no es el arte de gobernar, sino la ciencia de gestionar el valor para corporaciones que ensanchan y estrechan sus límites a conveniencia, capturando territorios y des-territorializándose, sobre la superficie planetaria y, con Musk, también marciana.
Por lo demás, aquí “valor” no es solo un término de la jerga corporativa, sino el concepto o categoría fundamental que sustituye al capital como entidad financiera y sin el cual no es posible entender la realidad que subyace al corporativismo.
¡Bienvenidos al mundo corpo!