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Tal profusión de padres y de madres produjo el efecto considerablemente positivo de que jamás me sintiera un huacho. Mis molestias en realidad eran otras: tanto acurrucamiento, besuqueo y apretón de narices, tanto pasar de brazo en brazo, que a veces me sentía como una mascota que deseaba arrancar y hacerse independiente.
-Esta es tu familia, me explicaron desde pequeño; ningún ocultamiento, ninguna trampa, ningún trauma. -Eres hijo natural, me explicaron. Tan natural, que pensé siempre que los otros, los que tenían familia pequeña de papá y mamá solamente, me llegaban a parecer sobrenaturales, artificiales casi.
Para entrar al colegio no tuve problemas. Y el mío era colegio católico, de pago, y de los buenos. No pidieron libreta de familia, ni inscripciones, ni nada. Era un niño y ya sabía sumar dos más dos, y sabía, además, que en Magallanes se producían muchos corderos; eso me preguntaron en la prueba de admisión para ingresar a quinto básico. -Aprobado, dijeron; -cumple con las condiciones necesarias, concluyeron.
En fin, que todo en mi infancia familiar fue un cúmulo de excepciones, sumadas una tras otra, en las cuales no estaban ausentes ni el amor ni el desamor, pero donde finalmente terminaba campeando el curso natural de la vida que, por donde sea, reclamaba un espacio para hacerse fuerte. ¿Es una historia ejemplar? No lo sé; siempre me pareció que era, simplemente, una más.
Imagino que nadie podría negar que muchos relatos como el mío se pueden sumar haciendo una lista interminable en donde la defendida familia nuclear, sede y cuna de los valores más profundos de nuestra cultura occidental, termina finalmente siendo la verdadera excepción. Y, si es así, ¿por qué tanto escándalo con Nicolás y sus dos papás? Muy simple, porque, a diferencia de todos los que llamé papás en mi vida, los de Nicolás se aman en una forma que, a pesar de todos los avances en nuestra cultura en esta materia, sigue considerándose problemática.
No niego que, si mi padre biológico, el día que se fue de casa para venirse a Santiago, en vez de haber hecho familia con una mujer, se hubiera juntado a vivir con un hombre, quizás mis abuelos y mi madrina me habrían ocultado esa situación (después de todo eran hijos de su tiempo), aunque no dejo de pensar, en mi fuero interno, que, siendo tan afectos como eran a la verdad sin compostura, lisonja o embeleco, habrían terminado por encontrar una forma de contármelo todo y yo habría tenido un papá más para sumar a mi lista.
Una vez, cuando estaba en la básica, y no sabía distinguir entre verdad y ficción, vi una dramatización teatral en que se representaba una pelea entre marido y mujer. Llegué a mi casa escandalizado por lo que había visto. Me dijeron que era “teatro”, pero después me explicaron que, lamentablemente, así ocurría a veces entre marido y mujer. Esa revelación sí que me produjo un trauma, pues comprendía que el desamor terminara en separación pero no en golpes. Mi familia era natural, pero nadie se golpeaba.
Ahora, cuando escucho o leo los argumentos que se suelen dar para defender a los niños del presunto modelamiento nocivo que puede causar en ellos una familia homoparental, se retiran todos mis argumentos racionales, pues sólo me dan ganas de reír. Y cuando pienso que, por hacer justicia a una tradición valórica determinada, se quiera prohibir la relación primordial entre un padre y su hijo por la simple cuestión de una opción de género por parte del primero, entonces mi risa se convierte en rabia. El hecho de que haya habido muchos padres que rechazaron a sus hijos por ser homosexuales no da derecho a pensar que un niño rechazaría a su padre por serlo. El amor de un niño es incondicional, libre, receptivo, abierto al fluir vital de la existencia. Lo que lo modela destructivamente no es la condición sexual de sus padres, sino la artificiosa maquinaria ideología cultural que quiere poner cortapisas a lo inevitable.
Mi familia, prolífica en padres y madres, me hizo feliz. Dejemos a Nicolás que lo sea con la suya.