A contramano de los intentos de reescritura de la memoria desde el poder, miles de personas atraviesan activas las imágenes que la cámara de Pablo Salas viene devorando desde los 80 hasta constituir una memoria visual de inigualable extensión y detalle. “Mi manera de luchar contra la dictadura fueron las imágenes. Era un guerrillero de las imágenes”, afirma.
Su compromiso social, unido a un valiente sentido de denuncia no exento de aventura, lo ha llevado a las mejores locaciones de las luchas sociales. Con él se cumple la máxima de Capa: “Si tus fotos no son lo suficientemente buenas es que no te has acercado lo suficiente.” Todo está en una infinidad de cintas viejas, miles de cajas de U-matic y VHS cubiertas de polvo y tiempo. Sólo una escasa parte está catalogada. Para él, conservar estas cintas y hacer circular su contenido, tiene el sentido de volver a mostrar lo que por tanto tiempo tantos quisieron que no viéramos. Por eso también, iremos mostrando de forma regular en nuestro sitio web un conjunto de fragmentos su archivo. Pablo nos recibió una tarde invernal en su oficina ubicada a un costado del cerro Santa Lucía. Abrió la puerta hablando por teléfono. Cotizaba algo resignado un visor de cámara que le destruyó el agua del guanaco el día del homenaje a Pinochet.





