ver más
José Antonio Kast

Crónicas de una ignorancia organizada

De la negación de principios científicos básicos a la banalización del debate público, ciertas corrientes políticas construyen poder sobre la desinformación.

Por Capitán Cianuro 9 de mayo de 2026 - 07:00

En política, la ignorancia dejó de ser un costo: se volvió un recurso. En Chile, José Antonio Kast lo ha demostrado con una consistencia inquietante. Primero, al afirmar que el agua de los ríos que llega al mar se “pierde”. Después, al ironizar sobre los humedales, reduciéndolos a cualquier terreno húmedo, como el campo de su padre. No es solo un error: es una forma de decir las cosas. Y de instalar ideas.

Porque cuando una afirmación falsa se enuncia con seguridad, deja de parecer ignorancia y empieza a operar como sentido común. Ese es el verdadero problema. No el desliz, sino la naturalización del desconocimiento como argumento válido.

Un humedal no es “un lugar húmedo”. Es un ecosistema complejo, con funciones críticas: regula inundaciones, filtra contaminantes, recarga acuíferos y sostiene biodiversidad. Del mismo modo, el agua que llega al mar no se pierde: es parte del ciclo hidrológico que hace posible la vida. Negar estos principios no es opinión. Es desconocimiento básico.

Pero la escena no es local. En España, referentes de Vox han repetido la misma idea del “agua desperdiciada”. La fórmula se repite: simplificar lo complejo, exagerar lo evidente, y convertir la ignorancia en consigna. Funciona porque es fácil de entender, fácil de repetir y difícil de desmontar en el ritmo acelerado del debate público.

Ese mismo patrón aparece Kast cuestionando el financiamiento de la investigación. Su argumento “¿cuántos trabajos generó ese libro? ”, revela algo más profundo que una crítica presupuestaria: una incomprensión total de cómo funciona el conocimiento.

La ciencia y la cultura no operan bajo la lógica del rendimiento inmediato. No son una fábrica, ni una planilla de resultados trimestrales. Son procesos acumulativos, muchas veces invisibles, que sostienen todo lo demás, ¿que sabrá una mosca caquera de la noche, cuando nace a las 9 de la mañana y su ciclo termina a las 6 de la tarde?

Bajo ese criterio estrecho, disciplinas enteras desaparecerían por “inútiles”: filosofía, historia, ciencias básicas. Y sin embargo, son esas áreas las que han permitido los mayores avances en tecnología, medicina y organización social. Reducir la educación a utilidad inmediata no solo es torpe: es peligroso.

Lo más llamativo es que estos discursos se apoyan en aquello que desprecian. Universidades, centros de investigación, formación profesional: nada de eso surge por generación espontánea. Son el resultado de décadas de inversión y de una idea simple pero poderosa: que entender el mundo importa.

Cuando esa idea se erosiona, lo que sigue es predecible: El cambio climático pasa a ser exageración. Los humedales, un chiste. La investigación, un gasto. Y lo que no se entiende, se descarta. Lo que incomoda, se ridiculiza.

No es nuevo. Tras el golpe de Estado, la dictadura de Pinochet no solo persiguió opositores: también persiguió ideas. Se quemaron libros en universidades y espacios privados. Y entre las historias que circularon, una destaca por su absurdo: textos destruidos por confundir “cubismo” con algo vinculado a Cuba. Más allá de lo anecdótico, el mensaje era brutalmente claro: cuando el conocimiento incomoda, se elimina.

Hoy no hace falta quemar libros. Basta con vaciar el debate. La estrategia es más sofisticada, pero no menos efectiva: reemplazar evidencia por ocurrencias, complejidad por eslóganes, discusión por caricatura. No se prohíbe pensar: se vuelve innecesario.

Aquí conviene ser precisos. No se trata de que quienes repiten estas ideas sean simplemente ignorantes. Se trata de que hay proyectos políticos que funcionan mejor cuando la ciudadanía no comprende en profundidad los problemas. La simplificación no es un error: es una herramienta. El ecosistema digital hace el resto.

Redes sociales y medios fragmentados premian lo rápido, lo emocional, lo provocador. Una frase incorrecta, bien dicha, circula más que una explicación correcta. Y con suficiente repetición, el error deja de percibirse como tal. Ahí está el riesgo real. No en una declaración aislada, sino en su efecto acumulativo. Porque cuando la desinformación se normaliza, empieza a moldear decisiones: qué políticas se apoyan, qué problemas se priorizan, qué soluciones se descartan.

Frente a eso, la burla alcanza para el momento, pero no para el fondo. Corregir no basta si no se restituye el valor del conocimiento en el espacio público. Entender cómo funciona un ecosistema o una economía no es un lujo académico: es el mínimo necesario para no ser manipulado.

Lo que está en juego no es una frase desafortunada de Kast ni un meme más. Es algo más profundo: quién construye el sentido común. Si la evidencia o la consigna. Si el conocimiento o la ignorancia.

Porque cuando la ignorancia se organiza, deja de ser un problema y se convierte en poder. Y cuando eso ocurre, la democracia empieza a vaciarse desde adentro.

Temas
Sigue leyendo

Te Puede Interesar