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Ciudades por decreto

Decir que se busca “bajar la densidad” mientras se crean mecanismos para aumentarla no es una contradicción menor. Es una forma de gobernar la ciudad evitando discutir el modelo urbano que realmente se quiere impulsar.

Por Lorena Meneses Quiroz 9 de mayo de 2026 - 11:45

En política urbana, las palabras importan. Y pocas han sido tan manipuladas como “densidad”, a la que usualmente se la presenta como amenaza, saturación o deterioro urbano. Pero hoy se agrega una nueva definición: la justificación para una reforma que, supuestamente, busca disminuirla, pero que -en la práctica- hace exactamente lo contrario.

La propuesta impulsada por el Ministerio de Vivienda y Urbanismo no reduce densidad: la flexibiliza, la desplaza y la redefine sin pasar por la discusión territorial que corresponde. Y ese es el verdadero problema.

No estamos frente a un simple ajuste reglamentario. Estamos frente a una señal política preocupante: cambiar las reglas de la ciudad desde el reglamento y no desde la planificación urbana.

Densificar sin decirlo

Uno de los cambios más reveladores parece técnico, pero tiene efectos concretos. La modificación en la forma de medir la superficie edificada, calculándola desde el interior del muro, permite aumentar la superficie útil y vendible de los proyectos sin alterar formalmente los coeficientes urbanísticos.

La traducción es simple: más construcción, más carga urbana y más presión sobre barrios y servicios, sin que exista una discusión democrática sobre ello.

No es bajar densidad. Es densificar por secretaría.

La ciudad congelada

A esto se suma la ampliación de la vigencia de permisos de edificación. La medida permite que proyectos aprobados bajo normas antiguas permanezcan activos durante años en territorios que ya cambiaron.

Eso no es estabilidad normativa. Es congelar la planificación urbana para proteger rentabilidades ya calculadas.

Mientras las ciudades enfrentan nuevas demandas de transporte, servicios, áreas verdes y equipamiento, esta propuesta opta por blindar proyectos antes que actualizar las reglas urbanas. El resultado es evidente: el proyecto inmobiliario termina imponiéndose sobre la ciudad real.

Menos municipio, más centralismo

El problema también es institucional. La reforma reduce capacidad de acción local y debilita herramientas municipales de control urbano. En vez de fortalecer la planificación comunal, recentraliza decisiones y transforma a los municipios en actores secundarios respecto de su propio territorio.

Es una contradicción profunda en un país que lleva años hablando de descentralización.

Además, aumenta la discrecionalidad. Menos reglas claras, más espacios de interpretación. Más excepciones y menos estándares verificables.

En urbanismo eso nunca termina siendo neutral. Porque cuando las reglas se vuelven ambiguas, quienes tienen más recursos, más capacidad técnica o más influencia son los que mejor aprovechan el sistema.

La supuesta flexibilidad termina traduciéndose en desigualdad territorial.

La gran ausencia: la ciudad real

Pero quizás lo más grave es lo que no aparece en la propuesta. No hay evaluación de impacto urbano relevante. No hay modelación de transporte ni análisis serio sobre carga de servicios, infraestructura o efectos acumulativos sobre los barrios.

Se legisla como si la ciudad fuera una suma de proyectos aislados y no un sistema complejo, tensionado y profundamente desigual.

Por eso el debate nunca ha sido solo técnico. Es político.

¿Quién decide cómo crecen las ciudades? ¿Los territorios o el nivel central? ¿La planificación democrática o la excepción permanente?

La reforma responde con claridad: más flexibilidad para el mercado, menos capacidad regulatoria local y menos discusión territorial efectiva.

Gobernar la ciudad por atajo

Y eso tiene consecuencias.

Porque cuando las ciudades comienzan a gobernarse mediante atajos normativos, lo que se erosiona no es solo la coherencia técnica del sistema urbano. También se deteriora la legitimidad de las decisiones públicas.

Decir que se busca “bajar la densidad” mientras se crean mecanismos para aumentarla no es una contradicción menor. Es una forma de gobernar la ciudad evitando discutir el modelo urbano que realmente se quiere impulsar.

Y hoy Chile necesita exactamente lo contrario: ciudades planificadas con transparencia, participación y reglas claras.

No ciudades negociadas por reglamento.

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